Sin ancla
El ex presidente Carlos Menem ha hecho de la dolarización la base de la propuesta económica que, espera, le sirva para volver a la Casa Rosada a pesar del escaso entusiasmo por su candidatura de buena parte de la población del país. Por lo tanto, la oposición frontal a la medida así supuesta que acaba de manifestar la vicedirectora del FMI, Anne Krueger, no lo ha ayudado en absoluto. Si bien la actitud de la funcionaria podría atribuirse a su «dogmatismo neoliberal» y a su resistencia a comprender que entre las causas de la debacle argentina está el hecho de que casi todos los habitantes del país se han acostumbrado a confiar decididamente más en el dólar estadounidense que en cualquier moneda local, el subtexto del planteo de Menem consiste en que nuestros problemas se reducirían drásticamente si nos integráramos a la economía norteamericana, opción que, es de suponer, requeriría la aprobación de los responsables de manejarla. Puesto que Krueger es considerada la representante en el FMI del gobierno del presidente George W. Bush, su negativa a tomar en serio el proyecto menemista debería de ser más que suficiente como para desbaratarlo.
Como es sabido, el FMI insiste en que es imprescindible dejar que el peso siga flotando hasta estabilizarse en el nivel determinado por la realidad económica, de suerte que el «ancla nominal firme» de la que suele hablar Krueger consistiría en una política económica «sostenible» que, huelga decirlo, aún no ha vislumbrado en la Argentina. Sin embargo, aunque pocos cuestionarían la importancia fundamental de la «sostenibilidad», por una multitud de razones políticas parecería que tendrá que transcurrir mucho tiempo antes de que el país cuente con un gobierno que posea la fortaleza y la lucidez precisas para acercarse a dicho ideal. Ya que hemos ingresado en un período preelectoral y es de prever que el presidente provisional Eduardo Duhalde gobierne en función de las presuntas necesidades políticas de «su» candidato, es muy poco probable que se esfuerce mucho por impulsar las reformas que está reclamando el Fondo. Asimismo, por ahora no se dan motivos para suponer que el sucesor del bonaerense resulte dispuesto a llevar a cabo los cambios «estructurales» que podrían complacer a los únicos que están en condiciones de reabrirnos las puertas a las instituciones crediticias internacionales. De triunfar en las próximas elecciones la candidata neorradical Elisa Carrió o un peronista no menemista, querrán diferenciarse de Duhalde actuando con mayor «sensibilidad», mientras que en el caso de ser elegido el ex presidente, se trataría de un mandatario comprometido con un planteo que ya ha sido rechazado.
Según parece, los dirigentes de los países del G-7 y los funcionarios del FMI creen que debido a las consecuencias nada felices de la crisis argentina, nuestra clase política terminará aceptando que no le queda otra alternativa que la de aplicar las recetas exigidas por la «comunidad internacional», pero la verdad es que no existen demasiados motivos para suponer que los efectos sean los así previstos. Bien que mal, el país está habituándose al aislamiento financiero que le han supuesto el «default» seguido por la «pesificación asimétrica», mientras que los líderes del PJ parecen sentirse seguros de que por ser las alternativas en oferta tan cuestionables, el electorado les dará los votos que necesitarán para conservar el poder. Desgraciadamente para el país, desde el punto de vista de casi todos los dirigentes políticos les convendría mucho más pagar los costos -que andando el tiempo parecen destinados a reducirse- de ir tirando sin ningún acuerdo con el FMI, que arriesgarse tomando medidas lo bastante severas como para permitir que los voceros del organismo declararan que por fin el país merece reintegrarse «al mundo». Tal tesitura tendría sus méritos si los dirigentes políticos estuvieran sinceramente convencidos de que la mejor forma de defender los intereses del pueblo consistiría en impedir que el gobierno de turno tuviera la posibilidad de formular para entonces e instrumentar un programa coherente, pero sucede que se basa en nada más honorable que los cálculos preelectorales de individuos que continúan anteponiendo sus propios intereses personales a aquéllos del país.