Ruptura en Túnez
Como siempre sucede cuando un país árabe se ve convulsionado, los líderes de otros de la misma cultura temen al “efecto contagio” de la revuelta popular que culminó con la huida del dictador tunecino Zine el Abidine Ben Alí. Tal reacción puede entenderse: como sucede en América Latina, los movimientos políticos de dicho tipo no suelen respetar las fronteras nacionales. Y en efecto, desde Marruecos hasta Jordania, la caída de Ben Alí fue seguida por protestas callejeras al parecer espontáneas protagonizadas por quienes quisieran ver algo similar en sus propios países. En África del Norte y el Medio Oriente todos los regímenes son dictaduras o, a lo mejor, monarquías que permiten cierto grado limitado de actividad política y todos los países se enfrentan con problemas muy similares. Aunque la tasa de natalidad en los países mayormente árabes ha bajado mucho últimamente, una proporción muy elevada de la población tiene menos de 30 años, escasean los empleos formales, la corrupción y el nepotismo son endémicos y el costo de vida no deja de subir. Se trata, pues, de una región que está permanentemente al borde de un estallido social de consecuencias imprevisibles. Según las pautas imperantes en otras partes del mundo árabe, el régimen de Ben Alí no fue llamativamente brutal, lo que le permitió tener buenas relaciones con gobernantes occidentales como el presidente francés Nicolas Sarkozy que lo consideraban un aliado valioso en la lucha contra el fanatismo islamista. Así y todo, para sorpresa de muchos Francia se negó a darle asilo, razón por la que terminó refugiándose en Arabia Saudita. Huelga decir que la decisión de Sarkozy de abandonar a su suerte a su “amigo” sirvió para enviar un mensaje muy claro a los demás dictadores árabes; por solidarios que les parezcan los líderes occidentales mientras aún cuentan con poder, de encontrarse en dificultades serán tratados con el mismo desprecio frío que manifestó Estados Unidos ante el sha de Irán luego de la revolución islámica. ¿Ayudaría tal actitud a impulsar reformas democráticas en el “Gran Medio Oriente”? Lo más probable es que, de resultas de la eliminación de la posibilidad de disfrutar de un exilio cómodo en Europa o Estados Unidos, los dictadores y sus cómplices se hagan aún más represivos de lo que ya son. En comparación con sus vecinos de África del Norte, Túnez es un país relativamente desarrollado. Puesto que no cuenta con reservas importantes de petróleo, ha tenido que depender del turismo, de la agricultura, de una industria no muy competitiva y del comercio. Además, el régimen de Ben Alí hizo un esfuerzo educativo significante, lo que ha contribuido al malestar puesto que en la actualidad hay por lo menos 80.000 jóvenes que han conseguido diplomas universitarios pero no han podido encontrar empleos estables a la altura de sus expectativas: la revuelta que hizo caer al régimen cobró fuerza cuando un diplomado universitario que se había resignado a vender verduras se quemó vivo al privarlo la policía de su única fuente de ingresos so pretexto de que no tenía la autorización correspondiente. Hasta hace poco, la emigración a Europa servía de válvula de escape para las presiones sociales resultantes de esta situación que, por cierto, no se limita a los países musulmanes, pero una consecuencia de la irrupción del islamismo ha sido el fortalecimiento lógico de la oposición de los europeos a la inmigración procedente de África del Norte y el Medio Oriente. ¿Podrán los tunecinos, un pueblo mediterráneo conformado principalmente por árabes y bereberes que, al igual que los libaneses, se han mantenido más abiertos al resto del mundo que la mayoría de sus correligionarios, construir una democracia sobre las ruinas de la dictadura de Ben Alí? Por desgracia, es difícil ser optimista. Aun cuando los partidos políticos que sí existen se comprometieran con un orden institucional democrático, sorprendería que lograran solucionar, o por lo menos atenuar, los problemas planteados por el desempleo masivo, sobre todo entre los jóvenes, el aumento reciente de los precios de los alimentos, además por supuesto de la corrupción, el nepotismo y el clientelismo. Aunque en muchos sentidos Túnez es un país más avanzado que sus vecinos que se ven frente a problemas parecidos, sus perspectivas distan de ser promisorias.