Recuerdos del futuro



Hace casi una década, en el 2010, Macri se vio tentado con la candidatura a presidente. Era jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y había vencido al kirchnerismo en las elecciones de un año atrás en la provincia de Buenos Aires en una alianza con Felipe Solá y el empresario Francisco de Narváez. Macri emergía como el adversario más peligroso para el kirchnerismo, pero dos hechos alteraron su plan: la muerte de Kirchner y la fuerte recuperación de la economía después de la crisis de 2008-2009. La conclusión fue que había que desistir de la presidencia por la sencilla razón de que no se podía ganar la elección. Los hechos le dieron la razón: Cristina Kirchner se impuso en el 2011 con el 54% de los votos.

Aquella decisión estratégica de Macri tuvo consecuencias institucionales: privó a la oposición de la posibilidad de conformar un espacio vigoroso que no solo acortara la distancia en el resultado electoral, sino que pudiera actuar además como contrapeso a la hegemonía kirchnerista. La debilidad de la oposición en definitiva acentuó los desvíos autoritarios durante el segundo mandato de Cristina Kirchner, el “vamos por todo”.

El presidente deberá enfrentar en octubre una elección en la que, de repetirse los resultados del 11 de agosto, lo espera una derrota. Pero esta vez no podrá evitarla.

Recuerdos del futuro. El destino ha vuelto a poner a Macri ante una encrucijada parecida a la de 2011. El presidente deberá enfrentar en octubre una elección en la que, de repetirse los resultados del 11 de agosto, lo espera una derrota. Pero esta vez no podrá evitarla.

El interrogante al que conduce esta semejanza es si una victoria contundente del frente kirchnerista-peronista que encabeza Alberto Fernández y, por lo mismo, un pronunciado revés del oficialismo podrían a volver a provocar un nuevo desbalance entre las fuerzas políticas durante el próximo gobierno, que ponga una vez más en riesgo el sistema.

En medio de la tormenta financiera que se desató después de las primarias, la mesa política del gobierno discutió esta semana cuál será la estrategia para enfrentar el complejo desafío de octubre. Por los primeros movimientos, parece haber bajado la intensidad del mensaje de demonización del frente opositor.

Los contactos de Macri con Fernández llevan implícita una urgencia común: llevar certidumbre al sistema financiero para garantizar una transición ordenada. La preocupación de Fernández se extiende a cuál va a ser el nivel de reservas con el que eventualmente Macri le transferirá el poder, como insistió su equipo de economistas tras la reunión con el ministro Hernán Lacunza. Evitar una corrida contra el peso y asegurarse los desembolsos del Fondo Monetario previstos hasta fin de año es determinante tanto para Macri como para Fernández.

Si bien Fernández se presenta como garante de la institucionalidad, lo más probable es que sea el peronismo el que organice en el poder su oposición. Ya lo hemos visto otras veces.

Este tipo de entendimiento sin embargo contraría la naturaleza de la competencia en octubre. Esta paradoja parece estar buscando ser salvada por el oficialismo, en el mejor de los casos, con lo que parece una nueva distribución de tareas que ha otorgado a Elisa Carrió (¿y a Miguel Pichetto?) el monopolio del discurso de confrontación.

Pero bien podría suceder que el comportamiento de Carrió no haya sido acordado y sea un reflejo de tensiones no saldadas en Juntos por el Cambio. La situación al interior del peronismo es aún más incierta. Aunque trascendió que Cristina Kirchner avaló lo hecho por Fernández en las semanas que siguieron a la elección, incluso el diálogo con Macri, se ignora cómo ha sido asimilado por los sectores radicalizados que confluyen en torno a La Cámpora.

No hay un manual que indique cómo administrar esta compleja transición. El gobierno debe hacer frente a la competencia de octubre con el supuesto de que aún puede revertir los resultados. Algunos creen en cambio que el objetivo debería ser reducir el protagonismo de Macri en la campaña y concentrarse en preservar la mayor cuota de poder territorial y de representación parlamentaria.

Si como parece el peronismo regresa al poder, será necesaria una oposición fortalecida si se quiere evitar la experiencia del 2011. Aunque Fernández se presenta como garante de la institucionalidad, lo más probable es que sea el propio peronismo el que organice su propia oposición en el poder. Ya lo hemos visto otras veces.


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