¿Sí o no a «Chacho»?

Por Carlos Torrengo

Redacción

Por Redacción

Hay jornadas marcadas a fuego por la política.

Horas que definen un antes y un después en existencia de partidos y dirigentes.

La vida y su dialéctica siempre les brindan «días para no olvidar». El peronismo -por caso- sabe que tiene en el 31 de octubre del «83 uno de sus momentos más negros de su densa historia.

El 30, con fuerza de tormenta caribeña, Raúl Alfonsín podaba los sueños justicialistas de retorno a la Rosada.

El peronismo amaneció magullado.

En el grupo que militaba el entonces quiosquero, estudiante de historia y bebedor empedernido de granadina Carlos Alvarez, cundió la desorientación.

Y todos se fueron a un campo de Santa Fe. Objetivo: analizar la situación.

– Frío en el análisis, duro en la autocrítica, «Chacho» era el único que estaba entero. El resto, éramos pura espantada- recuerda hoy en Roca un peronista que militó con Alvarez y hoy está lejos de la política.

«Chacho» convenció: la derrota era eso, una derrota.

¿A qué viene este recuerdo?

A que manteniendo intacta su capacidad de convencimiento, al redoblar hoy la lucha contra las desvirtuaciones de la política que devienen de los aparatos, punterismo y clientelismo, «Chacho» les plantea un dilema de hierro a muchos de sus pares del Frente Grande rionegrino: ¿hasta dónde seguir aquella línea de acción, no entrar en colisión con formas y estilos de hacer política de su socio mayor en la Alianza: la UCR?

Formas y estilos claro está, de los cuales está impregnado el radicalismo rionegrino.

Temiendo la posibilidad de que en el seno de la Alianza despierte un cuestionamiento a ese proceder, el lunes el gobernador Pablo Verani bajó una reflexión a su gobierno:

– Hay que salir a defender a Daniel Sartor.

¿Por qué Sartor?

Porque liderando el Ministerio de Desarrollo Social es eje esencial de la política de asistencialismo que, siguiendo el pensamiento con que se mueve «Chacho» Alvarez, ha devenido en sostén del clientelismo.

El ministro de Economía, José Luis Rodríguez, recibió la reflexión de Verani.

Quizá no le causó placer: Sartor no figura entre sus afinidades en el gobierno. Pero cumplió:

– Los programas de asistencialismo son decisiones del gabinete y no responden a determinaciones solitarias de Sartor. Son demandas concretas y no debe confundirse con asistencialismo – dijo.

Pero para esas horas el gobernador ya había ratificado que en defensa de Sartor por ahora sigue contando con un aliado de importancia.

Paradójicamente pertenece al Frente Grande, donde ejerce la suma del poder: el intendente Julio Arriaga y su arriaguismo.

No podía ser de otra forma.

Porque ya se sabe: las expectativas del arriaguismo de acrecentar poder en el seno de la Alianza tienen -desde el radicalismo- escasos adeptos.

Pero dos de ellos blanden mucho poder, al menos hoy: Verani – Sartor.

En consecuencia, el arriaguismo no puede dejar de ser sensible a los puntos de vista del mandatario.

Fue Alberto Weretilneck -presidente del Frente Grande y mano derecha del jefe comunal cipoleño, quien se encargó de manifestar la verticalización del arriaguismo a los deseos de Verani:

– Mal estaría que el ministro de Acción Social no ayudara a los más necesitados y a los más pobres- declaró.

En realidad, quienes cuestionan desde el Frente Grande el asistencialismo que lleva adelante el gobierno no cuestionan su necesidad.

De eso habla precisamente un documento de trabajo que circula en algunas franjas del Frente Grande.

Son sectores ajenos a la adhesión automática que el arriaguismo expresa hoy -y quizá no por mucho tiempo más- a Sartor.

¿Qué dice el documento?

Está estructurado alrededor de trabajos realizados por Eduardo Bustelo Graffigna, segundo de abordo de la ministra de Salud y Desarrollo Social de la Nación, Graciela Fernández Meijide.

¿Qué dice el documento?

Entre otras cosas sostiene que el asistencialismo, tal como se incrusta en la vida argentina de estos días, es una «política destinada a construir una relación social de dominación para generar una cultura política de la dependencia de los «asistidos» del Estado, de los políticos y/o de la «generosidad» de los ricos.

Hay toda una franja del Frente Grande rionegrino que está discutiendo el tema alrededor de la definición de Bustelo Graffigna.

Son minoría en el partido. Pero con representación en el esquema institucional del poder provincial.

Sus nombres no son nuevos: se trata de los diputados provinciales Eduardo Chironi y Guillermo Wood; del secretario legislativo Oscar Meilán y del ex ministro de Economía, Omar Lehner.

Para este sector, el gobierno rionegrino de la Alianza debe tomar una distancia elocuente de cierta «concepción tradicional» con la que se maneja el asistencialismo.

– Porque el tema puntual no es la pobreza en sí mismo, sino de justicia- se le escucha decir a Wood asiduamente.

Para el grupo, el asistencialismo montado vía necesidades objetivas suele devenir, en un escenario político como el argentino, en un proceso de «creciente e involuntaria degradación de la conducta cívica del asistido».

De uno de los tramos del documento se extrae -siempre apelando a Bustelo Graffigna- que, usado cínicamente, el asistencialismo hace creer al asistido que se lo «ayuda». Transformando lo que le corresponde por «derecho» en algo que tiene que agradecer como si fuese «un favor».

Y ese «favor» en la Argentina tiene nombre propio: voto.


Hay jornadas marcadas a fuego por la política.

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