129 años del descanso que se volvió refugio: Piedra del Águila está de festejo
Parada necesaria en el largo camino hacia el sur cordillerano, Piedra del Águila supo construir su trayectoria entre estancias y la gran obra hidroeléctrica. Hoy la esencia sigue viva en sus calles.
La Ruta 237 la atraviesa serena, camino a Bariloche. Dicen los archivos que su denominación deriva de un paradero de esas aves imponentes, una buitrera, que divisaron los integrantes del 3° Regimiento de Caballería en 1890, sobre las inmensas piedras rojizas que impactan apenas se conoce el lugar. Cuenta el relato que incluso el general Conrado Villegas quiso probar allí la puntería con su Remington, pero la historia de un pueblo de 129 años va mucho más allá de anécdotas como ésta.
Con su fecha de fundación establecida el 8 de abril de 1897, ese día se recuerda que el entonces gobernador Franklin Rawson (teniente coronel) creó el sexto Departamento del Territorio neuquino, designando a Piedra del Águila como cabecera. La efeméride se ratificó como aniversario muchos años después, con una resolución del Concejo Deliberante local, dictada en 1974. Así, con esos documentos se formalizó lo que en los hechos ya se iba construyendo desde antes: la identidad de un lugar privilegiado en medio del largo y agreste itinerario que implicaba un viaje hacia la cordillera, antes de las mejoras del asfalto y el transporte.
“Nació como un tradicional lugar de paso y descanso para viajeros, y con el tiempo se consolidó como un destino con personalidad propia”, dice la reseña de Turismo de la Provincia. Escala imperdible hasta la actualidad, junto a la frontera con Río Negro, originariamente el lugar era llamado “Che Uff” por los nativos, lo que podría traducirse como “gente del valle de las vertientes”, explicó una publicación en la Revista digital “Más Neuquén”.

Allí se fueron asentando varias decenas de familias, en tierras que pese a la soledad, tenían dueño. Propiedad de la estancia El Cóndor, fue esa firma la que reclamó sus derechos sobre ese espacio y que, de hecho, llegó a pensar en desalojar a los pobladores ya radicados en ese sitio.
Corría la década del ‘30 y mientras ya funcionaba la Comisión de Fomento, activa desde 1925, fue un decreto de 1933 del Gobierno Nacional (el N° 31.934) el que dio un primer paso camino a la resolución de ese conflicto. La sanción respaldó lo hecho hasta ese momento por las autoridades territorianas y legitimó lo que esa comunidad ya había organizado en su día a día. Dicen los registros que los integrantes de la primera conducción local fueron Jorge Bello, Aurelio Rodríguez y Pascual Lamfré, el médico Alberto Curcha, la enfermera Juana Baum, el jefe de Correos Figueroa y el maestro Adamanthos Naboulet.
El tiempo siguió transcurriendo, pero el proceso institucional, sin embargo, tenía aún pendiente la definición de la propiedad de ese ejido, por lo que la solución que se encontró fue la de comprarlo para ceder 15 manzanas al pueblo. Así lo hizo Osvaldo Etcheleitner, por entonces líder de su compañía y presidente de la Comisión de Fomento, quien agregó además un plano elaborado por el agrimensor Francisco Ceballos Figueroa para permitir la subdivisión y loteo, según completó en su reconstrucción la Revista “Más Neuquén”.
Para ese momento, aquella antigua parada para viajeros ya contaba con edificios para la Comisaría, el Juzgado, la Escuela y la oficina de Correos, más allá de la precariedad. Ese colegio era justamente el Nº 10, bautizado mucho después como “Francisco Pascasio Moreno”, que había sido creado el 2 de octubre de 1911. “En esa época el territorio enfrentaba grandes dificultades para lograr un desarrollo acorde con las necesidades de los pobladores y el interés de sus gobernantes. Pese a sus importantes recursos naturales fue paulatina la formación de un plan orgánico de desarrollo por parte de los gobiernos nacionales de los cuales se dependía”, dice la reseña publicada en 2012 por la propia institución, en su blog.
Adaptados al clima característico de las zonas desérticas, que en verano alcanza los 37 °C y en invierno los -10 °C, esos niños y sus padres, unos 200 habitantes hace casi 80 años, fueron los que pusieron voluntad y paciencia, para salir adelante y crecer. “El caballo era el medio de transporte eficaz e imprescindible, tanto para docentes como para los niños”, sigue el relato, y como los inviernos “eran más rudos, obligaban a trabajar en el período septiembre-mayo”.
Una ración de mate cocido con leche condensada y una porción de pan era el alimento que las infancias recibían en aquella escuela, cuando las condiciones lo permitían, mientras los adultos se repartían, mayormente, entre las labores disponibles en las estancias cercanas.
Todos y cada uno de ellos fueron aportando en una trayectoria que aún hoy tiene como testigos a algunas construcciones originales de piedra pome o material crudo, adobe, como vestigios de otro tiempo, tanto dentro del ejido, como en los kilómetros de estepa que las rodean. Y sus pobladores, que confluyen desde sitios más chicos para trámites o eventos, como Santo Tomás ó Sañicó, aún hoy se lucen en sus calles con los atuendos tradicionales, al mejor estilo del peón, vecino del interior, que conoce los alrededores y sus cerros como la palma de su mano.
Pese al brusco movimiento poblacional que alentó la construcción de la central hidroeléctrica homónima, que comenzó en 1983 en el paraje “Rincón Chico”, semejante obra no cambió la esencia de ese origen que actualmente cobija al Monumento al Pescador, otro a Malvinas y otro homenaje al ave desafiante que atrajo a los primeros impulsores de la urbanización.
En el medio, la transición de la matriz productiva ganadera hacia el aprovechamiento de los recursos naturales, los atractivos turísticos y la actividad forestal con el objeto de evitar el despoblamiento y “asegurar la soberanía nacional en la extensa región cordillerana”, como se pensaba en los ‘70 y ‘80, provocó vaivenes que pusieron en jaque a esta comunidad, como ya pasó en otros puntos de la región, cuando los trabajos terminaron y la desocupación obligó al éxodo de muchos de los que habían llegado buscando otro horizonte.
Aún así, hubo generaciones y generaciones de familias que resistieron y hoy se presentan orgullosos desde la Patagonia, como “el Portal del Corredor de los Lagos” que encuentra en la naturaleza, la pesca deportiva, la historia local y sus celebraciones populares, siempre un buen motivo para cobijar a quienes los quieran visitar.
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