Rompecabezas ridículo
Sería bueno que los jefes partidarios no demoraran el realineamiento que hizo necesario el ingreso de Cavallo al gobierno.
Domingo Cavallo no sólo es el ministro de Economía sino también, a juicio de la mayoría, el virtual jefe del gobierno nacional, de suerte que sería lógico considerarlo la figura principal de la alianza gobernante, con la excepción formal del presidente Fernando de la Rúa. Sin embargo, ocurre que en política la mera lógica cuenta poco, de suerte que era previsible que el ingreso del jefe de Acción por la República desataría un debate un tanto bizantino en torno de la conveniencia de invitar al líder de facto de la alianza con minúscula a integrarse a la Alianza formal que, como sabemos, se cree mucho más «progresista» que el gobierno del cual, mal que bien, constituye la base de sustentación. Demás está decir que los motivos del interés por el asunto y de las polémicas que están celebrándose entre bambalinas son electoralistas. Algunos radicales y frepasistas creen que les beneficiaría si el superministro y sus partidarios se sumaran a las listas aliancistas, pero otros preferirían conservar cierta distancia, no por razones ideológicas sino porque no quieren premiar con cargos a los cavallistas por sus eventuales éxitos. En otras palabras, calculan que si obran con astucia podrían monopolizar las buenas ondas que generaría la eventual recuperación preelectoral de la economía, privando a los cavallistas de la parte del botín que de otro modo podrían conseguir.
Puesto que radicales y frepasistas ya sienten que las listas que están preparando frente a las elecciones de octubre les quedarán chicas, es natural que los haya deprimido la posibilidad de que a causa de la llegada de Cavallo a la cima del poder tengan que desplazar a sus propios correligionarios a fin de dejar un lugar respetable para los miembros de un tercer partido. Por su parte, los cavallistas están pesando las ventajas hipotéticas de acercarse aún más a facciones en su opinión menos antipáticas de la oposición peronista, actitud que les ha merecido la aprobación de caciques ambiciosos como el bonaerense Eduardo Duhalde y, si bien de forma más ambigua, su comprovinciano el gobernador Carlos Ruckauf. De prosperar estos contactos, el resultado sería una situación en que cualquier mejora atribuible a la gestión de Cavallo -es decir, al gobierno aliancista- produciría beneficios electorales para el peronismo, movimiento cuya contribución a la hazaña habría sido negativa, en su condición de socio del responsable del cambio de expectativas y, se espera, de realidades.
Sabemos que los tiempos de la política son distintos de los que suelen regir en el mundo cotidiano, pero sería positivo que los jefes partidarios no demoraran demasiado el realineamiento que ha hecho necesaria la incorporación de Cavallo al gobierno nacional. Por cierto, sería lamentable que lo postergaran hasta después de las próximas elecciones. Les guste o no a los «dirigentes», el mapa legislativo y administrativo del país debería guardar cierta relación con el equilibrio de poder real, lo cual significa que convendría que después de las próximas elecciones el partido de Cavallo ocupara un lugar en el oficialismo que de cierto modo correspondiera a la importancia de su papel en el gobierno del presidente De la Rúa. Hasta ahora, nadie ha propuesto que los radicales y frepasistas les permitan apropiarse de la mitad o más de los cargos disponibles, pero no les sería fácil negarles el derecho a una proporción sustancial.
La otra alternativa, la de que el cavallismo se vincule con sectores determinados del PJ, podría tener su atractivo desde el punto de vista tanto de los deseosos de apurar la evolución del movimiento peronista como de operadores obsesionados por los votos y por los cargos, pero serviría para hacer todavía más enredada una situación que ya es tan absurdamente complicada, que virtualmente todos, sin excluir a los propios protagonistas, se ven en dificultades a la hora de entender exactamente lo que está sucediendo. Aunque la ciudadanía se ha acostumbrado a la falta de diferencias auténticas entre los movimientos políticos principales, casi todos los cuales son resueltamente pluralistas, no puede sino esperar a que se restaure el mínimo de orden sin el cual «la política» continuará siendo una actividad autónoma desvinculada por completo de la administración del país.