Sillas vacías en vez de fiesta



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Carola Frentzen DPA

Desde hace meses la capital etíope se preparaba para lucir su mejor cara durante la cumbre de la Unión Africana y recibir a los invitados de honor para celebrar su 50 aniversario. Pero lo que debía ser una fiesta gigante se convirtió en pesadilla, y es que algunos invitados hablaron incluso ante sillas vacías. Así les ocurrió por ejemplo al presidente francés, François Hollande, y al presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso. Cuando el sábado por la tarde estaba previsto que pronunciaran sus discursos por el 50 aniversario en el gigante Hall Millennium de Addis Abeba, no había casi nadie en el auditorio. Pese a ello, audaces, salieron al escenario uno detrás del otro a cumplir con su obligación: tanto Hollande como Durão Barroso, así como la presidenta brasileña Dilma Rousseff y la primera ministra de Jamaica, Portia Simpson Miller, hablaron ante miles de sillas vacías, con algo más de 20 espectadores, la mayoría periodistas. El fracaso de la cumbre planeada durante tanto tiempo y anunciada a bombos y platillos es sintomático de la situación del continente africano: mientras los jefes de Estado y gobierno celebran sus éxitos y hablan de un continente en auge, la gente sigue viviendo con sus miserias. Por eso no sorprende que muchos de ellos ni siquiera quieran oír lo que tienen que decir sus mandatarios. A ello se añade una organización totalmente deficiente: las entradas no se repartieron hasta el último minuto, siendo muy difíciles de recibir por los ciudadanos normales. También durante los discursos de inauguración del jefe de gobierno etíope Hailemariam Desalegn y la presidenta de la comisión de la UA, Nkosazana Dlamini-Zuma, apenas cien sillas estaban ocupadas. Y sólo hubo discurso tras discurso, sin música o poesía que relajara un poco el seco torrente de palabras. El presidente ugandés, Yoweri Museveni, por ejemplo, habló ininterrumpidamente durante 45 minutos, presentando su visión distorsionada sobre el pasado colonial de África, algo que fue incluso demasiado para los últimos espectadores, que abandonaron la sala. “Sencillamente hubo demasiados discursos. La gente ya no quería escuchar nada más”, señaló un analista francés, que sufría visiblemente con el discurso del presidente Hollande. Y todo pese a que Hollande traía declaraciones importantes: anunció una cumbre sobre el tema paz y seguridad en África en París para el 6 y el 7 de diciembre. Pero al parecer para el único que la situación fue demasiado grotesca fue para el jefe de Estado norteamericano, John Kerry, que suspendió su tan esperado discurso. Sólo al final hubo música: los pocos presentes pudieron sentir el dolor de un cantante del calibre de Salif Keitas, un maliense albino y uno de los principales representantes del panafricanismo con el que a la UA y a sus políticos tanto les gusta soñar. Y el que actuara pese a que su auditorio era de sólo 20 fans mostró también su grandeza. Por la mañana todo había comenzado muy bien: en el acto oficial de inauguración en la sede central de la UA todo estaba lleno. Además, los jefes de Estado y gobierno ejercieron la autocrítica. “El círculo vicioso de la pobreza aún no se ha roto”, advirtió por ejemplo el etíope Hailemariam Desalegn. Sin paliativos se habló también de las desastrosas infraestructuras, la formación insuficiente, el suministro médico insuficiente a los enfermos, las crisis de las sequías o los conflictos sangrientos, sin esconder nada debajo de la alfombra. Pero el hecho de que los políticos sean conscientes de los problemas no significa que estén preparados para solucionarlos. La cuestión que se plantea desde hace meses en la gigante UA es sobre todo cómo será África en el 2063, cuáles son los objetivos más importantes para los próximos 50 años y cómo podrán lograrse. “Paz, unidad y desarrollo económico”, apuntó la presidente de Malawi, Joyce Banda. “Pero tenemos que trabajar duro para lograrlo, aún hay mucho que hacer”. Y tiene razón. Miles de personas amanecieron en Addis Abeba el domingo sin electricidad, algo a lo que, como muchos africanos, están muy acostumbrados. Su desinterés por un aniversario pomposo es, en vista de sus poco glamurosos problemas cotidianos, muy pero que muy comprensible.


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