Rayuela, la novela que siempre mira al futuro
La doctora Enriqueta Morillas analiza sus modos de lectura hoy.
Juan mocciaro
jmocciaro@rionegro.com.ar
“Escribo para el futuro”, respondió Julio Cortázar cuando le preguntaron para quién se suponía que escribía. Y remató diciendo: “Mis lectores están en el futuro”. Rayuela ya hacía unos años que había sido editada y el mundo aún no terminaba de entender qué se suponía que su autor había pretendido con ella.
Cincuenta años después de su primera edición, Rayuela sigue mirando al futuro y acaso en aquella respuesta de su autor esté contenida la clave de su eterna vigencia. Al fin y al cabo, el futuro es eso que siempre está por ocurrir.
En 1963, Cortázar propuso con Rayuela una novela que podía ser leída de otro modo al tradicional hasta el capítulo 56 y lo que aparece de inmediato es ese extraño Tablero de Direcciones. Se trata de una lectura (des)ordenada de la novela que incluye decenas de capítulos llamados prescindibles por el propio autor y que se combinarán con los otros capítulos que leerse de corrido en el plan tradicional. El lector pierde todo sentido de la orientación no sólo narrativa, también geográfica y temporal.
Lo explica el propio Cortázar: “Fue una tentativa de proponer un nuevo contacto entre la novela y su lector. Una tentativa para que la actitud del lector que lee novelas se modifique. La actitud de ese lector es en general pasiva porque en cada novela existe un hilo narrativo propuesto por su autor que lo lleva al lector pasiva y linealmente de la primera a la última página. A mi se me ocurrió y sé que es una cosa muy difícil intentar escribir un libro donde el lector en vez de leer consecutivamente tuviera diferentes opciones, lo cual lo situaba casi en pie de igualdad con el autor, pues el autor también había tomado diferentes opciones al escribir el libro. La idea que el lector crease su propio mundo dentro de la novela leyendo unas partes y no otras”.
“A su manera, este libro es muchos libros, pero sobre todo dos libros”, avisaba el autor antes de preguntarse si encontraría a La Maga. A su manera, este libro es, sobre todo y entre otras tantas cosas, una opción por la libertad, la de su autor, pero también la de su lectores. Pero existe una tercera manera de leer Rayuela, desligada de linealidades y tableros, y es el modo como al lector le dé la gana de hacerlo. Porque Rayuela puede leerse por donde se quiera. Podría decirse que hay tantas formas de leerla como capítulos tiene. Y tiene 155, prescindibles o no, que lo diga el lector.
En su escritura están las claves de sus modos de lectura. Enriqueta Morillas recibió aquella primera edición de Rayuela cuando era estudiante, durante años la estudió junto con el resto de la obra de Cortázar y hoy la enseña en las aulas de la Universidad Nacional del Comahue como titular de la cátedra de Literatura Argentina de la carrera de Letras en la Facultad de Humanidades. Es Doctora en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, donde dirigió el departamento de Literatura Hispanoamericana entre 1980 y 1995, Morillas sabe bien de lo que habla cuando habla de Rayuela.
“Rayuela está planteada como una novela mosaico o para saltar de casilla en casilla. Combina la idea del juego con la fragmentación de la sociedad contemporánea. No hay texto de Cortázar donde la noción de juego, de lo lúdico, no esté incorporada no sólo al núcleo del texto sino del lector mismo. Son textos abiertos, como los de Macedonio Fernández o Borges, para que el lector los complete con su lectura”, explica Morillas.
El modo en que Cortázar escribió Rayuela es el modo en que pretendió que se leyera: “Sólo cuando tuve todos los papeles de Rayuela encima de una mesa, toda esa enorme cantidad de capítulos y fragmentos, sentí la necesidad de ponerle un orden relativo. Pero ese orden no estuvo nunca en mí antes o durante la ejecución de Rayuela. Escribía largos pasajes sin tener la menor idea de dónde se iban a ubicar y a qué respondían en el fondo”, contaría luego el propio Cortázar. Y esa y no otra es la forma en que Rayuela adquiere su valor: la de ser leída sin un orden establecido.
“Tras la publicación de Rayuela, a fines de junio de 1963, Cortázar, y lo dice en una de sus cartas, temía que los lectores no aceptaran la propuesta de “segunda lectura” y eran fundados sus temores porque en general los lectores de entonces optaron por la lectura lineal”, revela Morillas, quien fue una de esas lectoras de entonces, pero de las que sí optaron por esa segunda forma de leer. “Hoy, el lector hace lo que quiere y no les son extrañas aquellas instrucciones que invitaban a romper con la lectura lineal”, dice a partir de su vasta experiencia como docente.
Y del temor, Cortázar pasó a la sorpresa cuando comprobó que los lectores de Rayuela resultaron ser los jóvenes, en quienes el propio Cortázar confesó no haber pensado nunca: “Yo pensé que había escrito un libro de un hombre de mi edad (tenía casi 40 años) para un público de mi edad, pero que encontró su mayor público en los jóvenes en quienes yo no había pensado jamás al escribir ese libro. Los verdaderos lectores de Rayuela han sido los jóvenes”.
Cómo se lee hoy
De regreso a Morillas que, como ejemplo, cuenta: “Mis alumnos, la generación de jóvenes lectores actuales, no tienen problemas con las instrucciones de Cortázar. En el aula universitaria proponemos la lectura completa de Rayuela, cosa que es difícil porque los tiempos de lectura se redujeron, por eso también proponemos una lectura fragmentaria con más facilidad de lo que podía hacerse en los años 60-70”
Y sigue diciendo: “Puedo darles fragmentos porque están acostumbrados a ese tipo de selección de textos. Hoy no existe la exigencia del siglo XIX de leer la novela completa. Rayuela no sólo permite esa lectura fragmentada sino que es el empeño de Cortázar”.
¿Qué se propone Cortázar con Rayuela? “ Sus textos –dice Morillas– están dirigidos, lo dice él mismo, a seres muy especiales como lo son los niños, los poetas, los locos y los criminales. Está buscando gente que se margina de lo que él llama el establishment, que en la literatura es el canon, que nos dice qué leer y cómo leerlo”.
Y es contra ese canon que apunta Rayuela: “Había en la novela burguesa del siglo XIX basada en la completitud de la obra, en la linealidad de su escritura y de su lectura, muy cerradas. Cortázar deliberadamente va a intentar romper con todo eso porque quiere liberar al lector de ese cerramiento impuesto por el autor”, argumenta Morillas.
Y dice más: “Tanto en Rayuela como en el casi toda la obra literaria de Cortázar hay una línea que va de Macedonio a Borges. Cortázar la recoge, la enfatiza y la enriquece. Busca su libertad compositiva. Y la libertad compositiva a medida que escribe. El también está buscando su libertad compositiva en Rayuela”.
Las formas de escritura
¿Cómo se forma en Cortázar esta forma de escritura? Sostiene Morillas: “Hay una valorización muy positiva de la vanguardia de los años ’20 y del surrealismo en Cortázar. En los años ‘20, Macedonio rompe con las estructuras tradicionales del texto, con todas sus convenciones. No quiere ni siquiera personajes. Quiere terminar con todas las convenciones literarias. Y propone una práctica que afecte al lector de vez en cuando, que retenga lo que ese lector quiera, una atención flotante. Eso es de un vanguardismo radical. Cortázar capitaliza y retoma todas estas influencias vanguardistas”.
Llevado a la práctica de la escritura, “Rayuela se destaca por sostener su prosa poética aún siendo un texto tan extenso. Cortázar aplica el esquema que alterna prosa y poesía. Si los ponemos en unidades libres conservando su sentido vamos a ver que es tanto poesía como prosa. Esto fue inédito para los tiempos en que fue escrita Rayuela. Fue una neo vanguardia”, apunta Morillas.
¿Y qué hay del lector actual? “El lector actual se siente cómodo con todo ese estilo vanguardista que propone Rayuela. Tal vez haya lectores que, como entonces, prefieran la lectura tradicional, pero no rechazan hoy, a diferencia de aquellos años, la lectura fragmentaria. Hoy no hay extrañamiento por parte del lector como sí ocurrió en los ‘60. En su tiempo, el hecho vanguardista era un hecho escandaloso. Y no era entendible para el lector culto tradicional”.
¿Qué pasaba con el propio Cortázar? “Era visto como un escritor de novela metafísica y muy por debajo de Eduardo Mallea, que era el preferido de la época”, cuenta Morillas, y agrega: “Además escribía cuentos, no novelas. O peor aún, cuentos fantásticos. Y es algo de lo que Cortázar tendrá que defenderse incluso en los años ‘70. El cuento fantástico no era canónico, como no lo eran la novela rosa ni los diarios de viajes”. Nada será igual para Cortázar luego de Rayuela. Aparece su militancia. Su figura como escritor creció, pero también la dimensión política de su figura.
Lectores del lado de allá y del lado de acá, qué interesó entonces de Rayuela y qué interesa hoy, cincuenta años después. Primero responde la Morillas lectora de su tiempo: “Nos importaba mucho la construcción de los personajes, la historia de la Maga y Oliveira”. Ahora, lo hace la Morillas testigo privilegiada de los lectores actuales: “Hoy a los estudiantes les interesa por ejemplo El Club de la Serpiente, ese ámbito donde los personajes se juntan a escuchar jazz y discutir ideas. A los estudiantes de los 70 no les interesaba el Club de la Serpiente”. Todos los intereses cabe en Rayuela, los de antes y los de ahora, de ahí su vigencia. La clave es que “Cortázar hace hincapié en lo cotidiano”, que toma la forma que cada generación de lectores propone a través de la libre lectura. Otra de sus revoluciones: la vida cotidiana bajo presupuestos estéticos.
Otra posibilidad de lectura actual es que “Rayuela es una novela riquísima en materiales: podés estudiar el Club de la Serpiente, o la construcción de los personajes, también la historia lineal de la novela. Podés abordar el zen, el jazz, entre otros tantos tópicos. Todo esto es posible de ser abordado por separado del total de la obra, lo permite su estructura”. Y eso es lo fascinante para un lector como el actual formado en la cultura del hipertexto y las múltiples entradas.