El milagro de Ángel: sobrevivir, resistir y volver a encenderse

En el 2011 sufrió un grave accidente que le llevó dos años de recuperación. Estuvo al borde de no contarla, pero en la fabricación de fogones y estufas, encontró un nuevo sentido a su vida. Comenzó con un pequeño taller y lo llamó Ignis Artesanal. A fuerza de trabajo y visión empresarial, el negocio creció y hoy vende cientos de productos a toda la Patagonia.

Por Walter Rodriguez

En una chacra de Ingeniero Huergo, donde la historia familiar se remonta a 1925, un accidente cambió el rumbo de una vida atravesada por el campo. Lo que parecía el final de una etapa, terminó siendo el punto de partida de un oficio que hoy combina tradición, innovación y una fuerte identidad artesanal.


Ángel Morales tiene 54 años y es tercera generación sobre una tierra que compró su abuelo, inmigrante español. Durante décadas, la producción fue mutando: de la alfalfa y los granos a la ganadería, la fruticultura y la vid de la mano de su padre. Ángel tomó las riendas en 2005, con la misma lógica que había aprendido desde chico: trabajar, resistir y adaptarse a los cambios, aunque nunca imaginó hasta dónde. En 2011, en un tramo de ruta entre Mainqué y su pueblo, todo cambió en segundos.

“Salía a las 6 de la mañana con mi madre en el auto rumbo al campo que mi padre había comprado en la Línea Sur. Era un viaje relámpago, a llevar algunos insumos que necesitábamos allá. Apenas pisamos la ruta, un muchacho, borracho, nos chocó de atrás y nos hizo caer en la banquina. Nos tumbamos y dimos 7 u 8 vueltas. Tuve 10 fracturas en la cadera, así que por un buen tiempo se terminó todo para mí”, nos cuenta Ángel en el galpón de grandes dimensiones donde hoy se está emplazando Ignis Artesanal, aquel tallercito metalúrgico de los inicios que una década después es una empresa en potencia. El galpón está a la vera de la Ruta 22, a pocos kilómetros de aquel accidente que casi le cuesta la vida.

Ángel cuenta su historia desde el nuevo galpón de Ignis Artesanal, ubicado a pocos kilómetros del lugar donde tuvo el accidente que casi le cuesta la vida. (Fotos/ Andrés Maripe)

Ángel estuvo tres meses en una cama sin moverse y con una duda brutal: si iba a volver a caminar. Lo que siguió fue lento y doloroso. Tuvo que ser trasladado a Buenos Aires donde fue intervenido por un especialista, en una cirugía muy compleja. “Me operó un médico iraní que estaba en Argentina, un genio. Me restauró la cadera sin necesidad de prótesis. Después tuve un proceso largo de 2 años y medio rehabilitación”. Había que volver a empezar desde lo más básico: el movimiento, el equilibrio y sobre todo, paciencia.

Ángel estuvo tres meses en una cama sin poder levantarse. En total, la rehabilitación le demandó más de dos años y medio.

Con un ritmo de vida distinto y lejos de la dinámica habitual de la chacra, comenzó casi de manera casual a fabricar estufas. El primer paso no tuvo intención comercial. A los pocos días, los pedidos se multiplicaron. “A un amigo le hice dos estufas de regalo porque las necesitaba para un trabajo. Me trajo los materiales, se las hice, no se las cobré y él las publicó. A los diez días tenía 20 pedidos de estufas”. De a poco, el fuego y los hierros se convertían en su nuevo lenguaje.

En 2019, en un taller mínimo, empezó su nuevo oficio de verdad. La apuesta coincidió con la pandemia, un contexto que, lejos de frenar el emprendimiento, lo potenció. “Las redes sociales fueron clave. La gente tenía tiempo y empezó a buscar este tipo de productos”, explica. El interés por la calefacción a leña y los espacios de reunión en torno al fuego, jugaron a favor.
A Ángel se le revelaba un oficio, pero quería imprimirle otra identidad. “No quería hacer lo que hacían todos, sino desarrollar productos con valor agregado y diseño propio”. Hoy fabrica estufas a leña, a pellet y modelos híbridos, además de fogoneros, parrillas, hornos y ahumadores. Cada pieza se realiza de manera artesanal y, en muchos casos, a partir de requerimientos específicos de los clientes.


La gente viene con una idea porque necesita una cosa así, para que le sea funcional para cierta actividad y yo se la dibujo. Le damos forma, probamos primero si le gusta y avanzamos. El tipo que se dedica a la metalúrgica lo respeto mucho. Es un oficio bárbaro y hoy los oficios se han perdido. Hay muy poca gente joven para esto”.

También hay innovación y una mirada hacia adelante. Desde el año pasado Ángel comenzó con el desarrollo de estufas a pellet, ese combustible hecho de descarte forestal, como respuesta a un problema real: la escasez de leña. Más eficiente, más sustentable, más seguro, con buen rendimiento térmico y menores emisiones. Tecnología sin perder la esencia.

Ángel, durante la charla con Río Negro. Detrás, las estufas a pellets que viene desarrollando desde al año pasado. (Foto/Andrés Maripe)

Y después está la cocina. El cruce perfecto entre fuego y creación. A través de Ignis Artesanal, Ángel incursionó en el rubro gastronómico con hornos lechoneros, hornos pizzeros tipo napolitano y equipos diseñados junto a cocineros profesionales. Algunos desarrollos implicaron desafíos técnicos, con ideas que llegan desde lejos, como la construcción de planchas inspiradas en modelos asiáticos, adaptadas al uso local.

“Una vez un muchacho me trajo la foto de una plancha que había visto en un viaje que hizo a Indonesia. Son esas planchas de la cocina oriental. Me dice: necesito que me hagas esto. Fue un desafío súper interesante porque tuve que fabricar hasta las herramientas para poder armarlo. Es una plancha de 1,20 de diámetro que tiene un espacio útil de alrededor de 45 centímetros todo en el diámetro y en el centro tiene el orificio donde se pone la leña. La hice con una parrilla giratoria y un asador a los lados. Es decir está argentinizada. No hay en el mercado algo así, es único”, apunta Ángel con orgullo.

La planchuela oriental «argentinizada», según Ángel. Un diseño gastronómico único.

En un tiempo donde los oficios se pierden y lo rápido reemplaza a lo bien hecho, él eligió otro camino: darle valor a lo artesanal, pero también entender que sin una mirada comercial, el talento se pierde. “Cuando recién nos iniciamos en esto, me decían que haga cestos de basura, chulengos con tanques de 200 litros… Pero ya hay cientos que hacen lo mismo, entonces hay que darle valor agregado, tener una marca. Eso es un plus, y es ahí donde sugiero al que emprenda algo, que apunte a hacer lo que otros no hacen”.

Actualmente, Ángel trabaja en conjunto con el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) para la evaluación y futura homologación de estufas de bajo consumo, en línea con una normativa que busca establecer estándares para este tipo de equipamiento en el país. Además, uno de sus modelos fue adoptado en el Plan Calor provincial: el año pasado fabricó estufas para 22 de las 35 comisiones de fomento de Río Negro, a partir de un diseño accesible, funcional y apto para cocinar.


Con producción aún mayormente manual, el desafío actual es escalar sin perder calidad ni identidad. “La idea es crecer, pero que cada producto siga siendo único”, señala antes de la despedida. Entre la herencia de la chacra y el aprendizaje forzado por la adversidad, encontró un nuevo camino. Aquel hombre que dudó si volvería a caminar, no abandonó su origen pero lo transformó. Dejó de trabajar la tierra y ahora lo hace con los hierros y el fuego, con una marca propia que empieza a consolidarse en toda la región.

El horno pizzero napolitano. A gas, leña o dual, un producto genuino y único en toda la Patagonia. (Foto/Andrés Maripe)


En una chacra de Ingeniero Huergo, donde la historia familiar se remonta a 1925, un accidente cambió el rumbo de una vida atravesada por el campo. Lo que parecía el final de una etapa, terminó siendo el punto de partida de un oficio que hoy combina tradición, innovación y una fuerte identidad artesanal.

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