Revisionismo numérico

Redacción

Por Redacción

Resulta que tenían razón los convencidos de que era un cuento lo del crecimiento a “tasas chinas” que durante años contribuyó a la popularidad del oficialismo y a la reelección triunfal de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. El mismísimo Indec acaba de informarnos que, entre el 2005 y el 2012, la economía nacional se expandió diez puntos menos que el 67% que, según el gobierno kirchnerista, se había anotado. Aún se trata de una cifra impresionante, pero sucede que una tasa de crecimiento anual del 5,9% hubiera motivado alarma en Pekín, ya que en el mismo período China creció a un ritmo aproximado al 10% anual. Por lo demás, en opinión de algunos analistas, el Indec sigue exagerando, si bien de forma menos burda que antes; creen que la tasa de crecimiento real de los años de auge fue inferior a la calculada con el 2004 como año base en reemplazo de 1993. Sea como fuere, la demora en actualizar los números nos ha sido muy costosa. Conforme a la nueva serie, en el 2008 el producto bruto interno creció un 3,1%, pero al optar por el 6,8% el país pagó a los tenedores del cupón PBI, que sólo cobrarían si la tasa excedía el 3,3% anual, casi 2.000 millones de dólares. Estimar el tamaño de un producto bruto y la tasa de crecimiento, si la hay, es siempre un asunto muy complicado. Aunque en todos los países se modifican periódicamente las cifras oficiales, en pocos los cambios han sido tan notables como los registrados en la Argentina donde, además de las distorsiones provocadas por atrasos cambiarios, devaluaciones y, desde luego, la inflación, los gobiernos se han acostumbrado a manipular las estadísticas por motivos políticos. Hasta fines del año pasado, los kirchneristas creían que sería de su interés hacer pensar que, merced a su “modelo”, la economía argentina se expandía a una velocidad sin precedentes, superando con comodidad las hazañas en tal sentido de todos los “modelos” anteriores, en especial el construido por el presidente Carlos Menem y el “superministro” Domingo Cavallo. Sin embargo, a la hora de calcular la tasa de crecimiento correspondiente al 2013, el gobierno decidió reducir drásticamente el número previsto a fin de ahorrarse los 3.500 millones de dólares que hubiera tenido que desembolsar para pagar el cupón PBI. Parecería pues que, como ocurría cuando el entonces presidente Néstor Kirchner procuraba conmover a los acreedores hablándoles de las penurias que sufrían los argentinos, hemos entrado en una etapa en que, lejos de jactarse del dinamismo de la economía nacional, el gobierno subrayará su precariedad a pesar de que hacerlo podría asustar a los inversores en potencia. De todos modos, después de muchos años en que el gobierno kirchnerista obligó a los técnicos del Indec a producir estadísticas que servirían para brindar una pátina de verosimilitud al gran relato oficial, el estado auténtico de la economía, y por lo tanto de la sociedad, es un misterio. No sabemos muy bien si nuestra economía sigue siendo mayor que la colombiana. La tasa mensual de inflación presuntamente registrada por el Indec difiere de la confeccionada por las consultoras privadas que se ven apoyadas por los legisladores opositores que apadrinan “el índice del Congreso”. También es oficialmente desconocida la proporción de la población que vive por debajo de la línea de pobreza. Igualmente discutibles son las estadísticas relacionadas con el delito y otros temas importantes. En consecuencia, tanto los funcionarios encargados de resolver problemas como los miembros de agrupaciones que esperan gobernar en el futuro carecen de la información precisa que necesitan, lo que, combinado con la propensión notoria de los políticos a privilegiar las abstracciones por encima de las propuestas concretas, incide de manera sumamente negativa en la eficacia de casi todas las instituciones del país. Sin contar con datos firmes, a muchos funcionarios no les cabe más alternativa que depender de su olfato o, como con frecuencia sucede, tratar de ocultar su inoperancia detrás de pantallas de humo, declaraciones altisonantes que podrían decirnos lo que les gustaría hacer pero que, por desgracia, no guardan relación con lo que efectivamente sucede en las distintas reparticiones gubernamentales.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 14 de mayo de 2014


Resulta que tenían razón los convencidos de que era un cuento lo del crecimiento a “tasas chinas” que durante años contribuyó a la popularidad del oficialismo y a la reelección triunfal de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. El mismísimo Indec acaba de informarnos que, entre el 2005 y el 2012, la economía nacional se expandió diez puntos menos que el 67% que, según el gobierno kirchnerista, se había anotado. Aún se trata de una cifra impresionante, pero sucede que una tasa de crecimiento anual del 5,9% hubiera motivado alarma en Pekín, ya que en el mismo período China creció a un ritmo aproximado al 10% anual. Por lo demás, en opinión de algunos analistas, el Indec sigue exagerando, si bien de forma menos burda que antes; creen que la tasa de crecimiento real de los años de auge fue inferior a la calculada con el 2004 como año base en reemplazo de 1993. Sea como fuere, la demora en actualizar los números nos ha sido muy costosa. Conforme a la nueva serie, en el 2008 el producto bruto interno creció un 3,1%, pero al optar por el 6,8% el país pagó a los tenedores del cupón PBI, que sólo cobrarían si la tasa excedía el 3,3% anual, casi 2.000 millones de dólares. Estimar el tamaño de un producto bruto y la tasa de crecimiento, si la hay, es siempre un asunto muy complicado. Aunque en todos los países se modifican periódicamente las cifras oficiales, en pocos los cambios han sido tan notables como los registrados en la Argentina donde, además de las distorsiones provocadas por atrasos cambiarios, devaluaciones y, desde luego, la inflación, los gobiernos se han acostumbrado a manipular las estadísticas por motivos políticos. Hasta fines del año pasado, los kirchneristas creían que sería de su interés hacer pensar que, merced a su “modelo”, la economía argentina se expandía a una velocidad sin precedentes, superando con comodidad las hazañas en tal sentido de todos los “modelos” anteriores, en especial el construido por el presidente Carlos Menem y el “superministro” Domingo Cavallo. Sin embargo, a la hora de calcular la tasa de crecimiento correspondiente al 2013, el gobierno decidió reducir drásticamente el número previsto a fin de ahorrarse los 3.500 millones de dólares que hubiera tenido que desembolsar para pagar el cupón PBI. Parecería pues que, como ocurría cuando el entonces presidente Néstor Kirchner procuraba conmover a los acreedores hablándoles de las penurias que sufrían los argentinos, hemos entrado en una etapa en que, lejos de jactarse del dinamismo de la economía nacional, el gobierno subrayará su precariedad a pesar de que hacerlo podría asustar a los inversores en potencia. De todos modos, después de muchos años en que el gobierno kirchnerista obligó a los técnicos del Indec a producir estadísticas que servirían para brindar una pátina de verosimilitud al gran relato oficial, el estado auténtico de la economía, y por lo tanto de la sociedad, es un misterio. No sabemos muy bien si nuestra economía sigue siendo mayor que la colombiana. La tasa mensual de inflación presuntamente registrada por el Indec difiere de la confeccionada por las consultoras privadas que se ven apoyadas por los legisladores opositores que apadrinan “el índice del Congreso”. También es oficialmente desconocida la proporción de la población que vive por debajo de la línea de pobreza. Igualmente discutibles son las estadísticas relacionadas con el delito y otros temas importantes. En consecuencia, tanto los funcionarios encargados de resolver problemas como los miembros de agrupaciones que esperan gobernar en el futuro carecen de la información precisa que necesitan, lo que, combinado con la propensión notoria de los políticos a privilegiar las abstracciones por encima de las propuestas concretas, incide de manera sumamente negativa en la eficacia de casi todas las instituciones del país. Sin contar con datos firmes, a muchos funcionarios no les cabe más alternativa que depender de su olfato o, como con frecuencia sucede, tratar de ocultar su inoperancia detrás de pantallas de humo, declaraciones altisonantes que podrían decirnos lo que les gustaría hacer pero que, por desgracia, no guardan relación con lo que efectivamente sucede en las distintas reparticiones gubernamentales.

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