Sebastián Fanello: "A los actores nos importa el arte de la mentira para producir verdades"



P: En diez palabras (más o menos), ¿quién es Sebastián Fanello?

R: Neuquino. Ribereño, del barrio Don Bosco III, que actúa, dirige y escribe teatro con todas las posibilidades poéticas que este desierto inspira. También soy docente de actuación y dramaturgia en IUPA.

P: ¿Cómo entraste al mundo del teatro?

R: Cómo muchos jóvenes a las 20 años no daba en la tecla con lo que quería estudiar. Sufría las pulsiones existenciales típicas de esa edad. Boyé por carreras universitarias mientras vendía repuestos de autos. Sin embargo, imaginar y crear ficciones era parte de mi cotidiano. Creaba juegos y guiones en los que hacía participar a todas mis amistades. Los filmaba. Hasta que un suceso trágico modificó todo. Uno de mis amigos falleció y antes dejó sentencias para sus cercanos. A mi me aconsejó profesionalizarme en esto que se me daba bien: escribir, guionar, actuar. Obedecí su mandato como modo de expiar el dolor de su pérdida y así descubrí la Escuela Superior de Bellas Artes. Dejé de trabajar vendiendo repuestos. El teatro me tomó por completo.

P: ¿Cuál fue tu primera escena con público?

R: En 2005, interpreté a Guido, de la obra “El Pánico” de Spregelburd en la sala “El lugar”, pero ya en 2004 me había visto gente en el Cine Español en un cortometraje de mi autoría: Insomnio. Era parte de los guiones y experimentos que hacía con mis amigos del barrio y quedó seleccionado en un festival de realizadores audiovisuales (ARAN). Igual jamás me perdí los actos en la escuela primaria. Era el primero en levantar la mano para pasar a actuar. Temblaba mi madre cada vez que había que confeccionar algún vestuario para mis interpretaciones en la escuela n° 20 del barrio Limay. En séptimo grado escribí una obra. Se llamaba “Reunión de sordos en la cocina”. Era muy graciosa porque parodiaba al personal de la escuela. Hablaban todos juntos y cada uno entendía lo que quería. Las maestras la adoraron.

Los artistas somos recolectores de basura. Revisamos el container que las familias sacan a sus veredas. Rescatamos los objetos en desuso y le asignamos valor poético. Parece poco serio, pero nosotros transformamos ese desperdicio en algo estético".

P: ¿Qué es el teatro?

R: El teatro es un poder mutante, como el de los X-Men o de los avengers pero al alcance de cualquier cuerpo. Algo posible, como entrenar un deporte o dedicarse a otras artes. La posibilidad de inventar otros mundos. De despersonalizarse. De deshacer ese “yo” que creemos ser para descubrir esos “otros” que nos habitan. La posibilidad de dar rienda suelta al Guasón que tenemos dentro ¿Viste que cada vez más queremos sacar esa rabia que nos habita? El teatro te lo permite y te permite hacer con eso algo poético. Es una elección de vida también. Hay personas que proyectan casas, bienes materiales, autos, hijos, viajes, ascensos, más trabajo. Habemos otras que solo proyectamos teatro.

P: En tiempos tan mediatizados por la tecnología, ¿por qué crees que el teatro sigue funcionando?

R: Difícil que deje de funcionar algo que existe desde el origen de los tiempos. El teatro sobrevive bajo diferentes formas a lo largo de la existencia de la humanidad, a veces más popular, otras más al margen. Quizá se deba a su gran capacidad de promover la libertad. Siempre ha sido y sigue siendo un lugar donde la gente encuentra libertad y se encuentra con otros y así mismos. El público ve arriba de la escena experiencias de libertad. La mayoría de las veces las actrices y los actores hacen en el recortado tiempo que dura una obra algo que los espectadores no harían en sus vidas. Ese gesto libertario y vivo - porque es en vivo - solo sucede en el teatro y no se extingue porque se da en pocos lugares. Al teatro le interesa la vida humana. La acompañó desde siempre y se las ingenia para ser el espejo deforme de ella. Los espectadores regresan siempre en busca de esa mirada inquietante, deforme y crítica de la vida, pero que a la vez supura algo de alivio, reconocimiento y libertad.

¿Viste que cada vez más queremos sacar esa rabia que nos habita? El teatro te lo permite y te permite hacer con eso algo poético".

P: ¿Qué teatro te representa?

R: Me representa el teatro que experimenta. El más provocador. El más intenso. Me apasionan las hipótesis alternativas a lo que se establece como teatro de consumo. Es decir, me atrae eso que se presenta como raro, que debe descubrirse, que atenta contra el buen gusto.

P: Hace diez años que dirigís, ¿cómo definirías tu teatro?

R: Mi teatro va en la línea de lo que en Buenos Aires se conoció como “renovación escénica” durante el periodo de los años 90. En gran medida lo que se repetía como una constante es que los actores empezamos a escribir y a dirigir teatro. Lo que hoy se conoce como “dramaturgia de actor”. Pusimos a la actuación como centro del problema escénico y empezamos a narrar en clave contemporánea, desmantelando la rigidez de la tradición teatral que respetaba demasiado las leyes de composición escénica: ocupamos espacios que no eran teatros, rompiamos a cada rato la cuarta pared, mezclabamos lenguajes, revelamos que estamos actuando, dejamos ver al actor debajo del personaje, improvisamos en vivo. Esto que antes eran rupturas hoy son procedimientos.

P: ¿Qué es Goodbye Stanislavsky?

R: Un laboratorio constante de creación y pensamiento escénico. Empezamos auto percibiéndonos desobedientes a los modos tradicionales de hacer teatro. Hoy somos un laboratorio en el que ponemos el cuerpo y vemos que elegimos mostrar y que no. Nos encerramos a experimentar sin límites, con la premisa de generar algo inquietante, de superar lo anterior. Nuestra última obra: Disney Boys, da cuenta de ello. La inconformidad, el malestar social, las injusticias, la rebeldía y nuestra identidad provinciana motiva nuestras creaciones.

P: Hace unas semanas presentaste en Buenos Aires tu libro "Desperdicio dramático…” ¿Por qué ese nombre?

R: Los artistas somos recolectores de basura. Revisamos el container que las familias sacan a sus veredas. Rescatamos los objetos en desuso y le asignamos valor poético. Parece poco serio, pero nosotros transformamos ese desperdicio en algo estético. Del mismo modo que lo hacemos con las cosas, con los ropajes, con las personas e historias invisibilizadas, olvidadas, con todo aquello que la vida deja de considerar valioso, el teatro lo rescata y le confiere un nuevo mundo, es decir una nueva existencia, una nueva vida. Esa tensión que produce emerger entre los desperdicios con entidad poética es en sí misma digna de un drama, es dramática. Mis obras hurguetean en los confines del olvido, en los márgenes, en los containers sociales y hacen teatro con lo que la gente oculta debajo de la alfombra.

P: ¿Qué cosas no deben faltarle a un actor de teatro?

R: Disconformidad con lo dado, con la vida que le tocó, con el momento histórico que lo atraviesa. Si no se está disconforme se puede hacer teatro igual, pero seguramente no se alcanzará la profundidad del lenguaje y se quedará planeando en la superficialidad de la escena. Creo que esto vale para cualquier artista. La escena es boba, tonta y seductora y un actor corre el riesgo de quedarse patinando en esa manteca sin empantanarse en lo más rico de su descomposición.

P: ¿Qué le dirías a alguien que está parado en la puerta de un teatro?

R: Le mentiría. Le diría que pase a ver algo hermoso con un lindo mensaje de amor y paz y que es gratis o por lo menos barato o a la gorra. Pero sería una mentira en el caso de mis obras, porque seguramente viva experiencias incómodas, inquietantes e intensas como espectadora. Buscamos la incomodidad en la butaca y nos entrenamos en el arte de mentir. A los actores nos importa mucho el arte de la mentira para producir verdades. Lo sabemos, es paradójico, pero en esa encrucijada paranoica vivimos: vamos y venimos de un mundo a otro y entrenamos como salir y entrar de esta realidad despampanante a las maravillosas posibilidades de la ficción.


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