Secretos filtrados
Para furia del gobierno del presidente norteamericano Barack Obama, acaban de difundirse más de 90.000 informes militares supuestamente secretos sobre las vicisitudes de la guerra que la OTAN está librando contra los talibán en Afganistán. Según voceros de la Casa Blanca, la publicación por parte de tres periódicos de perfil levemente izquierdista, los diarios “The New York Times” norteamericano y “The Guardian” británico, además del semanario “Der Spiegel” de Alemania, de documentos conseguidos por una organización que se llama Wikileaks “pone en riesgo las vidas de norteamericanos y representa una amenaza para la seguridad nacional”. El asunto también plantea interrogantes en torno a los deberes y responsabilidades de los medios en tiempos de guerra. Desde el punto de vista del gobierno de Obama, hay que anteponer los intereses vitales de Estados Unidos y sus aliados al presunto derecho de todos a mantenerse plenamente informados, pero los periodistas que publicaron la materia que les brindó Wikileaks no son los únicos que discrepan, ya porque no creen que el eventual desenlace del conflicto en Afganistán incida mucho en sus propios países, porque suponen que sería mejor para todos que los occidentales volvieran a casa, abandonando a su suerte a los afganos, o porque, en algunos casos, quieren que triunfen los islamistas. Si fuera cuestión de una guerra tan importante como la librada contra la Alemania nazi y el Japón imperial, a pocos se les ocurriría protestar contra la censura, puesto que habría tanto en juego. Pero, si bien es posible argüir que lo que está sucediendo en Afganistán podría ser el preludio de un enfrentamiento igualmente grave entre los defensores de las libertades democráticas y un movimiento totalitario de aspiraciones tan ambiciosas como las de los derrotados en la Segunda Guerra Mundial y, más tarde, de los comunistas soviéticos, en los países occidentales sólo una minoría toma tan en serio lo que el presidente George W. Bush calificaba de “la guerra contra el terror”, o sea, contra el extremismo islamista. La mayoría da por descontado que, si bien se trata de un peligro auténtico, es uno limitado, razón por la que es perfectamente legítimo burlarse de los intentos de las autoridades nacionales por ocultar ciertos datos y opiniones. Equivocada o no, dicha actitud no cambiará a menos que, para los norteamericanos y europeos, el conflicto adquiera proporciones decididamente mayores que las actuales, de modo que los militares occidentales tendrán que acostumbrarse a luchar a sabiendas de que, merced a la tecnología moderna, cualquier episodio podría verse difundido mundialmente en cualquier momento. En vista de que lo que siempre ha sido “normal” en la guerra, incluyendo una de baja intensidad en comparación con las del pasado, es tan horroroso que la opinión pública lo encuentra intolerable, parecería que en adelante los países occidentales no podrán emprender guerras “pequeñas”. Que éste sea el caso brinda a los islamistas, que hacen del horror un arma propagandística, una ventaja que no vacilan en aprovechar. Para quienes han seguido el conflicto con el talibán, los secretos filtrados no contienen mucho que sea nuevo. Con todo, al revelar más detalles sobre la muerte de civiles a manos de las tropas occidentales, fortalecerán a quienes están reclamando que pongan fin cuanto antes a su campaña en un país lejano, pasando por alto el que con toda seguridad una retirada estratégica de la OTAN se vería seguida por matanzas en una escala mucho mayor. Asimismo, al llamar la atención nuevamente a la convicción entre los militares occidentales de que elementos de los servicios secretos paquistaníes están apoyando activamente a los talibán, hacen todavía más difícil la relación entre la coalición occidental por un lado y, por el otro, un país islámico que desde hace años está al borde del caos, uno que, para más señas, ya posee un arsenal nuclear y es el exportador principal de yihadistas. Si Pakistán se desintegra, como muchos temen podría suceder bajo la presión de los islamistas, el peligro de que bombas atómicas terminen en manos de personas fanatizadas dispuestas a emplearlas en su guerra contra el resto del género humano dejaría de ser sólo un tema para autores de novelas sobre pesadillas apocalípticas.