Querido River

Ésta, la de mi amor por River, es una historia que lleva ya unos setenta años. Desde chico, ya en la escuela, yo quería a la bandera, a San Martín y a River. A mi mamá también, mucho más porque a ella la tenía todos los días y me protegía de las broncas de mi viejo. A River lo tenía sóo los domingos, sólo por la radio, en los relatos de un tipo que se llamaba Fioravanti. Había otro, Lalo Pelliciari, que no me gustaba porque se hacía el canchero. No había tele, y los diarios llegaban dos días después, en el tren. El tren. El tren de pasajeros que nos sacaba del encierro pueblerino y nos llevaba al universo. El tren que no vuelve. El tren que cuando yo hacía el secundario de Roca me llevó a ver a River, al de carne y hueso, en el Monumental. Yo no podía creerlo. Llegando a Constitución había visto un tranvía circulando a la par del tren, por la calle Vieytes, donde estaban los locos. Y el domingo, ¡oh Dios!, en el Monumental. Fue como entrar al Louvre. No recuerdo qué partido vi, pero sí que vi a la Saeta Rubia. Era Alfredo Distéfano, que así le decíamos, la Saeta Rubia, porque era un pibe velocísimo entonces. Ese día ocupaba el lugar del Gran Adolfo, Adolfo Pedernera, el lugar del nueve, en aquellos tiempos el más importante. Si hablo del Gran Adolfo, tengo que entrar en materia. La materia es la Máquina. A aquel River de los cuarenta se le decía la Máquina porque no paraba de ganar campeonatos y, a la vez, jugando el mejor fútbol que se podía ver. Era el Barsa de entonces. Lo pongo a Carrizo al arco, el Gran Amadeo, aunque llegó después (el de la Máquina se llamaba Grisetti). Luego los zagueros Vaghi y Ferreyra. La línea media el Pacha Iácono, Rodolfi –luego el Patón Rossi– y Ramos. Jás derecho, centrojás y jás izquierdo, y finalmente lo que era la verdadera Máquina, la delantera: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lousteau. Win derecho, insái derecho, centrofóbal, insái izquierdo y win izquierdo. Moreno se fue a México y volvió convertido en “El Charro”. Pedernera jugó en Colombia. Lo resalto porque entonces era excepcional que un jugador fuese requerido desde el exterior. Amadeo era, él solo, un espectáculo. Era el mejor arquero por lejos, pero además un galán que enloquecía a las minas de River, a las que saludaba con un gesto displicente cuando lo aplaudían a rabiar mientras se dirigía a ocupar el arco que da sobre la avenida Figueroa Alcorta. Ellas tenían un lugar en la platea cercano a ese arco. A Pepino Borello, un nueve de Boca muy querido por la hinchada, lo dejó en ridículo una vez gambeteándolo. Después Borello se vengó. A Lousteau lo recuerdo porque corría con pasitos cortos y de pronto la pisaba y el que lo seguía pasaba de largo. A Moreno porque en un campeonato (duraban todo el año) hizo 22 goles de cabeza. Lo digo y se me hace difícil creerlo. A Angelito Labruna porque era un artista, y a Pedernera cuando se disponía a disparar un tiro libre desde unos 30 metros y los arqueros temblaban. Lo que acabo de escribir es pura memoria y puro sentimiento, hoy que mi River se va, pero no se va. Seguirá en la B y en mi corazón y, como el tren, algún día volverá.

Jorge Gadano jagadano@yahoo.com.ar


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