Ráfaga de esperanza
Es de suponer que Cavallo, ya con los poderes, comenzará a atacar los intereses creados que bloquean el camino hacia el crecimiento.
Es normal que durante los primeros meses de su gestión los nuevos presidentes ostenten una imagen sumamente positiva -en este sentido, el ahora alicaído presidente Fernando de la Rúa batió varios récords-, de suerte que sorprendería que Domingo Cavallo siguiera contando mucho más con el apoyo de aquel 72 por ciento de la población que, según la empresa Gallup, aprueba su designación como ministro de Economía y, a juicio de algunos, como jefe virtual del gobierno nacional. Incluso podría decirse que sería mejor que Cavallo tuviera a buena parte del país en contra, porque la eventual recuperación de la economía requerirá de muchos cambios que serán resistidos con su vehemencia habitual por los comprometidos con el statu quo, sobre todo por los políticos que, fieles a su costumbre, tratarán todo intento de obligarlos a reducir sus gastos abultados a niveles más razonables como un golpe cruel contra «la gente». Sin embargo, si la breve experiencia en el Ministerio de Economía de Ricardo López Murphy nos ha enseñado algo, esto es que para poder producir modificaciones estructurales es necesario que el funcionario responsable se las arregle para dotarse primero de una base política muy fuerte. Por sus dimensiones actuales, la construida en el curso de un par de semanas por Cavallo es muy impresionante, pero a menos que pronto logre convencer a la ciudadanía de que por fin el país se ha puesto en marcha, podría resultar ser tan efímera como el entusiasmo que hace menos de un año muchos sentían por De la Rúa.
El triunfo inicial de Cavallo se ha debido a que ha conseguido reanimar a millones que antes de su regreso al ministerio clave propendían a creer que el país no encontraría nunca la salida de la recesión en la cual está debatiéndose desde hace tanto tiempo. Fue por la presión popular así supuesta que los legisladores y, más tarde, los sindicalistas, optaron por ceder frente a sus exigencias. Además, Cavallo se mostró más que dispuesto a alabar a «los políticos», elogiando su «madurez», y a congraciarse con distintos sectores introduciendo medidas proteccionistas, rechazando algunos recortes propuestos por López Murphy y privilegiando a los caciques sindicales a costillas de los obreros. Puede que todas dichas concesiones fueran políticamente imprescindibles, pero esto no quiere decir que la estrategia que parecieron presagiar pueda funcionar. Si bien la confianza es esencial, de por sí no es suficiente como para garantizar el éxito de una gestión.
Por eso, es razonable suponer que, ya pertrechado de poderes especiales, Cavallo dejará de replegarse para comenzar a atacar los intereses creados que están bloqueando el camino hacia el crecimiento sostenible. Al fin y al cabo, si lo único que se proponía era seguir con medidas tan simpáticas como las inicialmente anunciadas, no hubiera necesitado ningún poder especial porque pocos legisladores, con la presunta excepción de los miembros de su propio partido, se opondrían a aranceles destinados a proteger la industria nacional o reformas del Estado que, según se ha dicho, no perjudicarían a nadie en absoluto. Por motivos evidentes, los poderes tendrán que ser aprovechados para producir cambios que de otro modo serían inviables a causa de la resistencia política. No pudo avanzar en este sentido López Murphy porque la clase política, ni lerda ni perezosa, no tuvo dificultad alguna en presentarlo como el enemigo número uno del pueblo, pero no le será tan fácil repetir la maniobra con Cavallo, quien ya ha tomado la precaución de reclutar a una proporción sustancial de la ciudadanía ofreciéndole esperanza. Mientras conserve el apoyo popular, podrá impulsar su programa de reformas con la misma energía de la cual hizo gala diez años antes en circunstancias comparables signadas por la confianza en el Poder Ejecutivo y el desprestigio del Legislativo, dominado por lo que el entonces presidente Carlos Menem calificaba de «viejos políticos». En cambio, si la ciudadanía recae en el escepticismo y descreimiento de las semanas previas al retorno del superministro, su «plan» compartirá el destino del ideado por López Murphy que, menos por sus posibles deficiencias que por la falta del «sustento político» que había reclamado, no tardó en verse transformado en un mero ejercicio técnico más.