¿Quo vadis epidemia?



Rolando B. Montenegro *


Esta enfermedad ha interpelado a muy diversas sociedades y especialmente, por supuesto, a la ciencia que no se conforma con una verdad o único camino.


Saldremos mejores los argentinos de esta instancia epidémica mundial? Hubo advertencias claras desatendidas o mal atendidas respecto de esta globalización contagiosa, y tres semanas de inacciones locales transcurrieron.

Un viejo adagio en la medicina advierte que algunas medidas terapéuticas y/o sanitarias conllevan, paradójicamente, a un resultado no deseado. “Hacer poco tempranamente o mucho tardíamente” es la esencia de la cuestión. Medidas precoces pero insuficientes se han mostrado ineficaces y de poca significación epidemiológica, como enviar el protocolo a la Antártida creyéndoselo termolábil al patógeno (sic) por encima de los 26° C. Medidas mayores pero tardías no evitarían la difusión transversal del virus, y los contagios autóctonos o comunitarios sobrevendrían, aun que se hayan instrumentado bloqueos a las migraciones, cuarentenas en domicilios y regulaciones en el reingreso al país de connacionales que frecuentaron zonas afectadas.

Muchos años antes de la aparición del maléfico coronavirus las necesidades y reclamos planteados por la sociedad argentina ubicaban a la salud en el séptimo lugar de maleables estadísticas. El actual Ministerio de Salud de la Nación, sin el sentido de prelación que exigía tomar medidas sobre la pandemia viral en curso, difundía a los cuatro vientos y con asombrosa negación: estamos lejos, el calor reinante no lo permitirá, el dengue es nuestra preocupación.

La “causa viral” es una causa. Pero hay muchas otras causas que la complementan, y que no son virales.

Hasta ahora merece la confianza del Ejecutivo que ha ratificado la conducción. Aunque sería bueno aclarar que, sea una secretaría, ministerio o comité ejecutivo nacional, lo importante es que se recree en él un ámbito de convivencia para el estudio, de organización en el trabajo, de toma de decisiones interdisciplinarias e interinstitucionales, de aprendizaje, y donde enseñen no los que saben más sino los que ignoren menos. Una buena y saludable inyección renovadora suele ser incluir en estos equipos de trabajo y asesoramiento a jóvenes investigadores afines y, por lo supuesto, escucharlos.

Sumergidos ahora en una instancia de aislamiento o cuarentena domiciliaria obligatoria, la calle se nos ha metido literalmente en la casa. Coincido en el interés superior de la sociedad en ser ampliamente informada de los acontecimientos. Lo que comenzó siendo una mera exageración de la verdad pasó a ser una realidad aumentada. Muchos medios ejerciendo un periodismo proactivo y de investigación estuvieron dispuestos a ser protagonistas e, inclusive, acicatearon la toma de decisiones correctas de funcionarios indecisos.

Esta pandemia ha interpelado a muy diversas sociedades y especialmente, por supuesto, a la ciencia que no se conforma con una verdad o único camino. La “causa viral” es una causa. Pero hay muchas otras causas que la complementan, y que no son virales. El hallazgo de un virus o germen patógeno no siempre explica el proceso padecido y, tal vez con la enfermedad Covid-19, sea propio hablar de virus-con-causa que virus-causa. Sino ¿puede haber algo más desconcertante que los portadores sanos de virus patógenos? Hay, entonces, otros factores concatenados a la raza, familia, edad y género, inmunidad, región, densidad poblacional, momentos climáticos, etc. Pero eso no es todo. El llamado genio epidémico se aprovechará también de otros factores como el hacinamiento, el hambre, un trabajo injustamente remunerado, la fatiga física y las emociones.

Lamentablemente, esta verdadera infección tanto viral como comunicacional ha ido provocando grietas en la psiquis de las personas con motivaciones o consecuencias emocionales que les determinan salir a comprar desaforadamente, hipocondrías de toda índole, otros a recluirse o ensimismarse en sufrimientos que contribuyen a un estrés permanente.

En pocas palabras, estamos mirando a mayor aumento y con excesivo detenimiento a un virus milenario que ha mutado para peor.

La tradición nos dice que estas epidemias ocurren, se propagan y se extinguen. Los efectos deletéreos en vidas serán proporcionales a la carencia y/o escasa optimización de los protocolos sobre contención y mitigación. La vacuna para este coronavirus, si la hubiera, actuará a su tiempo.

Por ende, debe darse un importante paso a los fines de superar tremenda sacudida en nuestras ocupaciones y rutinas. Saldremos enriquecidos si conseguimos adaptarnos a esta coyuntura estresante, un padecimiento del organismo por acción de muchos agentes nocivos.

Hay muchas dificultades planteadas en este escenario cambiante y debería preconizarse la interacción leal y positiva entre quienes conducen la lucha contra esta novedosa peste y la ciudadanía.

Y, un punto no menor, una salida coherente a las medidas tomadas. Entre tanto, asistirnos y cuidarnos, evitando traslados y movimientos innecesarios. La limitación de la libertad y la experiencia vivida derramarán algún valor ético hacia la sociedad y compensaciones futuras en el terreno de la salud pública.

*Profesor de Emergentología FCM UNC


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