Refugiados de ayer… la Colonia Rusa en Argentina
Que miles de personas deban huir de sus países por guerras y persecución no es algo nuevo en la historia. En un reciente libro, el historiador Daniel Muchnik aborda la llegada e instalación en nuestro país a principios del siglo XX de una migración muy particular: miles de judíos que venían del antiguo Imperio Ruso, donde sufrían violencia y discriminación. La región del Alto Valle fue parte del proceso, con la creación de una colonia propia en la zona de General Roca. Con trabajo y solidaridad, se sobrepusieron no sólo al desarraigo sino también a los maltratos y corrupción de algunas organizaciones que los trajeron. Y vencieron muchos prejuicios que los rodearon durante años.
–Eran independientes, muy independientes de las entidades y sociedades que se encargaban de organizar la llegada de inmigrantes judíos a Argentina… especialmente de la terrible Asociación Colonizadora Judía, que estafó a miles de personas, que engañó incluso en materia de los recursos que les enviaba desde Europa el barón Hirsch. Y muy creadores, sí, sí… Así fueron los judíos que hace ya casi 110 años llegaron a Roca, ¡la famosa Colonia Rusa! –dice Daniel Muchnik y acota:
–¡Y laburantes! Se laburaron todo junto a ese río de carácter díscolo que era el Negro de aquel comienzo… ¡Se laburaron todo!…
En su muy reciente libro, “Inmigrantes. 1860-1914. La historia de los míos y de los tuyos” (Ed. Sudamericana), Daniel Muchnik aborda en uno de sus tramos la llegada hace casi 110 años de los judíos de Europa Oriental que dieron forma a la Colonia Rusa en Roca.
La que sigue es la entrevista mantenida por “Debates” con Muchnik.
–Hay un volver y volver sobre la inmigración judía o no judía…
–Si hay un conocimiento parejo entre los argentinos en materia de historia, es la significación que tuvo la inmigración. Es, como digo en la tapa de mi libro, “la historia de los míos y de los tuyos”.
–¿Se está revalorizando el estudio de las colonias judías instaladas en Argentina?
–Tanto que no le argumentaré desde lo histórico en sí mismo. Sí desde el turismo. Hoy estas colonias son muy visitadas. Un pibe judío visita el lugar al que llegó su bisabuelo, un descendiente de… no toquemos a nadie que se enojan, lleva a su abuelo a ver el lugar donde llegó el abuelo de este…
–Del tramo de su libro en que reflexiona sobre la Colonia Rusa en Roca, se extrae que en su seno hubo, desde su llegada prácticamente, protagonistas o liderazgos muy significativos en cuanto a organizarse, “meterse” en la vida del Valle. ¿Este tipo de actor fue común a otras colonias judías?
–Sí, pero hay que reflexionar esas individualidades en acuerdo a que no se trataba ni de liderazgos excluyentes ni se explican porque ejercieran un poder autoritario, terminante.
–¿Entonces?
–Se trató siempre de gente que por el peso de su formación, por reconocimiento a ayudar, a no conducirse desde el individualismo sino pensando en el destino común que tenía el conjunto, asumía roles y representaba. Eso fueron en el Valle hombres como Bernardo Riskin, Isaac Locev, Manuel Zilvestein, Liberman… que además fueron los primeros en llegar. Y creo incurrir en una injusticia al acordarme ahora sólo de ellos…
–Hombres forjados en “galletas duras y viejas”…
–Forjados en durezas, en incertidumbres, desarraigados por la dialéctica de la historia. Lo de “galletas duras y viejas” lo menciono en el libro en relación a cómo se fue organizando Colonia Mauricio en Carlos Casares. Y ahí sí hay un hombre excepcional en línea a lo que venimos hablando: Marcos Alpersohn. En mi libro lo defino como “un hombre rebelde” que no idealizó nada de lo que tenía adelante en cuanto a desafío, trabajo.
–¿Parafraseando a Ortega y Gasset: “Judíos, a las cosas”?
–Cabe, claro. El protagonismo de Alpersohn tuvo algo de gigantismo porque incluso le dio una batalla dura a esa organización que tanto daño hizo la inmigración judía: la Asociación Colonizadora Judía o JCA, Jewish Colonization Association
–En su libro la JCA sale muy mal…
–No es mi libro, mi exclusivo punto de vista. Es la historia la que habla. Fue una organización que se movió desde mucha maldad, destrato, corrupción incluso, engaño para con la inmigración judía. Y esto se relaciona con un acierto de Isaac Locev en el aliento y organización de la colonia en el Alto Valle. Porque con los poderes de varias docenas de sus paisanos –cien concretamente– y en el marco de la decisión del gobierno de entregar 100 hectáreas a los primeros inmigrantes judíos, él dejó de lado la JCA y avanzó en la instalación de sus paisanos. Era un tema de estar juntos, cinchar para el mismo lado.
Pioneros de la cooperación
–En tren de sus trabajos sobre la Colonia Rusa, ¿conoció a Laura Riskin, ya fallecida?
–¡Un encanto esa “viejita”! ¡Qué memoria! Soy amigo de sus pibes…
–Esos pibes son casi bisabuelos…
–Y, los pibes crecen…
–Ella decía que, si uno hurgaba en la historia de la colonización judía del Alto Valle, lo primero que encontraba era la confianza entre sí de esos colonizadores. ¿Ese grado de confianza fue común en Argentina a la inmigración italiana o española, por caso?
–No puedo atreverme a reflexionar sobre eso. Sí vale lo de la confianza de la que hablaba Laura. Esto puede explicarse desde muchos fundamentos. Pero todos convergen en lo que quizá sea la razón motivadora esencial de esa confianza: la diáspora, las persecuciones, los pogromos y etc., etc., sufridos por los judíos en Europa a lo largo de siglos, décadas. No se trata de explicar desde la victimización como defensa, hablo de realidades. No fue fácil ser judío, como los del Alto Valle, bajo el Imperio Ruso de Nicolás II…
–Como dice el inglés Ian Kershaw, ¿“no todo comenzó con Hitler”?
–Por supuesto que no. Y además, cuando hablamos de la confianza de por ejemplo los colonos judíos del Alto Valle, hay que definir esa confianza en términos de lo que significó para el progreso de ellos, de la región…
–¿Hace a esa dicotomía con que suele reflexionarse la confianza en la historia: una fundada en el miedo y en consecuencia conservadora; otra confianza creadora, abierta? “Genética impulsora”, decía Lisandro de la Torre.
–De eso se trata. Pensemos, por caso, en términos de las cooperativas de producción que fundaron en Roca, en el Valle. Bernardo Riskin fundó algo así como media docena de cooperativas, entre ellas la que sería la primera Cooperativa Frutícola de Roca. Y ahí no voy a contar algo que muchos valletanos no sepan, pero en esa cooperativa había también, enlazados por la confianza, productores descendientes de otras inmigraciones. Ahí había Del Hierro, García, Biazzo, Nervi, Kauffman –un gran hacedor del Valle–, Julio Armada, Kaspin, el vasco Elosegui, Gil y etc., etc. Una ensalada en función de progreso, de futuro. Porque en el Valle se trabajó duro, ¡eh!…
–Pala y pico y pico y pala, solía decir un descendiente de Wulf Kaspin…
–¡Y los judíos se laburaron todo y los otros también!
El prejuicio del judío
“no trabajador”
–En su libro avanza sobre un tema espinoso, alentado desde planos racistas –en el caso argentino, nacionalistas–: la idea de que los judíos están más formateados para la actividad mercantil que para la tierra. Hay enojo en su reacción sobre este tema, ¿no?
–No, enojo no. Pero reacciono sí con sólidos argumentos contra ese prejuicio muy extendido que tiene un objetivo: hacer del judío un “no trabajador”, más allá de otros alcances de ese prejuicio. Desmiento incluso que los judíos recién se interesaron por la agricultura en el siglo XIX. Demuestro terminantemente cómo están ligados a la agricultura desde tiempos inmemoriales. Y esto tiene que ver incluso con la adaptabilidad, lo rápido que los judíos llegados al Valle se incorporaron a la agricultura, al igual que en Entre Ríos, Santa Fe, etc.
–La sociedad urbana y productiva de Río Negro es joven. Con la sola excepción de Viedma, que orilla los 240 años, el resto de sus centros urbanos y regiones agropecuarias tienen un promedio de 120 años estimativamente…
–Es una sociedad nueva, digamos… abierta.
–Y cuando llegaron los judíos, la tenencia de la tierra, a diferencia del Entre Ríos que usted relata, no era significativa como para que se resistiese a esa colonización. ¿Esto tiene que ver con que en el Valle los colonos judíos no fueran hostigados como lo fueron allí?
–Por supuesto. Vuelvo al concepto de sociedad abierta. Estaba todo por hacerse y en la construcción de ese todo, en Santa Fe y Entre Ríos, todos trabajaron codo a codo. Estamos hablando de un fenómeno muy interesante, que vale la pena seguir estudiando porque incluso los colonos convivieron, más allá de hechos puntuales, sin hostigamiento de, por ejemplo, sectores católicos…
–Que no fue poco…
–Que no fue poco.
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Historia