Jugar es una necesidad: por qué el tiempo libre también construye el desarrollo infantil
El juego libre ayuda a desarrollar habilidades cognitivas, emocionales y sociales. Especialistas explican por qué el aburrimiento, el movimiento y el tiempo sin consignas también son claves durante la infancia.
El tiempo sin actividades programadas favorece la autonomía y la iniciativa.
Una caja que se convierte en una casa. Una sábana puede ser una capa, una carpa o el techo de un refugio. Correr, trepar, construir, derribar y volver a empezar. En este Día del Niño, la invitación también es a recuperar el valor de algo tan simple y esencial como jugar. Estas son algunas situaciones cotidianas que pueden parecer apenas entretenimiento, pero detrás de cada una ocurren procesos fundamentales para el desarrollo infantil.
“Lejos de ser solo una actividad recreativa o un pasatiempo, el juego es una necesidad biológica fundamental y el motor principal del aprendizaje en la infancia. Cuando las infancias juegan, se mueven y exploran su entorno, no solo despliegan creatividad: están construyendo su arquitectura cerebral”, explican profesionales de Siete Sentidos.
Siete Sentidos es un instituto de Roca especializado en neurodesarrollo infantil que trabaja con bebés, niños y adolescentes del Alto Valle. El equipo interdisciplinario está integrado por profesionales de diferentes áreas vinculadas con el desarrollo y la salud infantil, con un abordaje que busca integrar las distintas disciplinas y trabajar junto con las familias.
El cerebro también juega
Jugar pone en funcionamiento el movimiento, las emociones, el pensamiento y el lenguaje. Resolver cómo construir una torre para que no se caiga, recordar las reglas de un juego, esperar un turno o cambiar de estrategia cuando algo no resulta son experiencias que movilizan diferentes capacidades.
“Cuando las infancias juegan, su cerebro no solo se activa, sino que entra en un estado de alta conectividad y neuroplasticidad. Durante la actividad lúdica se ponen en marcha de manera integrada la emoción, el pensamiento, el lenguaje y el movimiento”, explican.
En ese proceso intervienen las llamadas “funciones ejecutivas”: la memoria de trabajo, el control de los impulsos y la capacidad de adaptarse cuando una situación cambia. El movimiento también ocupa un lugar central. Correr, saltar, trepar o balancearse permite desarrollar el equilibrio y la percepción del propio cuerpo, mientras que manipular objetos, encastrar, construir o dibujar incorpora destrezas cada vez más precisas.
El juego permite representar lo que todavía puede ser difícil de poner en palabras. Inventar personajes, recrear situaciones o asignarles otros significados a los objetos abre un territorio para la imaginación, pero también para las emociones.
“Es una ventana al mundo interno del niño. A través de él se pueden observar intereses, formas de relacionarse, emociones y preocupaciones. Los adultos pueden prestar atención a qué juega, cómo juega, si repite situaciones, cómo resuelve conflictos o si aparecen frustraciones. Mirar los gestos y escuchar las palabras y frases que emite mientras juega brinda información valiosa sobre su desarrollo”, señalan.

Aburrirse también sirve
Si jugar resulta tan importante, una de las preguntas es cuánto espacio real queda hoy para hacerlo. Escuela, deportes, idiomas, talleres y otras actividades forman parte de la vida de muchos chicos. Son experiencias que pueden enriquecerlos, pero también existe el riesgo de organizar cada momento disponible.
Para los especialistas, recuperar el juego libre implica primero revisar una idea bastante instalada entre los adultos: que un chico que no está haciendo nada está perdiendo el tiempo.
“El juego libre ocupa un lugar fundamental, pero para que aparezca primero tenemos que perderle el miedo al aburrimiento. Hoy la prisa, la rutina y muchas veces la culpa por la falta de tiempo llevan a las familias a llenar la agenda de los chicos con actividades, creyendo que un niño sin hacer nada está perdiendo el tiempo”, plantean.
La escena resulta familiar: aparece el “me aburro” y rápidamente llega una propuesta adulta, una actividad o una pantalla para llenar ese vacío. Sin embargo, esperar un poco puede producir otro resultado.
“El aburrimiento no es un vacío que hay que tapar corriendo; es la antesala de la verdadera creatividad, la autonomía y la iniciativa propia. Las infancias no necesitan agendas completas. Lo que realmente necesitan son espacios de tiempo libre y adultos disponibles, presentes para sostener y validar ese momento”.
En esos períodos sin una consigna externa aparecen decisiones que parecen pequeñas pero implican aprendizajes: decidir a qué jugar, inventar una historia con lo que hay a mano, convencer a otro para sumarse, acordar reglas o buscar una solución cuando surge un problema.
La diferencia, explican, no está entre actividades “buenas” y “malas”. Las propuestas dirigidas por adultos también aportan aprendizajes. El punto es conservar un equilibrio que deje lugar para lo que los propios chicos pueden crear.
“En las actividades dirigidas muchas veces las reglas, los tiempos y las soluciones ya están dadas por el adulto. Si bien estas propuestas son valiosas, cuando ocupan todo el tiempo del niño dejan poco espacio para desarrollar autonomía real. El desarrollo no depende de la cantidad de estímulos, sino de la calidad de las experiencias”.

Lo que no tiene reemplazo
Las pantallas introducen otra disputa por ese tiempo disponible. Celulares, tabletas, videojuegos y contenidos audiovisuales forman parte de la vida cotidiana y el planteo no pasa necesariamente por eliminarlos. La diferencia está en las experiencias que pueden quedar desplazadas cuando su presencia ocupa buena parte del tiempo libre.
“Un niño que juega activamente desarrolla habilidades sociales, emocionales y cognitivas en interacción real con otros. Aprende a leer gestos, interpretar emociones, negociar y resolver conflictos, y esto se da fundamentalmente en el encuentro presencial con otros”, explican.
También importa el contacto con el mundo material. Bloques, muñecos, telas, cajas, pelotas o elementos cotidianos no tienen una única función y por eso pueden convertirse en otra cosa. El chico debe imaginar qué hacer con ellos, transformarlos y construir su propio juego.
“Si bien puede haber estimulación, la pantalla no reemplaza la vivencia corporal ni el contacto directo con otros. Los niños que pasan más tiempo en entornos virtuales tienen menos oportunidades de desarrollar experiencias sensoriales, empatía y habilidades sociales reales”, advierten.
Por eso la recomendación es buscar un equilibrio y preservar momentos cotidianos en los que la pantalla no sea la respuesta automática frente al tiempo disponible.
Estar disponibles sin dirigir
Favorecer el juego no significa comprar determinados juguetes ni organizar grandes propuestas. Una caja, bloques, telas, elementos de la casa o un espacio donde encontrarse con otros chicos pueden ser suficientes. Lo más difícil, muchas veces, es ofrecer algo bastante menos material: el tiempo.
También supone aceptar que los adultos no tienen que resolver cada dificultad. Una discusión por las reglas, una construcción que se cae o un momento en el que nadie sabe qué hacer pueden convertirse en oportunidades para negociar, tolerar una frustración, volver a probar o encontrar una salida propia.

Acompañar, entonces, no significa necesariamente conducir el juego. Puede ser participar cuando los chicos lo proponen, observar, garantizar un espacio seguro o simplemente permitir que las cosas sucedan sin intervenir de inmediato.
“Dar tiempo para jugar es dar oportunidades para crecer, aprender y construir bienestar. Acompañar sin dirigir, observar sin intervenir constantemente y confiar en el juego como motor del desarrollo es uno de los mejores regalos que se les puede ofrecer a los niños”, resumen los profesionales.
Detrás de una tarde aparentemente sin hacer nada puede estar ocurriendo mucho: una idea que recién aparece, una frustración que encuentra salida, un conflicto que se necesita negociar o una caja de cartón que, por un rato, deja de ser una caja. Por eso, concluyen: “jugar es una necesidad, no un lujo”.
Una caja que se convierte en una casa. Una sábana puede ser una capa, una carpa o el techo de un refugio. Correr, trepar, construir, derribar y volver a empezar. En este Día del Niño, la invitación también es a recuperar el valor de algo tan simple y esencial como jugar. Estas son algunas situaciones cotidianas que pueden parecer apenas entretenimiento, pero detrás de cada una ocurren procesos fundamentales para el desarrollo infantil.
“Lejos de ser solo una actividad recreativa o un pasatiempo, el juego es una necesidad biológica fundamental y el motor principal del aprendizaje en la infancia. Cuando las infancias juegan, se mueven y exploran su entorno, no solo despliegan creatividad: están construyendo su arquitectura cerebral”, explican profesionales de Siete Sentidos.
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