Ser o no ser: hay que salir de la decadencia ininterrumpida



Diego Lo Tártaro*


Como Hamlet, estamos ante la disyuntiva de continuar con nuestra decadente existencia o, como el ave Fénix, resucitar de las cenizas y ser otra vez respetados como nación


Las fronteras de los estados en el tiempo resultan siempre mutantes, temporales y circunstanciales, así nos lo demuestra la historia. Y valga como ejemplo Europa, cuya geografía-política a través de los siglos fue conformándose y cambiando por diferentes motivos: familiares o por matrimonios monárquicos, por medio de acuerdos económicos-comerciales (valga como ejemplo en América, Alaska) o mediante la conquista militar. Pero siempre el perdidoso previamente venia sufriendo crisis familiares en el caso de las monarquías o por crisis económicas y/o políticas, que luego circunstancias particulares motivaban y permitían ser aprovechadas por vecinos codiciosos de territorios, de riquezas o fundando en razones o cuestiones étnicas.

¿Por qué este comienzo a nuestra nota? La Argentina en sus breves 200 años de historia ya experimentó estos acontecimientos. Por ejemplo perdimos la Banda Oriental (Uruguay), si bien en lo militar fuimos ganadores pero por espurios acuerdos diplomático-políticos perdimos Uruguay; por desidia y luchas intestinas perdimos el Alto Perú; por incapacidad militar perdimos Paraguay; gracias a la pericia militar, política y diplomática del más grande de los estadistas que tuvimos los argentinos, el general Julio Argentino Roca, conservamos la Patagonia; y luego por desidia perdimos la Isla Navarino. No queremos abundar en ejemplos, pero sí fijar y establecer muy bien que las fronteras de los estados son mutantes.

Ahora bien, venimos de una decadencia ininterrumpida desde el 6 de septiembre de 1930 cuando rompimos el orden constitucional y comenzamos con esta ronda de gobiernos militares y civiles que se fueron alternando ininterrumpidamente con dictaduras militares, gobiernos civiles débiles e ineptos y gobiernos que se declaman democráticos pero que lo son solamente en su fachada ya que son autoritarios, populistas que solo intentan perpetuarse en el poder. Pero sí todos tienen un común denominador: dejaron a la economía a la buena de Dios, generando así más pobres y concentrando cada vez más la riqueza en unos pocos.

Ahora nos encontramos que este sistema entró en crisis, hoy enfrentamos una polarización política en la que ninguna de las dos opciones ofrece planes de gobierno que den soluciones a la crisis económico-social, de desocupación, de pobreza, de quiebras de empresas, de desatención a la educación, a la salud y a la seguridad.

Una vez más advertimos ¡cuidado! somos un país desunido, enfrentados entre nosotros, quebrados económicamente, moralmente y espiritualmente.

Ninguna de las dos puede ofrecer por ejemplo un buen gobierno, nos endeudamos con el exterior por dos generaciones, fugamos al exterior nuestros ahorros en sumas colosales, ninguno de los candidatos a gobernarnos puede hacer gala de honradez en el manejo de la hacienda pública, en definitiva lo único que pueden ofrecer es lo malo que es el otro, sin advertir que ellos también lo son.

Queremos planes de gobierno bien explicitados, debatidos y consensuados para evaluarlos y poder decidir a quién votamos o de lo contrario solo nos queda el repudio a estos políticos con el voto en blanco. Pero el voto en blanco es la mayor de las decepciones, ya que solo es el reflejo del fracaso.

Una vez más advertimos ¡cuidado! somos un país desunido, enfrentados entre nosotros, quebrados económicamente, moralmente y espiritualmente.

No tenemos un objetivo nacional, perdimos el sentimiento de patria, carecemos de fuerzas armadas preparadas (son tan insuficientes que ni siquiera pueden defender a una provincia fronteriza) y estamos en un estado de indefensión total en cuanto a equipamiento militar (si nos comparamos con nuestros vecinos la diferencia es abismal).

Pero para cerrar el círculo somos el segundo país más extenso de Sudamérica, el octavo país en extensión territorial del mundo.

Tenemos la llanura más grande y fértil, somos inmensamente ricos en reservas de petróleo, gas y litio a nivel mundial; tenemos uno de los litorales marítimos más ricos; tenemos todos los climas que nos permiten ser productores de infinita variedad de productos; tenemos inmensos reservorios de agua, somos pocos habitantes por kilómetros cuadrados y finalmente tenemos una mano de obra altamente calificada y profesionales reconocidos por su capacidad que son disputados por los países más desarrollados.

Finalmente argentinos, ¿qué estamos esperando? Nos encontramos frente el gran dilema que nos presenta William Shakespeare en su obra de teatro “Hamlet”, en la que el príncipe de Dinamarca Hamlet queda devastado con la muerte de su padre, el rey de Dinamarca, y en su famoso monólogo sitúa su contexto existencial sobre la vida y la muerte. Nosotros estamos ante la gran disyuntiva de continuar con nuestra decadente existencia o, como el ave Fénix, resucitar de las cenizas y comenzar a ser nuevamente respetados como nación. En nosotros está la respuesta.

*Presidente del Iader


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