Soldados de plomo

Redacción

Por Redacción

Que los simpatizantes del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hayan reivindicado el “relato” oficial y hayan criticado, a menudo con ferocidad, a quienes no comparten su punto de vista no debería motivar inquietud. Al fin y al cabo, es natural que en un país democrático y pluralista como la Argentina se celebren debates vigorosos entre los comprometidos con diversas posturas ideológicas y sería bueno que nos acostumbráramos a ellos. Lo que sí es preocupante es la aprobación evidente de ciertos integrantes del gobierno nacional del empleo de métodos que son propios de un Estado policíaco para intimidar y amordazar a sus adversarios. Parecen entender que para imponer su propio punto de vista tendrán que contar con la ayuda de militantes que, al igual que los fascistas europeos de hace aproximadamente ochenta años y sus equivalentes del primer peronismo en nuestro país, se dedican a hacer callar a los demás. La semana pasada tales sujetos se las arreglaron para bloquear durante cinco horas las plantas impresoras de los dos matutinos de mayor tirada del país. Así pues, luego de manejar durante años la publicidad oficial según criterios netamente partidarios, subsidiando a medios afines al kirchnerismo y discriminando en contra de aquellos que no lo son, mofándose de las protestas de quienes señalaban que el dinero en juego es de todos, no de la facción política gobernante, los kirchneristas emprendieron una campaña seudolegal furibunda contra el Grupo Clarín y La Nación para debilitarlos económicamente. Incluso llegaron al extremo de acusar a sus directivos de haber colaborado con torturadores militares para apoderarse de la empresa mixta Papel Prensa. Dicha pretensión no prosperó, pero últimamente el gobierno ha reanudado la ofensiva no sólo contra “el monopolio” sino también contra otros medios, echando mano a los servicios de matones sindicales y bandas de piqueteros que, para que no queden dudas en cuanto a sus motivos para bloquear las plantas de Clarín y La Nación, se proclaman “los soldados del pingüino”. Huelga decir que la policía, siempre respetuosa de los intereses políticos del régimen de turno, trátese de una dictadura militar o de un gobierno democrático, no pensó en intervenir para normalizar el reparto de los dos matutinos porteños, limitándose a mirar pasivamente mientras los militantes oficialistas pisoteaban la ley. Asimismo el canciller Héctor Timerman opinó, Twitter mediante, sobre el asunto, tomándolo por una travesura genial; le convendría asumir una actitud menos jocosa, ya que espectáculos como el brindado por los camioneros de Hugo Moyano e hijo, y por los “soldados del pingüino”, desprestigian mucho al país y al gobierno del que forma parte. En Europa y América del Norte está difundiéndose con rapidez la impresión de que la presidenta Cristina y quienes la rodean están alejándose de la democracia para internarse en una zona gris en que las amenazas reemplazan los argumentos razonados. Desde mayo del 2003 tanto los Kirchner como sus partidarios más vehementes hablan como si a su entender quienes no los apoyan estuvieran vinculados de un modo u otro con el régimen militar más reciente. Lo ven detrás del campo, del empresariado no cortesano, de los acreedores, de los que se oponen a los cortes de rutas por “luchadores sociales” y de los preocupados por la inseguridad ciudadana. Será cuestión de “la construcción del enemigo”, una maniobra que fue emprendida con entusiasmo por Néstor Kirchner y su esposa, pero una consecuencia de la obsesión así supuesta es que, frente a la libertad de expresión, el gobierno kirchnerista se asemeja cada vez más a la dictadura. A juzgar por la metodología que ha elegido para silenciar a quienes piensan distinto, son muchos los funcionarios del gobierno de Cristina que quieren que una vez más la Argentina padezca una etapa que sea recordada como una de “años de plomo” en que, por convicción, por miedo, por oportunismo o por motivos descaradamente económicos, casi todos los medios de difusión repitan las mismas consignas, adhiriéndose al mismo “relato” y marginando a los dispuestos a cuestionarlo. No es demasiado probable que los autoritarios que abundan en el entorno de Cristina logren su propósito, pero sería un error subestimar su capacidad para causar graves perjuicios a la cultura cívica de país.


Que los simpatizantes del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hayan reivindicado el “relato” oficial y hayan criticado, a menudo con ferocidad, a quienes no comparten su punto de vista no debería motivar inquietud. Al fin y al cabo, es natural que en un país democrático y pluralista como la Argentina se celebren debates vigorosos entre los comprometidos con diversas posturas ideológicas y sería bueno que nos acostumbráramos a ellos. Lo que sí es preocupante es la aprobación evidente de ciertos integrantes del gobierno nacional del empleo de métodos que son propios de un Estado policíaco para intimidar y amordazar a sus adversarios. Parecen entender que para imponer su propio punto de vista tendrán que contar con la ayuda de militantes que, al igual que los fascistas europeos de hace aproximadamente ochenta años y sus equivalentes del primer peronismo en nuestro país, se dedican a hacer callar a los demás. La semana pasada tales sujetos se las arreglaron para bloquear durante cinco horas las plantas impresoras de los dos matutinos de mayor tirada del país. Así pues, luego de manejar durante años la publicidad oficial según criterios netamente partidarios, subsidiando a medios afines al kirchnerismo y discriminando en contra de aquellos que no lo son, mofándose de las protestas de quienes señalaban que el dinero en juego es de todos, no de la facción política gobernante, los kirchneristas emprendieron una campaña seudolegal furibunda contra el Grupo Clarín y La Nación para debilitarlos económicamente. Incluso llegaron al extremo de acusar a sus directivos de haber colaborado con torturadores militares para apoderarse de la empresa mixta Papel Prensa. Dicha pretensión no prosperó, pero últimamente el gobierno ha reanudado la ofensiva no sólo contra “el monopolio” sino también contra otros medios, echando mano a los servicios de matones sindicales y bandas de piqueteros que, para que no queden dudas en cuanto a sus motivos para bloquear las plantas de Clarín y La Nación, se proclaman “los soldados del pingüino”. Huelga decir que la policía, siempre respetuosa de los intereses políticos del régimen de turno, trátese de una dictadura militar o de un gobierno democrático, no pensó en intervenir para normalizar el reparto de los dos matutinos porteños, limitándose a mirar pasivamente mientras los militantes oficialistas pisoteaban la ley. Asimismo el canciller Héctor Timerman opinó, Twitter mediante, sobre el asunto, tomándolo por una travesura genial; le convendría asumir una actitud menos jocosa, ya que espectáculos como el brindado por los camioneros de Hugo Moyano e hijo, y por los “soldados del pingüino”, desprestigian mucho al país y al gobierno del que forma parte. En Europa y América del Norte está difundiéndose con rapidez la impresión de que la presidenta Cristina y quienes la rodean están alejándose de la democracia para internarse en una zona gris en que las amenazas reemplazan los argumentos razonados. Desde mayo del 2003 tanto los Kirchner como sus partidarios más vehementes hablan como si a su entender quienes no los apoyan estuvieran vinculados de un modo u otro con el régimen militar más reciente. Lo ven detrás del campo, del empresariado no cortesano, de los acreedores, de los que se oponen a los cortes de rutas por “luchadores sociales” y de los preocupados por la inseguridad ciudadana. Será cuestión de “la construcción del enemigo”, una maniobra que fue emprendida con entusiasmo por Néstor Kirchner y su esposa, pero una consecuencia de la obsesión así supuesta es que, frente a la libertad de expresión, el gobierno kirchnerista se asemeja cada vez más a la dictadura. A juzgar por la metodología que ha elegido para silenciar a quienes piensan distinto, son muchos los funcionarios del gobierno de Cristina que quieren que una vez más la Argentina padezca una etapa que sea recordada como una de “años de plomo” en que, por convicción, por miedo, por oportunismo o por motivos descaradamente económicos, casi todos los medios de difusión repitan las mismas consignas, adhiriéndose al mismo “relato” y marginando a los dispuestos a cuestionarlo. No es demasiado probable que los autoritarios que abundan en el entorno de Cristina logren su propósito, pero sería un error subestimar su capacidad para causar graves perjuicios a la cultura cívica de país.

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