Tiene 99 años, no ve desde los 80, pero sigue en la fruticultura en la Patagonia con una labor que conmueve

Si hay algo que atraviesa a las distintas generaciones de la familia Diez es el trabajo en chacras de Río Negro, y Julio es el nexo entre el pasado y el futuro. Desde General Roca, la misma ciudad que lo vio nacer hace casi un siglo, muestra con el ejemplo el secreto de su progreso y de su notable vitalidad mental.

A los 99 años y ciego desde sus 80, Julio Diez camina los pocos metros que separan su casa del galpón donde la familia prepara la fruta que produce. Lo hace solo, como hizo casi todo en su vida. Allí, en silencio (o con un tango de fondo), toma las peras y manzanas de un cajón, las limpia con un trapo y las pasa a otro. Las lustra una por una. No ve desde hace casi dos décadas, pero igual lo hace. “Me canso de estar sentado acá, me siento mejor trabajando”, dice.

Su historia no es solo la de un hombre que se niega a quedarse quieto. Es la síntesis de una cultura: la del trabajo en la fruticultura del Alto Valle. Una forma de vida que heredó de su padre, que transmitió a su hijo y que hoy continúa en sus nietos. Julio es, en sí mismo, un puente entre generaciones. Y también una prueba viva de que, para algunos, trabajar nunca fue una obligación, sino una manera de estar en el mundo.

De monte a chacra en Río Negro: los primeros años de la familia Diez en Roca


Yo nací en Stefenelli, General Roca. Soy de Roca”, afirma Julio. Y no es una frase menor: su identidad está atada a esa tierra desde 1926. Su padre, Narciso, había llegado desde León, España, en 1912. Como tantos inmigrantes, empezó como peón rural. Con esfuerzo, hacia 1920 logró comprar una chacra de dos hectáreas y media, cuando el Estado loteaba tierras a bajo costo para poblar la región.

Pero comprar la tierra era apenas el comienzo. “Solo le vendieron el terreno, no la chacra armada. Había que desmontar todo, emparejar la tierra, alambrar, hacer las acequias. No había nada, era todo campo abierto”, recuerda. Narciso no solo trabajó su propia tierra: también fue uno de los obreros que participaron en la construcción del Canal Grande, la obra medular del sistema de riego que permitió luego transformar ese territorio árido en una de las principales economías regionales de Argentina.

Julio Diez, años atrás, durante una cosecha de peras en su chacra en el Alto Valle junto a su familia. Foto: gentileza.

Cuando Julio nació, la chacra ya tenía viñas. En esos años, la fruticultura todavía no era el motor de la región. La familia producía uva, hacía vino casero y también sostenía una huerta. Su madre recorría General Roca vendiendo verduras en sulky, de casa en casa o a las pocas verdulerías que existían. A veces, Julio la acompañaba.

La infancia de Julio tuvo poco de juego. “Yo fui al colegio San Miguel. Cuando volvíamos de la escuela, tomábamos el té y a trabajar. Yo trabajé desde chiquito. Antes el chico no tenía tiempo de jugar, los domingos con suerte”. Ese “suerte” era literal: el único momento libre era el domingo por la tarde. A la mañana, también había tareas. Recién después podía ir a una canchita improvisada a jugar al fútbol con otros chicos de la zona.

"Cuando volvíamos de la escuela, tomábamos el té y a trabajar. Yo trabajé desde chiquito. Antes el chico no tenía tiempo de jugar, los domingos con suerte."

Julio Diez, productor frutícola.

“Era una vida sacrificada, pero era normal para esa época”, resume. En esa normalidad se formó su carácter y su estilo de vida, que lo mantiene activo hoy a sus casi 100 años.

De la viña a la fruticultura en la Patagonia: el salto productivo


La primera chacra pronto quedó chica para una familia que crecía. Cuando Julio tenía 14 años, su hermano mayor terminó de cursar sus estudios en una escuela de oficios. No había universidad en la zona y seguir formándose implicaba irse a Buenos Aires. Simultáneamente, Julio dejó estudiar. La decisión familiar fue otra: buscar una explotación más grande.

Durante varios años trabajaron en chacras de terceros, primero en Fernández Oro y luego en Cipolletti. “Nos daban un porcentaje, no eran chacras nuestras. Se nos pagaba nueve centavos el kilo de uva, pero rendía en aquel tiempo”, cuenta. La familia era autosuficiente: criaban animales, producían alimentos y gastaban poco.

El salto llegó en 1946, cuando compraron una chacra de 20 hectáreas en General Roca. “No tenía plantado nada, ahí solo hubo ovejas. Papá, mi hermano y yo trabajamos para emparejar la chacra y ponerla a producir”. Otra vez, empezar de cero y con esfuerzo propio.

Julio Diez es un productor frutícola de Río Negro, que se niega a dejar de trabajar la fruta: hoy lustra peras y manzanas, una por una, en un galpón contiguo a su vivienda. Foto: Florencia Salto.

Allí volvieron a apostar por la viña. Era un buen negocio: la uva y el vino casero tenían demanda y quien tenía una pequeña bodega podía progresar. Pero ese escenario empezó a cambiar hacia 1950. El precio de la uva cayó, mientras la fruticultura ya era protagonista del Alto Valle.

“Tuvimos que hacer la conversión porque la viña no pagaba los gastos”, explica. Primero plantaron algunas peras detrás de la casa. Luego manzanas. Durante un tiempo convivieron ambos sistemas, hasta que la viña desapareció por completo. Las heladas tardías y la caída de la rentabilidad terminaron de sellar el cambio.

La chacra acompañó, así, la transformación productiva que ya había iniciado en toda la región.

Trabajo en la chacra: el ejemplo que aprendió y predica Julio Diez


Si hay un hilo que atraviesa toda la historia de Julio Diez, es el trabajo. No como consigna, sino como práctica cotidiana, incluso en las circunstancias más adversas.

Su padre sufrió un ACV y quedó hemipléjico. Aun así, siguió trabajando. “Con la mano que no tenía paralizada, podaba las viñas. Salía con el bastón, se negaba a no trabajar”, recuerda. La escena es elocuente: un hombre con medio cuerpo paralizado, sosteniendo la rutina productiva.

Julio Diez junto a su hijo, Daniel, quien sigue sus pasos en la fruticultura en la Patagonia. Foto: Florencia Salto.

Julio no fue distinto. De chico, en vacaciones, trabajó en una chacra donde operaban una trilladora a vapor. Se levantaba a las tres de la mañana para prender la caldera y mantener la presión durante toda la jornada. “A mí ese trabajo me parecía liviano”, dice. La aclaración revela una vara distinta: no era liviano, simplemente no era el más duro que le tocó.

Décadas después, la vida le presentó su propia limitación: perdió la vista por glaucoma cerca de los 80 años. Pero tampoco eso lo detuvo. Durante un tiempo incluso manejó un tractor guiado por las indicaciones de su hijo. Hoy ya no lo hace, pero encontró otra forma de seguir siendo parte.

“Yo perdí la vista a los ochenta años, y hasta entonces trabajaba siempre en todo. Bueno, y sigo trabajando. Lustrando las frutas, porque otra cosa no puedo hacer”. En el galpón, limpia cada fruta como si pudiera verla. “Tiene tierra a veces… entonces se me hace opaca, como si no estuviera limpia”.

No ve, pero siente. “Me gusta sentir los olores de la chacra. Sobre todo cuando hay flores”. Y también sostiene una convicción simple: “Si pudiera ver, estaría trabajando”.

Frutos de Diez tiene futuro: en la chacra familiar ya trabajan nietos de Julio. Foto: Florencia Salto.

Ese mismo espíritu es el que hoy continúa en su familia. Su hijo Daniel y sus nietos, Matías y Julio, llevan adelante la chacra “Frutos de Diez”. En unas 3,8 hectáreas productivas cultivan peras, manzanas y duraznos para el mercado local. Hacen todo: poda, raleo, cosecha. “En la chacra nunca falta trabajo”, dice Julio. Y en esa frase se condensa todo.

Porque más allá de los cambios productivos, las crisis o las pérdidas, hay algo que no se modificó en casi un siglo: la cultura del trabajo. Julio la heredó de su padre, la sostuvo toda su vida y hoy la ve (o la intuye) en quienes siguen.

A los 99 años, ciego, con un bastón improvisado y un trapo en la mano, sigue caminando hacia el galpón. No por obligación. Por costumbre. Por necesidad. O, como él mismo dice, por placer.


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