Sin rumbo

Por Redacción

A poco más de un mes de las elecciones porteñas, los dirigentes peronistas aún no han decidido si les convendría dar algunas señales de apoyo al candidato oficial de su partido, el riojano Raúl Granillo Ocampo, o acompañar a Domingo Cavallo con la esperanza de sacar algunos réditos de su popularidad entre los votantes. Su perplejidad puede entenderse: a pesar de su poder en el interior del país, en la Capital Federal el PJ es una agrupación muy minoritaria sin la menor posibilidad de desafiar a la Alianza. Frente a esta realidad, incluso en las muchas provincias que dominan, los peronistas no pueden sino preguntarse si lo que ha ocurrido en la ciudad más rica y más avanzada de América del Sur es una aberración atribuible al carácter particular de los porteños o, por el contrario, un preaviso de lo que podría suceder en el país en su conjunto en los próximos años.

Tienen motivos para preocuparse. Por muchas razones, la influencia de la Capital Federal, en la cual tienen sus cuarteles generales los grupos mediáticos más poderosos, propende a intensificarse cada vez más. Casi podría decirse que en nuestro país el progreso equivaldría a la porteñización del resto del territorio nacional. Es por eso que el cordobés Fernando de la Rúa optó por construir su propia base de sustentación en la ciudad de Buenos Aires y su comprovinciano, Cavallo, espera lograr convertirse en su próximo intendente. Si bien en el pasado muchos políticos, entre ellos Raúl Alfonsín y Carlos Menem, han podido concentrarse en electorados menos esquivos que el porteño, en adelante los aspirantes a llegar a la Casa Rosada prestarán más atención a la actitud de los habitantes de lo que es a su modo la fábrica de imágenes más importante del país, para no decir la única.

¿Por qué han resultado incapaces los peronistas de contar con un candidato propio para las elecciones porteñas? En parte, porque el PJ capitalino ha degenerado en una confederación desprolija de unidades básicas, cada una regenteada por un cacique que muchos consideran impresentable. Más significante que la «calidad humana» deficiente de los líderes peronistas porteños, empero, es el hecho evidente de que el PJ ya no encarna «doctrina» inteligible alguna. ¿Es un movimiento de la centroderecha, comparable con la democracia cristiana alemana o el Partido Popular español? ¿Está a la izquierda de la Alianza por depender de la lealtad de los sectores más pobres de la población? La verdad es que nadie puede dar una respuesta a estos interrogantes sencillos, porque en la gran familia peronista hay de todo: ultraderechistas, conservadores moderados, izquierdistas, populistas demagógicos, militaristas, militantes de los derechos humanos, clericalistas, agnósticos, y así, interminablemente, por el estilo.

Por ahora, la prioridad de los peronistas consiste en procurar mantener un simulacro de unidad a fin de poder afrontar a la Alianza, pero sólo es cuestión de una necesidad táctica, no de una estrategia que podría permitirles volver al poder gracias no a los errores de sus adversarios sino a los méritos propios. Aunque la «filosofía» de la Alianza es borrosa, una mezcla del viejo radicalismo con la Tercera Vía europea, en comparación con la del PJ es un dechado de nitidez. La extrema pobreza intelectual que refleja la confusión de los dirigentes está debilitando al movimiento peronista y generando dudas en cuanto a sus perspectivas.

Sin una «doctrina» o «ideología» de algún tipo, en todo el país el peronismo no tardará en transformarse en una mera maquinaria electoralista que atrae a oportunistas e inescrupulosos. La decadencia así supuesta ya se ha producido en la Capital Federal, de ahí el escaso interés del electorado en votar por sus candidatos, y a menos que los líderes del PJ sepan representar algo un poco más amplio que sus propias ambiciones caudillistas es más que probable que en los próximos años la misma enfermedad afecte a los peronismos locales, socavándolos uno tras otro hasta que nada quede salvo residuos que sean tan paródicos como el PJ porteño actual.