Sarmiento, el “mochilero melancólico”
En “American Sarmiento”, el periodista y escritor Hernán Iglesias Illa emula el viaje que, hace más de 150 años, el expresidente realizó por la Norteamérica profunda, algo que resultó vital para la formación de sus ideas. De ese recorrido trata este libro imperdible, que fusiona historia, ensayo, lenguaje de blog y cruce de ideas.
Pablo Perantuono
Hace diez años, un tanto cansado del panorama poco alentador del periodismo local y, al mismo tiempo, motivado por la siempre excitante idea vital de irse a un lugar en el que nadie lo conociera y en el que las reglas de juego fueran, si bien parecidas, nuevas para él, Hernán Iglesias Illa (Buenos Aires, 1973) se casó con Irina, una diseñadora rusa, se instaló en Nueva York, abrió un blog y se entregó a la aventura de escribir desde la capital del mundo.
Fue un salto al vacío, uno más de una carrera que ya incluía un paso por la redacción del diario “El País” de Madrid –tras cursar la Maestría de periodismo– y un par de novelas con destino de leña.
Ese renacimiento tuvo, al poco tiempo, el primer triunfo: en 2006 ganó un premio de la Fundación Nuevo Periodismo de García Márquez que consistía en un adelanto para escribir un libro de crónicas. “No tengo más excusas”, escribió aquel día en su blog. El mundo le estaba alcanzando una liana demasiada cómoda como para no montarse a ella.
De meses de trabajo y escritura, motorizado por su talento pero también por la necesidad de demostrarle a ese jurado de notables (Juan Villoro, Jon Lee Anderson, Martín Caparrós) que no se había equivocado al aceptar su propuesta, publicó su primera obra: “Golden Boys”, un adecuado retrato de los argentinos que, mientras el país sucumbía ante la mayor crisis de su historia en 2001, se llenaban sus bolsillos como traders y brokers en la Gran Manzana.
Siempre tentado con la idea de volver, sus trabajos posteriores tuvieron también una impronta, sino argentina, al menos latinoamericana. “Miami”, su siguiente obra, fue un libro necesario que no hizo más que capturar y explicar una imagen que ya estaba instalada en todos nosotros: la idea de que en los tobillos de Estados Unidos se había erigido la capital de Latinoamérica, una porción de tierra abrazada por el calor, el mar y una muchedumbre de exiliados económicos de habla hispana atravesados por la ambición y el deseo de mejora.
A diferencia de “Golden Boys”, en “Miami” la escritura de Iglesias Illa se fue atreviendo a explorar otras miradas, otros terrenos. No estuvo regida solamente por la información o las historias de vida sino que se atrevió a la reflexión, el cruce de ideas y el agudo repaso de las motivaciones y las voluntades humanas.
“American Sarmiento” es su último libro y es el más particular de todos. Iglesias Illa se adentra en el territorio americano para emular el viaje iluminador que tuviera Domingo Faustino Sarmiento hace un siglo y medio.
Aquel periplo resultó revelador no sólo para él sino para el país: Sarmiento abandonó la idea de que Europa era el norte de la civilización y se dio cuenta que era en el país de Abraham Lincoln donde se estaba construyendo el futuro.
La mimetización de Iglesias Illa fue casi total: se dejó crecer la barba para igualar aquella estampa sarmientina, se subió al auto y “recorrió los pueblos de Nueva Inglaterra, los lagos de Ontario y las montañas de Pennsylvania buscando la huella” de quien sería, años más tarde, presidente de la Argentina.
De esa experiencia –otra aventura que, como tal, no completaba todos los casilleros de la lógica– resultó un libro asombroso, sin desperdicio, excelentemente escrito que, al contrario de lo que se pueda pensar, poco tiene de solemne –y menos de aburrido– sino que nos sirve para comparar mentalidades, personas, estados de ánimo y oportunidades con 150 años de diferencia.
Cronista brillante (sus textos pueden leerse en la revista “Orsai”, “Etiqueta Negra” o el suplemento Sábado de “La Nación”), hincha de River, cálido, twitero impenitente y buen conversador, Iglesias Illa, de visita por Buenos Aires y unas horas antes de regresar a Brooklyn, charló con “Río Negro” sobre su nuevo libro.
–El libro pareciera, sino inaugurar, al menos ser pionero en un subgénero que mezcla el devaneo personal, el ensayo, la narrativa de blog y cierta ambición por comparar destinos. ¿Así lo planteaste de movida? O fue, como parece o al menos dice el narrador, ¿escribiéndose a sí mismo?
–Un poco de las dos cosas. Me interesaba la mezcla de géneros al principio, pero no lo tenía tan claro a nivel consciente. A medida que fui escribiendo y fui conociendo mejor la escritura de Sarmiento, todo eso que empezó de manera un poco intuitiva fue tomando mejor forma y se transformó en algo hecho más “a propósito”, por decirlo de alguna manera. Pero sí quise desde el principio ponerme menos reglas para escribir y confiar más en lo que fuera saliendo. Dejarme fluir, con menos estrategia.
–Alguna vez hablamos que en la Argentina no había tradición ensayística, o si la había, era de corte académica o de gueto. ¿Te parece que American Sarmiento intenta saldar, al menos un poquito, esa deuda?
–Sólo un poquito, pero sí. Me pareció que había un lugar entre el ensayo académico, la autobiografía y los relatos de viajes como para intentar algo que fuera las tres cosas al mismo tiempo.
–Por momentos el libro tiene el tono confesional, espontáneo y ágil del lenguaje del blog. Ahí es donde, tal vez, hace parte de su diferencia, en donde se aleja de un libro solemne para convertirse en un libro con una clara marca de autor. ¿Lo ves así?
–Hace mucho que no escribo en mi blog, pero probablemente es así. Yo soy de la generación de los blogs y creo que para muchos de nosotros fue una gimnasia y ahora es una marca generacional. Es difícil saber cuánto del formato blog influyó en mí y cuánto de mí influyó en mi blog, pero sin duda contribuyó a hacerme sentir cómodo en una primera persona que conversa con el lector y que desde la perspectiva personal se manda a tratar de explicar cosas más grandes sobre el mundo.
–En tus diálogos con Sarmiento se mezclan también tus diálogos con la historia argentina, reciente y lejana. Ver el avance del mundo con los ojos de Sarmiento es verlos a través de los ojos de alguien que hace de la exaltación de sus pasiones uno de sus fuertes, un tipo que no vacila incluso en caer en algunos reduccionismos para afianzar sus ideas. Esa interpelación está hecha en el libro. ¿Ése es uno de los aspectos que más te sorprendió de su personalidad? ¿Qué otros?
–Bueno, sí, ése que mencionás fue sin dudas uno de ellos. Pero lo veo como un defecto y al mismo tiempo como un rasgo conmovedor, como una muestra de que todos hacemos pequeñas trampas (algunos hacen trampas grandes) casi todo el tiempo. Lo que me sorprendió de él es cierto tono de mochilero melancólico, parecido al que tenía yo cuando fui mochilero hace 20 años, un tono de viajero impenitente, solitario, con ganas de charlar con gente pero incapaz de iniciar una conversación, inseguro de sí mismo.
–¿No te resulta como mínimo gracioso que los prejuicios que tenía Sarmiento sobre Estados Unidos (para mal) y sobre Europa (creyendo que era la modernidad) se hayan mantenido casi iguales durante tanto tiempo para cierta clase media y acomodada argentina?
–Como mínimo gracioso y como máximo un poco triste. Es deprimente ver que algunos de los temas con los que se metía Sarmiento en sus Viajes siguen sin ser solucionados. Por ejemplo, cuánto podemos los argentinos aprender de las soluciones adoptadas por otros países. Para Sarmiento, mucho. Para los nacionalistas, nada. Eso sigue vigente hoy en muchas cosas, por ejemplo la inflación. Hay muchos países que aplicaron recetas parecidas entre sí para mantener una inflación baja y los argentinos decidimos en esta década experimentar con recetas propias porque creíamos que teníamos una especie de varita mágica. Y no la teníamos.
–El libro parece cerrar una trilogía tuya alrededor del vínculo, sinuoso pero fuerte, entre nuestra generación y los Estados Unidos. Traders que hicieron mucha guita (Golden Boys), buscavidas que encontraron su cachito de America Dream (Miami) y finalmente un gran prohombre que indicó que aquello era el Norte. ¿Ahora qué queda?
–No tengo ni idea. Pero tampoco tenía ni idea después de terminar los libros anteriores y las historias que se me ocurrieron después, o las que me obsesionaron después, engarzaban justo con temas parecidos a los anteriores. Lo que decís de la trilogía parece medio obvio ahora pero en su momento, cuando me iba metiendo en cada proyecto, no tenía ni idea de que eran libros parecidos. Para mí eran completamente distintos. Ahora, parecen tener cierta coherencia. Y me hace gracia. Siempre cuando leía sobre esos autores que tenían “temas” permanentes en su obra, que parecían estar siempre escribiendo el mismo libro, pensaba ‘por qué no escriben otra cosa, si creen que se están repitiendo’ y ahora me doy cuenta de que es mucho más difícil de lo que parece. En el fondo nos interesan dos o tres temas, a los que les damos vuelta una y otra vez hasta cansarnos o quedarnos sin lectores.
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(Viene de página 39)