Región financiera

Por Redacción

Como las convulsiones financieras que están afectando a casi toda América del Sur se han encargado de recordarnos, la salud económica de la región depende en buena medida de la condición de los países más avanzados. Cuando éstos parecen nadar en la abundancia, nuestras economías comparten los beneficios; cuando comienzan a desacelerarse, somos los primeros en sentirlo. Pero a diferencia de lo que suele ser el caso en Asia oriental, otra región «emergente», no es cuestión tanto del comercio cuanto de la actitud de los inversores. Mientras que entre «los tigres» asiáticos la pérdida de mercados para sus exportaciones es considerada la consecuencia más perjudicial de una recesión estadounidense o, en menor medida, europea, en América Latina el temor a que los grandes fondos de inversión trasladen su dinero a plazas a su juicio más seguras, de mayor «calidad», es siempre el factor decisivo. Por lo tanto, es lógico que al agotarse el gran boom bursátil de los años noventa en Estados Unidos y Europa occidental, la región peor golpeada haya sido precisamente América Latina por ser la más dependiente del flujo de capitales, lo cual, es innecesario decirlo, ha servido para convencer a algunos de que somos víctimas inocentes de la crisis más reciente del sistema capitalista global y por lo tanto sólo podremos protestar contra la injusticia así supuesta.

Esta realidad puede parecer paradójica porque en todos los países latinoamericanos es tradicional desconfiar visceralmente de las finanzas como tales no sólo porque son veleidosas por naturaleza -lo son desde que el mundo es mundo-, sino también porque la Iglesia Católica y la mayoría de los movimientos políticos las creen intrínsecamente inmorales, opinión que comparten con ciertos conservadores estadounidenses como el secretario del Tesoro norteamericano Paul O»Neill. En efecto, todos los días pueden oírse diatribas apasionadas en contra del protagonismo del sector financiero y en favor de actividades más productivas pronunciadas por eclesiásticos, intelectuales, dirigentes políticos y, huelga decirlo, empresarios, pero, por desgracia, el fuerte prejuicio así reflejado no parece haber incidido demasiado en la conducta ni de los gobernantes ni de los gobernados. A pesar de ser más conscientes que otros mortales de lo inconveniente que es depender de los caprichos de los mercados financieros que desde hace siglos son notorios por su propensión a producir burbujas especulativas que siempre terminan estallando, arruinando a quienes no hayan logrado salir a tiempo, los dirigentes latinoamericanos siguen siendo los más dispuestos a privilegiar las finanzas por encima de los otros ámbitos económicos.

¿Por qué? Sin duda porque les parece mucho más fácil seducir a los inversores extranjeros de lo que sería aumentar la productividad, tarea ésta que les exigiría esfuerzos prolongados encaminados a impulsar la educación, la voluntad de obligar a los empresarios a competir sin repartir favores entre ellos conforme a criterios meramente personales o políticos, una administración pública más eficiente y muchas reformas más. Dicho de otro modo, el sesgo antiproductivo que es tan característico de todos los países latinoamericanos puede atribuirse a la negativa de la clase política a emprender estrategias que no le brindarían ventajas inmediatas sino que, por el contrario, la obligarían a enfrentarse con muchos intereses creados. Puesto que aumentar la productividad nunca es sencillo porque supone cambios a menudo drásticos, en los distintos países de la región los gobiernos de turno casi siempre han preferido apostar a la inversión extranjera, lo que contrasta con la actitud de sus equivalentes de Asia oriental que sistemáticamente han priorizado la educación por saberla la fuente de la productividad y la calidad, de ahí el hecho de que el crecimiento de sus economías se haya basado en las exportaciones. Tan exitosos han sido algunos países asiáticos, que sus empresas ya están en condiciones de competir en todos los terrenos con sus rivales norteamericanas, europeas y japonesas. ¿Es concebible que un día la Argentina -o el Brasil- vea surgir una empresa comparable con la Samsung coreana? Por lo pronto, no lo es, realidad que debería preocuparnos tanto como las vicisitudes truculentas de ésta la enésima gran crisis financiera.


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