Chimpay celebra años de raíz compartida con Ceferino: tradición y fe que construyen identidad
Esta tierra fue su cuna y el horizonte que seguro lo vio correr siendo niño, jugando cerca del río. El próximo mes de agosto se cumplen 140 años de su nacimiento y del inicio de un vínculo que perduró más allá de los cambios, con la devoción de por medio.
«Aquí comienza la historia», dice una reseña detrás de la Mayólica que en 1959 empezó a reunir a los devotos de Ceferino Namuncurá en Chimpay. Distante a varias cuadras del actual Santuario que homenajea al beato, este sitio es uno de tantos en el ejido local, que quizás pasan desapercibidos cuando miles de turistas y peregrinos llegan directo a celebrar el 26 de agosto en el gran Parque. Pero sólo basta con recorrer un poco las demás calles del pueblo para saber que en esta trama se cruzan muchos hilos más, construyendo pertenencia y sentido de identidad.
De la misma manera que ese retrato del joven indígena habla de dónde comenzaron las y los vecinos de Chimpay a celebrar en torno a su figura, los archivos explican que “la propagación de sus virtudes” empezó mucho antes de que el teniente del Ejército, Mario Raone, donara esta ermita que todavía hoy está de pie junto a la Estación de tren. Se dice que desde 1911 el padre Esteban Pagliere, y luego su colega Luis Pedemonte, ambos salesianos, impulsaron el reconocimiento de la santidad de Ceferino.
Lamentablemente la partida temprana de aquel jovencito que Rosa Burgos acunó en su vientre, no le permitió volver al sitio que lo vio abrir los ojos por primera vez. Tras su muerte, por los siguientes 19 años sus restos descansaron en el cementerio de Campo Verano, en Roma, hasta que fueron repatriados en 1924 durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear, pero con destino a Fortín Mercedes (provincia de Buenos Aires) un espacio emblemático de formación, también salesiano. Es por eso que desde ese retorno, su tumba recibió con frecuencia la visita de los Namuncurá, que cruzaban todos esos kilómetros mientras en Chimpay, no olvidaban a ese hijo que se fue anhelando ser útil a su gente.

Cabe recordar que cuando Ceferino nació, hace exactamente 140 años, hacía meses que su padre Manuel había tenido que ceder el dominio de sus tierras en el Valle Medio, ante el avance del Ejército. Por eso, dicen los archivos, siendo un preadolescente con 11 años, el “descendiente de los ‘Piedra’”, por la traducción de su apellido, pidió estudiar en Buenos Aires para ayudar a su comunidad en este nuevo escenario de país que se les imponía, afectando seriamente a los suyos.
Con este pasado a cuestas, tras su fallecimiento, los años avanzaron y desde Fortín Mercedes se alentó una devoción que se sostuvo luego, con sencillez y peregrinaciones, al sur del río Colorado. Vale decirlo, se sabe que la madre del obispo Jaime de Nevares, Isabel Casares, fue una de las que impulsó la repatriación de sus restos, siendo una de las líderes porteñas de la “Junta de Cooperadoras de la Patagonia”. Luego su hijo, el apreciado referente en la Diócesis de Neuquén, haría lo propio, como autoridad y como devoto.

Desde entonces, en Chimpay se nombró a Ceferino una y otra vez, por representar la vida sacrificada de muchos patagónicos, que en una mezcla de fe y tradición se impregnaron de una biografía que unía a nacidos, criados y nuevos vecinos en un sentimiento común. A la procesión central, que empezó en las inmediaciones de la plaza San Martín y que hoy ya acumula 56 ediciones desde la Cruz del 5º Centenario, las canciones y la transmisión de boca en boca, de generación en generación, entre familias de la zona urbana y rural, alentaron la creencia popular y católica, de pedirle al “Lirio de la Patagonia” que interceda por milagros y ayuda, trascendiendo las fronteras entre provincias y las clases sociales.
“En 1967, el Concejo Municipal de Chimpay proyectó un parque recordatorio cerca de la bajada de “Paso Corto” y el 27 de junio de 1971 Provincia inauguró el primer monumento en el predio que lleva su nombre”, donde se colocó la icónica escultura hecha en madera de lenga por Juan Sánchez, explica la reconstrucción histórica local. Por eso llegan hasta allí peregrinos, jinetes, ciclistas y de a pie, incluso desde otros puntos del país, para cumplirle promesas. Fuera de Río Negro tampoco faltan sus santuarios, pese a la distancia que los separa.

A nivel institucional, como Chimpay tampoco tenía fecha de fundación precisa, se tomó justamente el día del fallecimiento de Ceferino en 1905 como puntapié para la organización comunal que avanzó hasta la actualidad, según un decreto provincial de 1970, explicó el municipio en su sitio web.
En la localidad proliferaron los reconocimientos, en una avenida, comercios e imágenes, que convirtieron a Chimpay, a partir de Ceferino, en un destino fuerte del turismo religioso. La laguna cercana al Santuario, de hecho, lleva también el nombre de Rosa Burgos, como recordatorio.

Aún así, pese a que son miles los visitantes que pasan por allí cada año (Chimpay fue declarada la Capital Provincial del Peregrino por tener la mayor convocatoria al sur de Luján), la recepción que ofrecen los anfitriones no pierde su esencia: son el camping y las tortas fritas, el alojamiento en viviendas particulares y el asado, el complemento del único hotel chimpayense, haciendo de la experiencia algo genuino y bien criollo, sin protocolos.
Historia sensible si las hay en este sur argentino, en el que confluyen heridas y reivindicaciones, el encuentro y las diferentes miradas según la tradición católica o la cultura originaria, todo esto no impide que la difusión de la vida de Ceferino siga llamando al compartir entre familias, en una raíz diversa, como lo es esta identidad rionegrina.
"Aquí comienza la historia", dice una reseña detrás de la Mayólica que en 1959 empezó a reunir a los devotos de Ceferino Namuncurá en Chimpay. Distante a varias cuadras del actual Santuario que homenajea al beato, este sitio es uno de tantos en el ejido local, que quizás pasan desapercibidos cuando miles de turistas y peregrinos llegan directo a celebrar el 26 de agosto en el gran Parque. Pero sólo basta con recorrer un poco las demás calles del pueblo para saber que en esta trama se cruzan muchos hilos más, construyendo pertenencia y sentido de identidad.
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