Sartre o la venganza del crustáceo

Redacción

Por Redacción

El desprecio hacia su propio cuerpo está acompañado, como es natural, por el desprecio hacia el cuerpo en general. Cuando analiza esta realidad esencial en El Ser y la Nada no deja de apelar a ejemplos elocuentes: una pierna enferma, ojos disecados por los médicos, un cuerpo destruido por una bomba, un brazo roto, un cadáver, una gastralgia, dolores de cabeza, de estómago, de dedos, de ojos. El cuerpo sartreano es ante todo un cuerpo enfermo, mutilado, masacrado, desfigurado. No hay ningún cuerpo feliz y jubiloso, ni una carne gozosa o estremecimientos de placer, sino carne enferma, corrupta o decadente. Preocupado por los detalles, Sartre desarrolla sus conceptos de la náusea, el vómito y, para eso, apela a «la carne podrida, [a la] sangre fresca, [a los] excrementos». Asimismo, diserta sobre la úlcera del estómago, que considera «un roedor, una leve podredumbre interna; puedo concebirlo», sigue diciendo, «por analogía con los abscesos, la fiebre, el pus, el cáncer, etcétera». Las modalidades de ser-para-otro, con la mediación del cuerpo, no son ni la sonrisa, ni la mirada seductora, sino la transpiración y los olores de sudor. Las metáforas del cuerpo se basan en las telas de arañas, el rostro del otro es generador de náusea, su propia cara le permite incluso una broma sobre el «asco por [su] carne demasiado blanca».

El autodesprecio, el uso de sí mismo como una cosa, adoptan en Sartre el doble aspecto del alcohol y el tabaco, variaciones sobre el tema del horror de sí mismo. Annie Cohen-Solal hace el balance de un día de absorción sartreana: «Dos paquetes de cigarrillos -Boyard papel maíz- y muchas pipas repletas de tabaco negro; más de un litro de alcohol -vino, cerveza, bebida blanca, whisky, etcétera-; doscientos miligramos de anfetaminas; quince gramos de aspirina; varios gramos de barbitúricos, sin contar los cafés, tés y las grasas de su alimentación cotidiana».

El alcoholismo de Sartre es innegable. Sus borracheras abundan en las Memorias de Simone de Beauvoir. la más famosa es moscovita. Le costará diez días de hospitalización en la primavera de 1954. Los biógrafos complacientes la adjudican a la insistencia de los anfitriones soviéticos… Cuando al salir de una consulta médica, Sartre toma conciencia de que deberá abandonar el alcohol, exclama: «Le estoy diciendo adiós a sesenta años de mi vida».20

Entre dos tubos de Corydrane, Sartre analizó fenomenológicamente el alcoholismo. Escribió: «Es lo mismo embriagarse en forma solitaria y conducir pueblos. Si una de esas actividades se impone a la otra, no será por causa de su objetivo real, sino por el grado de la conciencia que posea de su objetivo ideal y, en ese caso, ocurrirá que el quietismo del borracho solitario se impondrá sobre la vana agitación del conductor de pueblos». La consulta médica del «73 había detectado también una anoxia, una asfixia del cerebro. El estado de las arterias y las arteriolas era lamentable. La causa era en gran medida el alcohol, y también el tabaco. En El Ser y la Nada, Sartre propone una pequeña teoría del tabaco; fumar es practicar una ceremonia, teatralizar gestos, ritualizar. Es también «una reacción apropiativa destructora. El tabaco es un símbolo del ser «apropiado», ya que se destruye al ritmo de mi aliento por una manera de «destrucción continuada», entra en mí y su cambio dentro de mí se manifiesta simbólicamente por la transformación de lo sólido consumido en humo».

Los excitantes, el alcohol, el tabaco, no le bastaban a Sartre en la panoplia de su lenta automutilación. Para mostrar el uso distanciado que Sartre hacía de su cuerpo, es interesante consignar su experiencia con la mezcalina. El motivo que alega Sartre es filosófico: quería medir sobre sí mismo los efectos que producía un alucinógeno sobre un individuo en la formación de imágenes. Se lo pidió al doctor Lagache del hospital Sainte-Anne. Bajo control médico, le dieron una inyección con una dosis que produciría entre cuatro y doce horas de efecto. Explicó los efectos en Lo imaginario. Beauvoir describe las alucinaciones tal como Sartre se las relató: «A su lado, detrás pululaban cangrejos, pulpos, cosas que le hacían muecas». La revancha de los crustáceos: Sartre se cree perseguido por langostas.

«El vientre de los filósofos»,

Michel Onfray. Perfil Libros, 1999.


El desprecio hacia su propio cuerpo está acompañado, como es natural, por el desprecio hacia el cuerpo en general. Cuando analiza esta realidad esencial en El Ser y la Nada no deja de apelar a ejemplos elocuentes: una pierna enferma, ojos disecados por los médicos, un cuerpo destruido por una bomba, un brazo roto, un cadáver, una gastralgia, dolores de cabeza, de estómago, de dedos, de ojos. El cuerpo sartreano es ante todo un cuerpo enfermo, mutilado, masacrado, desfigurado. No hay ningún cuerpo feliz y jubiloso, ni una carne gozosa o estremecimientos de placer, sino carne enferma, corrupta o decadente. Preocupado por los detalles, Sartre desarrolla sus conceptos de la náusea, el vómito y, para eso, apela a "la carne podrida, [a la] sangre fresca, [a los] excrementos". Asimismo, diserta sobre la úlcera del estómago, que considera "un roedor, una leve podredumbre interna; puedo concebirlo", sigue diciendo, "por analogía con los abscesos, la fiebre, el pus, el cáncer, etcétera". Las modalidades de ser-para-otro, con la mediación del cuerpo, no son ni la sonrisa, ni la mirada seductora, sino la transpiración y los olores de sudor. Las metáforas del cuerpo se basan en las telas de arañas, el rostro del otro es generador de náusea, su propia cara le permite incluso una broma sobre el "asco por [su] carne demasiado blanca".

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