Sector que crece
No hay duda de que en las economías volátiles y en evolución constante, los trabajos temporarios ocuparán un lugar muy importante.
Para sindicalistas, izquierdistas y populistas, el trabajo temporario es un síntoma más de lo terribles que son los tiempos que corren, otro truco ideado por empresarios resueltos a burlarse de las leyes laborales y de explotar al máximo a los obreros sin asumir responsabilidad alguna por su bienestar. Desde países europeos como Francia, España e Italia han importado una serie de epítetos para descalificarlo, hablando de contratos «basura» y lamentando la «precarización» del mercado del trabajo, dando a entender que se trata de un fenómeno totalmente negativo que es promocionado únicamente por hombres de negocios inescrupulosos. Por eso, a muchos no les ha agradado en absoluto el hecho de que en los años últimos el único sector laboral que ha crecido en la Argentina sea precisamente el supuesto por los trabajos temporarios, que son «flexibles» por antonomasia y que sólo en contadas ocasiones pueden transformarse en empleos «auténticos». Lejos de celebrar los beneficios resultantes, hacen hincapié en los abusos que ocurren pero que, obvio es decirlo, son llamativamente menores que los típicos del trabajo en negro, ámbito en el cual está atrapada una proporción muy significante de la fuerza laboral del país.
Aunque es comprensible y legítima la preferencia generalizada por los empleos estables, que ofrecen a quienes los tienen un futuro relativamente previsible, todo hace pensar que los trabajos temporarios continuarán multiplicándose aun cuando la tasa de desocupación se redujera a un nivel mínimo. Mal que les pese a los formados en el período no muy largo -duró apenas un siglo- en el que era «normal» que, de quererlo, una persona pudiera trabajar casi medio siglo en una sola empresa, cumpliendo la misma función o ascendiendo por una jerarquía similar a las militares, para entonces jubilarse con un ingreso respetable garantizado, en adelante el esquema así supuesto se hará cada vez más anómalo. Esto sucederá porque la «nueva economía» que está irrumpiendo a caballo de la informática es incomparablemente más flexible que la «vieja», que se basa en grandes fábricas en las que trabajan ejércitos de obreros que cumplen tareas todavía rutinarias. No obstante la oposición tanto de los trabajadores como de los dirigentes políticos y sindicales, todos tendremos que acostumbrarnos a cambios inesperados, que a veces serán traumáticos, atribuibles a la desaparición o a la transformación rápida de industrias enteras y al surgimiento de otras que sean radicalmente distintas. Ya sabemos a qué atenernos: hace apenas diez años, Internet y las empresas «punto com» que está generando parecían fantasías propias de la ciencia ficción, pero ya dan trabajo a centenares de miles de personas e inciden muchísimo en la vida de centenares de millones. No existe motivo alguno para creer que los próximos lustros no nos deparen novedades igualmente sorpresivas que destruyan muchos trabajos, pero que también den pie a otros tal vez más interesantes y más rentables.
No cabe duda alguna de que en las economías volátiles y en evolución constante que están perfilándose, los trabajos temporarios ocuparán un lugar muy importante. Por ahora no pueden reemplazar a los empleos fijos, pero para los muchos -estudiantes, amas de casa, etc-, que por diversos motivos no quieren sentirse atados a un trabajo a tiempo completo o que, en el caso de ciertos profesionales, se encuentran entre trabajos, los empleos temporarios brindan una alternativa cuyo valor es evidente. Sin embargo, aunque sería difícil negar que la proliferación de tales empleos ha tenido resultados positivos incluso en la Argentina -al fin y al cabo, tener una serie de trabajos temporarios es mejor que quedarse sin ninguna ocupación remunerada-, fuera de los Estados Unidos, el Reino Unido, Holanda y otros países de cultura económica similar, son resistidos por muchos sindicalistas y políticos que están tan comprometidos con los esquemas tradicionales que a su juicio una tasa de desempleo baja en un mercado laboral flexible es decididamente peor que la desocupación masiva con un mercado firmemente regulado.
Para sindicalistas, izquierdistas y populistas, el trabajo temporario es un síntoma más de lo terribles que son los tiempos que corren, otro truco ideado por empresarios resueltos a burlarse de las leyes laborales y de explotar al máximo a los obreros sin asumir responsabilidad alguna por su bienestar. Desde países europeos como Francia, España e Italia han importado una serie de epítetos para descalificarlo, hablando de contratos "basura" y lamentando la "precarización" del mercado del trabajo, dando a entender que se trata de un fenómeno totalmente negativo que es promocionado únicamente por hombres de negocios inescrupulosos. Por eso, a muchos no les ha agradado en absoluto el hecho de que en los años últimos el único sector laboral que ha crecido en la Argentina sea precisamente el supuesto por los trabajos temporarios, que son "flexibles" por antonomasia y que sólo en contadas ocasiones pueden transformarse en empleos "auténticos". Lejos de celebrar los beneficios resultantes, hacen hincapié en los abusos que ocurren pero que, obvio es decirlo, son llamativamente menores que los típicos del trabajo en negro, ámbito en el cual está atrapada una proporción muy significante de la fuerza laboral del país.
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