Reforma electoral: ¿en qué nos puede ayudar?
Ha despertado el interés de medios, especialistas y opinión pública en general la cuestión de la pertinencia o no de una reforma electoral. Fundamentalmente el debate se centra en las PASO y el voto electrónico.
Es importante recordar que las reformas electorales adolecen de inocencia. Siempre responden a la relación de fuerzas existente entre oficialismo y oposición, buscando el primero instalar las mejores condiciones para su permanencia en el tiempo.
Más allá de estos debates, considero importante instalar un tema de orden estructural: ¿qué sistema de partidos queremos construir para nuestra democracia?
Somos un país con una larga tradición en polarizaciones, que suelen tornarse antagónicas. Desde nuestra “guerra civil criolla” entre Unitarios y Federales en los inicios del Estado Nación hasta el bipartidismo competitivo entre radicales y peronistas de segunda mitad de siglo XX hemos estado atravesados por polaridades.
Nuestra democracia siglo XXI ha visto nacer infinidad de partidos, generalmente construidos a imagen y semejanza de su líder. Considero importante vigorizar a los partidos políticos en su rol de canalizadores de las expectativas y los intereses del soberano. Se torna arduo sostener un proyecto de nación de largo plazo por fuera de los partidos políticos. En tal tradición se encuentra el viejo anhelo de Torcuato Di Tella de reproducir un nuevo bipartidismo en Argentina. Ya no expresado por el binomio UCR-PJ, sino entre un espacio de centro izquierda y otro de centroderecha. Luego de doce años de hegemonía kirchnerista, la aparición victoriosa de Cambiemos permitiría pensar que lo imaginado por Di Tella puede concretarse.
El 2015 marcó la inauguración del balotaje, una herramienta de polarización por excelencia. Y las recientes PASO nos marcan la proyección nacional de Cambiemos. Una fuerza que ha sabido construir su propio relato, una marca y estilo bien definidos y un proyecto nacional propio, más allá de tener coincidencias con las tradiciones liberales y conservadoras de nuestro país.
Se ha instalado en la conciencia colectiva la apelación a “la grieta” como una división insalvable entre argentinos. El afianzamiento de Cambiemos permite abandonar esta antinomia destructiva y favorecer un debate profundo sobre los diferentes modelos de país en pugna. Más que negar al otro, tenemos el enorme desafío de reconocerlo.
Una forma de vigorizar estos dos polos “ideológicos-valorativos” sería llevar el actual umbral del 45% a la mayoría absoluta como requisito para ganar la elección presidencial en primera vuelta. El sistema electoral francés es el más emblemático en este sentido, Uruguay también lo utiliza desde 1996. En ambos países, siempre se termina dirimiendo el poder en un balotaje. Esto obliga a las dos fuerzas más votadas a diferenciarse entre sí y a convocar nuevos aliados. También permite legitimar al ganador ya que obtendrá más del 50% de los votos.
Frente a la crisis estructural de la UCR, hoy devenido en “partido sello” que se ofrece al mejor postor a cambio de porciones de poder, y del PJ, al que cada día le nace un nuevo hijo no reconocido que lo fractura un poco más, venimos asistiendo a una frenética proliferación de “partidos-pyme”. Emprendimientos cuasi personales para acceder a puestos privilegiados de trabajo, donde las propuestas, la construcción de un proyecto político integral y las tradiciones quedan en segundo plano.
Ante este escenario, diseñar un sistema de partidos que recoja la tradición del bipartidismo argentino, reorganizada en polos de centroizquierda y centroderecha, me parece una opción digna de ser considerada.
Queda decir que para elevar el umbral del 45% a la mayoría absoluta se precisa modificar la Constitución nacional. Una buena oportunidad para nuestra dirigencia política y para la sociedad toda de trabajar en acuerdos estructurales. Generar consensos en contextos de polarización política sería un enorme gesto de madurez democrática.
*Politólogo