Pelaban duraznos a mano en la Patagonia y hoy transformaron ese trabajo en una chacra que produce, envasa y vende

Desde fines de los años 80, una familia apostó al valor agregado a la producción primaria. Hoy, entre recetas, creatividad y tradición, sostienen "Zopilote", una marca artesanal que busca consolidarse sin perder su identidad.

Por Auribel Zuarce

En el mapa productivo del Valle Inferior del río Negro, hay historias que nacen de la tierra pero se sostienen en el tiempo con trabajo y adaptación. En una chacra de 20 hectáreas, una familia produce duraznos, pelones y nueces, y a fines de los años 80 comenzó a desarrollar el emprendimiento Zopilote como una forma de agregar valor a su producción frutícola.

Desde entonces, el proyecto incorporó la elaboración de conservas, dulces, jugos y frutos secos, en una iniciativa que nació para aprovechar la fruta en épocas sin cosecha y que con el tiempo fue sumando nuevos productos y mercados.

«Zopilote nace a fines de los 80 con el objetivo de darle valor agregado a lo que se producía, sobre todo durazno», contó Andrés Leiza, hoy al frente del proyecto junto a su esposa Josefina. En aquellos primeros años, la lógica era clara, evitar depender exclusivamente de la venta en fresco y generar alternativas para los meses sin cosecha.

La idea inicial fue probar distintas formas de industrialización casera. «Se hicieron duraznos en almíbar, dulces y distintas variantes, pero finalmente quedó el durazno en almíbar en mitades como producto principal», recordó.

Productos artesanales que nacen en la chacra y llegan a comercios de la región. Foto: Marcelo Ochoa.
Productos artesanales que nacen en la chacra y llegan a comercios de la región. Foto: Marcelo Ochoa.

Una historia que empezó de cero


Detrás de Zopilote hay una historia de migración interna y esfuerzo. Sus padres, Carlos y Olga, llegaron desde Villa Regina en la década del 70, y accedieron a una chacra pagándola en cuotas.

La cosecha de fruta marca el ritmo del trabajo en la chacra del Valle Inferior. Foto: Marcelo Ochoa.
La cosecha de fruta marca el ritmo del trabajo en la chacra del Valle Inferior. Foto: Marcelo Ochoa.

Se instalaron en una chacra de 20 hectáreas, superficie que se mantiene estable desde los inicios del proyecto y comenzaron prácticamente desde cero con producción primaria. Con el paso del tiempo, y ya cerca de los años 90, comenzaron a apostar por el agregado de valor. Olga, aún hoy activa en la elaboración, fue una de las impulsoras. «Siempre con las antenas paradas, viendo qué se podía hacer», contó Andrés.


Producción artesanal y espíritu innovador


Los comienzos no fueron fáciles y estuvieron marcados por el trabajo manual. «Pelábamos los duraznos a mano, con pelapapas, toda la familia. Incluso venía mi abuela y nos poníamos todos a trabajar», recordó. La primera máquina para pelar duraznos fue desarrollada por Gustavo, uno de los hijos de la familia, cuando aún era estudiante de ingeniería.

Olga y Andrés, entre la chacra y la elaboración, sostienen un proyecto con más de 30 años de historia. Foto: Marcelo Ochoa.
Josefina y Andrés, entre la chacra y la elaboración, sostienen un proyecto con más de 30 años de historia. Foto: Marcelo Ochoa.

Ese rasgo se mantiene hasta hoy. Tanto Andrés como Josefina son diseñadores gráficos y trasladan esa mirada a cada producto, combinando tradición con innovación.


Qué produce hoy Zopilote


Actualmente, la marca sostiene una línea tradicional que incluye duraznos en almíbar, pickles, morrones y ajíes en conserva, todos elaborados de manera artesanal y en pequeñas cantidades.

Los frascos reflejan el trabajo de toda una vida ligada a la producción. Foto: Marcelo Ochoa.
Los frascos reflejan el trabajo de toda una vida ligada a la producción. Foto: Marcelo Ochoa.

A esa base se suman nuevas propuestas que buscan ampliar el horizonte productivo, como las nueces tostadas saladas, las garrapiñadas, jugos de fruta y licores artesanales, entre ellos uno de nuez y un aperitivo llamado «Tonino», elaborado con vino de la zona.

En total, la producción anual ronda los 2.500 frascos en sus líneas principales, lo que da cuenta de una escala acotada, pero sostenida.


El desafío del mercado: crecer sin perder identidad


Desde sus inicios, el proyecto tuvo una mirada puesta en el mercado. Con el tiempo, lograron ingresar a distintas cadenas de supermercados y consolidar presencia en comercios más específicos.

«Siempre fue importante saber a quién venderle. No se trata de estar en todos lados, sino en los lugares que tienen sentido para nosotros», explicó Andrés.

Sin embargo, el crecimiento también plantea desafíos. Aumentar la escala implicaría inversiones importantes en infraestructura y personal, algo que hoy no forma parte de la estrategia.

«Envasados es un negocio muy justo. Crecer implicaría cambiar completamente la estructura«, sostuvo.


De los frascos a los frutos secos


En los últimos años, la familia comenzó a enfocarse con mayor decisión en los frutos secos. Actualmente cuentan con ocho hectáreas de nogales y avanzan en la incorporación de almendros, con la intención de ampliar esa superficie en el corto plazo.

La nuez aparece como un producto con mayor proyección, especialmente por su capacidad de almacenamiento y su versatilidad para el agregado de valor. En ese camino surgió uno de los desarrollos más innovadores: la garrapiñada de nuez y la nuez tostada salada, que parte de un proceso previo de activación mediante hidratación.

La nuez aparece como una de las apuestas para diversificar la producción en la chacra. Foto: Marcelo Ochoa.
La nuez aparece como una de las apuestas para diversificar la producción. Foto: Marcelo Ochoa.

La chacra mantiene una producción diversificada que incluye duraznos, pelones y frutos secos. A esto se suma la compra de hortalizas a productores de la zona, como ajíes, morrones y pepinos, que luego se utilizan para las conservas.

También cuentan con una pequeña plantación de lúpulo, pensada inicialmente para abastecer a cerveceros locales y que actualmente se encuentra en proceso de reorganización.


Un nombre con historia


El nombre Zopilote tiene un origen familiar. Era uno de los apodos que Carlos, el padre de Andrés, solía poner.

«Le ponía apodos a todo el mundo, y también a nosotros. Zopilote quedó y cuando hubo que ponerle nombre a la marca, lo usamos», relató. Así nació «Zopilote de la Patagonia«.

«El contexto actual no es sencillo y las heladas recientes afectaron la producción», contó Andrés, lo que obliga a proyectar con cautela. Sin embargo, el horizonte está claro: «Consolidar la línea de frutos secos, avanzar con la producción de almendras y sostener la presencia en el mercado».

Cada temporada combina cosecha, selección y elaboración en una misma chacra. Foto: Marcelo Ochoa.
Cada temporada combina cosecha, selección y elaboración en una misma chacra. Foto: Marcelo Ochoa.

«Siempre buscamos evolucionar, pero sin perder la esencia«, resumió Andrés.

En un escenario donde muchas veces la escala define el éxito, Zopilote apuesta a otro modelo, basado en la calidad, la identidad y la continuidad de una historia familiar que sigue encontrando nuevas formas de crecer.


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En el mapa productivo del Valle Inferior del río Negro, hay historias que nacen de la tierra pero se sostienen en el tiempo con trabajo y adaptación. En una chacra de 20 hectáreas, una familia produce duraznos, pelones y nueces, y a fines de los años 80 comenzó a desarrollar el emprendimiento Zopilote como una forma de agregar valor a su producción frutícola.

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