Ruleta rusa norcoreana
De tomarse en serio las declaraciones más recientes de los portavoces del régimen norcoreano, el mundo estaría en vísperas de una guerra nuclear. Enfurecido por la aprobación por el Consejo de Seguridad de la ONU de un paquete –que cuenta con el aval de China, su único aliado significante– de sanciones insólitamente duras destinadas a obligarlo a abandonar su proyecto nuclear, Pyongyang no sólo anunció la derogación inmediata de todos los acuerdos de no agresión alcanzados con Seúl y una nueva ruptura, la sexta, de “la línea de comunicación directa” entre las dos mitades de la península dividida, sino que también se afirmó dispuesto a llevar a cabo un ataque nuclear “preventivo” contra Corea del Sur, transformándola en un “mar de fuego”, y Estados Unidos. Aunque Corea de Norte dice haber desarrollado misiles capaces de llevar bombas nucleares a territorio norteamericano, los expertos militares occidentales no creen que estén en condiciones de hacerlo. Como ya es habitual, en público tanto los surcoreanos como los norteamericanos reaccionaron con tranquilidad frente a las amenazas proferidas por la feroz dictadura dinástica comunista que, a pesar de la pobreza extrema de su población y hambrunas frecuentes que la hacen depender para alimentarse de la ayuda humanitaria foránea, posee un pequeño arsenal atómico, pero no pueden sino sentirse preocupados. Dan por descontado que los norcoreanos entienden muy bien que, si atacaran a Estados Unidos, el resultado más probable sería el aniquilamiento de su propio país, pero también saben que en tal caso zonas amplias de la próspera Corea del Sur, empezando con la capital, Seúl, podrían ser devastadas y que, de todos modos, el costo humano de un conflicto sería sumamente alto. Los analistas norteamericanos y surcoreanos atribuyen la agresividad histérica del régimen norcoreano a la voluntad del joven dictador, Kim Jong-un, de impresionar a los militares asumiendo una postura aún más belicosa que la de su igualmente excéntrico padre, Kim Jong-il, que murió a mediados de diciembre del 2011, y que en verdad no pensaría en correr demasiados riesgos mortales. Sin embargo, a juicio de un personaje acostumbrado a suponerse todopoderoso como Kim, de apenas 30 años, la negativa de sus enemigos a prestar la debida atención a sus advertencias podría parecer insoportablemente provocativa, con el resultado de que se sentiría obligado a ir más lejos, ordenando ataques “quirúrgicos” contra Corea del Sur o contra naves de la flota norteamericana para que sus enemigos le manifiesten más respeto. Puesto que, a diferencia de sus contrincantes, Kim y los militares que lo rodean no tienen que tomar en cuenta el bienestar o la seguridad de sus compatriotas, a quienes sacrificarían sin parpadear, es por lo menos factible que se imaginen capaces de derrotar a una superpotencia cuyo gobierno se ha mostrado reacio a pagar los “costos políticos” que le supondría la pérdida de un puñado de soldados en lugares como Afganistán. Asimismo, también es factible que, conscientes del fracaso absoluto de la revolución estalinista con la que se sienten identificados, los líderes del régimen norcoreano hayan pensado en el suicido colectivo. Puede comprenderse el desconcierto, atenuado por cierto grado de incredulidad, que se ha apoderado de los dirigentes políticos y los mandos militares de Estados Unidos y Corea del Sur. Saben que la lógica “normal” no rige en un país gobernado, con crueldad inenarrable, por sujetos que subordinan absolutamente todo a la defensa de una ideología mesiánica en que se combinan el marxismo, el nacionalismo y el racismo. Por lo demás, tienen que procurar estimar la influencia de la psicología muy particular de un joven que, según las pautas de otras latitudes, es patológicamente desequilibrado, con características que serían más apropiadas para un capo mafioso o el líder de una pandilla de adolescentes que para un jefe de Estado. Quisieran creer que sería inconcebible que Kim Jong-un tratara de concretar sus amenazas sanguinarias, pero temen que, desde el punto de vista del aprendiz de dictador, una alternativa más pacífica parecería aún peor que los riesgos terribles que le supondría ordenar acciones militares cada vez más brutales que podrían culminar con un intercambio nuclear de consecuencias apenas concebibles.
De tomarse en serio las declaraciones más recientes de los portavoces del régimen norcoreano, el mundo estaría en vísperas de una guerra nuclear. Enfurecido por la aprobación por el Consejo de Seguridad de la ONU de un paquete –que cuenta con el aval de China, su único aliado significante– de sanciones insólitamente duras destinadas a obligarlo a abandonar su proyecto nuclear, Pyongyang no sólo anunció la derogación inmediata de todos los acuerdos de no agresión alcanzados con Seúl y una nueva ruptura, la sexta, de “la línea de comunicación directa” entre las dos mitades de la península dividida, sino que también se afirmó dispuesto a llevar a cabo un ataque nuclear “preventivo” contra Corea del Sur, transformándola en un “mar de fuego”, y Estados Unidos. Aunque Corea de Norte dice haber desarrollado misiles capaces de llevar bombas nucleares a territorio norteamericano, los expertos militares occidentales no creen que estén en condiciones de hacerlo. Como ya es habitual, en público tanto los surcoreanos como los norteamericanos reaccionaron con tranquilidad frente a las amenazas proferidas por la feroz dictadura dinástica comunista que, a pesar de la pobreza extrema de su población y hambrunas frecuentes que la hacen depender para alimentarse de la ayuda humanitaria foránea, posee un pequeño arsenal atómico, pero no pueden sino sentirse preocupados. Dan por descontado que los norcoreanos entienden muy bien que, si atacaran a Estados Unidos, el resultado más probable sería el aniquilamiento de su propio país, pero también saben que en tal caso zonas amplias de la próspera Corea del Sur, empezando con la capital, Seúl, podrían ser devastadas y que, de todos modos, el costo humano de un conflicto sería sumamente alto. Los analistas norteamericanos y surcoreanos atribuyen la agresividad histérica del régimen norcoreano a la voluntad del joven dictador, Kim Jong-un, de impresionar a los militares asumiendo una postura aún más belicosa que la de su igualmente excéntrico padre, Kim Jong-il, que murió a mediados de diciembre del 2011, y que en verdad no pensaría en correr demasiados riesgos mortales. Sin embargo, a juicio de un personaje acostumbrado a suponerse todopoderoso como Kim, de apenas 30 años, la negativa de sus enemigos a prestar la debida atención a sus advertencias podría parecer insoportablemente provocativa, con el resultado de que se sentiría obligado a ir más lejos, ordenando ataques “quirúrgicos” contra Corea del Sur o contra naves de la flota norteamericana para que sus enemigos le manifiesten más respeto. Puesto que, a diferencia de sus contrincantes, Kim y los militares que lo rodean no tienen que tomar en cuenta el bienestar o la seguridad de sus compatriotas, a quienes sacrificarían sin parpadear, es por lo menos factible que se imaginen capaces de derrotar a una superpotencia cuyo gobierno se ha mostrado reacio a pagar los “costos políticos” que le supondría la pérdida de un puñado de soldados en lugares como Afganistán. Asimismo, también es factible que, conscientes del fracaso absoluto de la revolución estalinista con la que se sienten identificados, los líderes del régimen norcoreano hayan pensado en el suicido colectivo. Puede comprenderse el desconcierto, atenuado por cierto grado de incredulidad, que se ha apoderado de los dirigentes políticos y los mandos militares de Estados Unidos y Corea del Sur. Saben que la lógica “normal” no rige en un país gobernado, con crueldad inenarrable, por sujetos que subordinan absolutamente todo a la defensa de una ideología mesiánica en que se combinan el marxismo, el nacionalismo y el racismo. Por lo demás, tienen que procurar estimar la influencia de la psicología muy particular de un joven que, según las pautas de otras latitudes, es patológicamente desequilibrado, con características que serían más apropiadas para un capo mafioso o el líder de una pandilla de adolescentes que para un jefe de Estado. Quisieran creer que sería inconcebible que Kim Jong-un tratara de concretar sus amenazas sanguinarias, pero temen que, desde el punto de vista del aprendiz de dictador, una alternativa más pacífica parecería aún peor que los riesgos terribles que le supondría ordenar acciones militares cada vez más brutales que podrían culminar con un intercambio nuclear de consecuencias apenas concebibles.
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