Rencor sin fin
Con sus dichos contra la convertibilidad, Alfonsín demuestra una resistencia casi histérica a aceptar que Cavallo hizo un aporte positivo.
El escaso aprecio que siente el ex presidente Raúl Alfonsín por la persona del ex ministro de Economía Domingo Cavallo no es ningún secreto: en la demonología particular del radical, el artífice de la convertibilidad tiene un lugar aún más eminente que el ocupado por Fernando de Santibañes. A juicio de Alfonsín y de otros radicales amigos de las teorías conspirativas, Cavallo causó los desastres que acortaron su gestión al aconsejar a los financistas internacionales desistir de prestarle más dinero. Se equivocan, claro está: ningún economista, por elocuente que fuera, podría organizar un boicot de este tipo a menos que la realidad objetiva ya resultara tan alarmante que nadie en su sano juicio soñaría con arriesgarse. Sin embargo, a los alfonsinistas les sería tan desagradable reconocer que el derrumbe de 1989 se debió a su propia debilidad y miopía que muchos siguen aferrándose a la idea de que de no haber sido por la intervención de Cavallo la gestión de su caudillo hubiera terminado sin sobresaltos.
He aquí el motivo por el cual Alfonsín decidió asombrar a medio mundo comparando la puesta en marcha de la convertibilidad cavallista con el golpe de Estado de 1930, el que a su entender fue el otro de los «dos episodios más graves para la Argentina del siglo XX». En esta ocasión su amargura no se inspira en sus preferencias ideológicas – después de todo, el uno a uno sería perfectamente compatible con una estrategia económica izquierdista -, sino en su resistencia casi histérica a aceptar que Cavallo pudo haber hecho un aporte sumamente positivo al futuro nacional al concebir un mecanismo destinado a impedir que políticos irresponsables siguieran perpetrando las mismas barbaridades que culminaron en el estallido hiperinflacionario de 1989. Puede criticarse la convertibilidad – no existen esquemas cambiarios perfectos -, pero a esta altura pocos negarían que es bueno que ciertos políticos, entre ellos el ex presidente radical, se hayan visto obligados a llevar el chaleco de fuerza que supone.
Por fortuna, cuando de temas económicos se trata la autoridad de Alfonsín es nula – si hablara bien de una medida, los mercados sí tendrían motivos para asustarse -, lo cual es lógico porque, al fin y al cabo, en el transcurso de su gestión se las arregló para depauperar a más argentinos que cualquier otro presidente o ministro de Economía de la historia del país, hazaña que acaso quisiera rematar poniendo fin a la estabilidad monetaria sin la cual el estado del país sería con toda seguridad peor de lo que efectivamente es. Como señaló el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo, «quebrar la convertibilidad generaría un colapso en el nivel de actividad de una magnitud nunca vista», o sea, un desbarajuste todavía más espectacular que el desatado por Alfonsín hace poco más de diez años. Aunque frente a la reacción de Colombo Alfonsín intentó atenuar el impacto de sus palabras, afirmando que dadas las circunstancias sería mejor no intentar salir del sistema vigente, el que sea el jefe formal del partido principal de la Alianza gobernante significa que no le es dado minimizarlas como si sólo se tratara de un chiste de mal gusto, un exceso retórico o una opinión meramente personal.
Según Alfonsín y sus simpatizantes, Santibañes no debería estar en el gobierno porque no comparte las ideas de los militantes radicales y frepasistas del «ala política» oficial.
En todo caso, Santibañes no debería permanecer debido a la grave sospecha de sobornos, frente a una prueba en sus cuentas tan contundente y de dudosa justificación.
Pero en cuanto a conceptos económicos, los pecados de Santibañes son veniales en comparación con los de Alfonsín, un político que, por vanidad, no ha vacilado en procurar desestabilizar al gobierno embistiendo con furia contra el «modelo» económico que está esforzándose por manejar.
Gracias a su condición de ex presidente, al prestigio bien merecido que logró a raíz de su defensa de los derechos humanos y a su fama de ser un «político de raza», para no decir «estadista», Alfonsín puede provocar estragos infinitamente más graves que los supuestamente ocasionados por la prédica «neoliberal» del ex banquero.