Redacciones fascinantes
Comentario
Análisis
Parece inoportuno hoy glorificar al cigarrillo. Pero si me pongo a pensar en una redacción periodística, forzosamente la imagino enturbiada por una espesa nube de humo de tabaco, combustible inevitable de la actividad intelectual de periodistas de, caramba, no hace tantos años. Por estos días, la restricción llegó al arte: se busca evitar que las películas muestren escenas de alto riesgo para la salud como, está comprobado, es el hábito de fumar. No se observa preocupación similar por las pantallas que exhiben trompadas, degüellos, violaciones, torturas y fusilamientos, de cuyos efectos nocivos para la salud física y espiritual no se estarían ocupando por el momento las autoridades.
Trabajar de periodista es una actividad calificada como de riesgo en la actualidad, particularmente en países en conflicto, y es el trabajo y la vida de los periodistas fuente dilecta de ficciones como esta vez propone Hollywood con “En primera plana” (Spotlight). Internet agobia en multitud de sitios que ofrecen de diez a ¡cien! títulos de películas relacionadas con la profesión, así como recientes series de televisión la incorporaron en la trama. También crece el interés por carreras afines al periodismo, como “comunicación social”, por ejemplo, que no vendría a ser lo mismo.
Asumiendo con cierta melancolía lo que fue, aquello que García Márquez llamó “el mejor oficio del mundo”, me sale decir que el periodismo no se estudia, que periodista se va haciendo: en la temperatura sobresaltada de las redacciones, de la hora del cierre, del espacio y del tiempo acotados, en la presión y el vértigo fascinante del único problema verdadero: las palabras. Me sale decir que no hay profesores sino maestros, gente que se admira, se lee y se escucha, raramente graduados en una facultad de periodismo. Que hay guardias aburridas a funcionarios, incertidumbre, esperas, viajes, trasnoches, historias difíciles, dramas con los que se llega corriendo a escribir con pena y sin tiempo para llorar. Que hay pasión y compasión en el oficio, o que debería haberlas; que la búsqueda de la verdad es eso, una búsqueda. Y que la independencia y la objetividad presumen de virtudes de las que carecemos todos como, por fin, hemos aprendido estos últimos años. Vale decir, es un modo de ganarse la vida como otros, pero también un trabajo por demás ensalzado, por demás criticado, sobrevaluado y desvalorizado. Es seguro que algo vinculado al poder y la fama late bajo los pliegues de la consideración, arrugada siempre, que recibe el periodismo. ¿De ahí la fascinación?
Súperman era periodista. Mejor dicho, en la opaca vida cotidiana que llevaba como Clark Kent, Súperman hacía de periodista. Sólo cuando se convertía en Súperman estaba en condiciones de salvar al mundo. Por esas cosas de la ficción, el mejor oficio del mundo vino a adornarse de una pátina heroica y glamorosa que está tan lejos de ser real como el colega Clark Kent frenando un tren con la mano.
René Magritte, pintor surrealista, es el autor de un célebre cuadro en el que se ve nítidamente una pipa de fumar y abajo un texto en letra cursiva que dice “esto no es una pipa”. ¿Cómo que no es una pipa? se le reprochó. Él respondió que se trataba de la representación de una pipa, no de la pipa en sí. Eso que estás viendo, diría Magritte, no es una pipa verdadera, es la ilusión de una pipa. La serie de cuadros de Magritte se llama “La traición de las imágenes”.
(*) Periodista.
Por Mónica Reynoso (*) – rsedicedemi@gmail.com
Análisis
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