Se nos fue el papá de "Inodoro", con el cariño de todo un país

Ayer, a los 62 años, falleció Roberto Fontanarrosa. Padecía una extraña enfermedad.

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Un hombre simple que aspiraba a hacer reír. Compartió charlas con el filósofo Savater, fue amigo de Joan Manuel Serrat y, por supuesto, un habitué de la confitería El Cairo, de Rosario. Homenajeado, querido, respetado. Así fue el genial dibujante que, como nadie, retrató el fútbol y las mesas de café.

VERONICA BONACCHI

vbonacchi@rionegro.com.ar

Dos tristes ironías. El hombre que se transformó en el íntimo amigo de muchos a fuerza de retratar a sus hombres de bar, hablando sobre todo de las pasiones del fútbol y de las mujeres como sólo viejos conocidos pueden hacerlo, murió un día antes del 20 de julio, rodeado no sólo de sus afectos sino del mayor de los reconocimientos. Y la otra: el hombre que no tenía aspiración de trascendencia, que apenas soñaba con hacer reír a la gente, ahora nos hace llorar.

Ayer a las 15, el genial dibujante murió en su Rosario natal, víctima de esclerosis lateral amiotrófica, una afección neurológica que debilita los músculos en forma progresiva, y que finalmente ayer, a sus 62 años, no le dio tregua. Lo habían internado una hora antes en el Sanatorio Centro con un cuadro de insuficiencia respiratoria severa. Enseguida, la noticia recorrió el país. En el lanzamiento de la candidatura presidencial de Cristina Fernández, se pidió un minuto de silencio en su memoria y la Secretaría de Cultura declaró día de duelo de la cultura nacional.

Sus personajes, Boogie el aceitoso, Inodoro Pereyra, y todos aquellos que aún conviven en las páginas de sus libros, ya se habían despedido lentamente del Negro desde que el año pasado, en una carta de lectores que se publicó en la revista "Viva", amargamente anunciaba que dejaba de dibujar. "La mano derecha claudicó. Ya no responde, como antaño, a lo que dicta la mente", dijo apenas. Y citó la célebre frase de su Inodoro, cuando contó que lo "llevaba mal, pero acostumbrado".

Encorvado sobre sí mismo, y sentado en la silla de ruedas, Fontanarrosa no se aisló. Las colas en la Feria del libro para que el dibujante y escritor firmara sus ejemplares, el premio que recibió de sus colegas en el festival de Cartagena, el amplio reconocimiento que recibió en el Senado, en 2006, y en el Congreso Internacional de la Lengua de Rosario y así lo atestiguan.

En el complicado arte de la simpleza,supo describir al gaucho, supo ponerle gracia a la insoportable levedad de las conversaciones de los argentinos adictos a la mesa de café; supo traducir al papel el fanatismo por el fútbol (un fanatismo que era suyo, desde que a los diez años vio por primera vez un partido entre Rosario Central, su equipo, y Tigre). "Si hubiera que ponerle música de fondo a mi vida, sería la transmisión de los partidos de fútbol", dijo él, inocultablemente fanático, y referente de los amantes del deporte nacional.

En cualquier caso, hubiera sido difícil ser ajeno a ese hombre que esbozó su primer chiste en 1968, que inmortalizó el gol de Aldo Poy en el cuento "19 de septiembre de 1971", y que se instaló en todas las casas con sus historietas y su fútbol.

El Negro era un ser entrañable porque, vaya ironía también, no parecía una caricatura de sí mismo. Era él. Era el escritor capaz de pedir en el Congreso de las Lenguas que se amnistiara a las "malas palabras". Era el hombre simple, que agradecía la risa que le habían provocado desde Chaplin al otro "Negro" de Rosario, Olmedo. Era el hombre capaz de plantarse en el Senado a admitir que él había copiado. "Este trabajo nuestro se aprende copiando. Y yo he copiado a grandes maestros como Landrú o Solano López".

Fontanarrosa cosechó muchos amigos. Allí estuvieron Quino Serrat, y los desconocidos de siempre en la mesa del mítico bar El Cairo, de Rosario. Anteanoche, esos mismos amigos de El Cairo comieron "sandwichitos" con él en su casa. Lo vieron mejor que otros miércoles. Y hablaron sólo de fútbol y del técnico de Brasil. El editor Daniel Divinsky intercambió mails con él sobre el libro que quería publicar.

Triste ironía. El amigo ya no está y nos hace llorar.


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Se nos fue el papá de «Inodoro», con el cariño de todo un país