“Sonata de otoño”, una telaraña vital
Un excelente adaptación teatral de la obra de Ingmar Bergman
Para viajeros
“Sonata de otoño” -brotada de la inmensa y dolorosa vida de Ingmar Bergman, uno de los creadores más maravillosos, indagadores y profundos de la historia cinematográfica- explora la compleja relación entre Charlotte (la madre, Cristina Banegas), Helena y Eva (sus hijas, Natacha Córdoba y María Onetto) y el esposo de esta última (Viktor, Luis Ziembrowski), bajo la minuciosa dirección de Daniel Veronese. Ya por esa sola temática que ata y desata generaciones, la obra incluye, involucra. Pero, lo hace también por las actuaciones. Cada personaje es un sinuoso laberinto, difícil de recorrer, de actuar, de sostener.
Banegas muestra, una vez más, que la actuación es su mar, su amado oficio, una preciosa y constante construcción. Charlotte conmueve y aterra según los momentos que transita, aguanta o se distancia, desciende de la soberbia a la posición fetal, se yergue victoriosa o escapa con pavor. Múltiples matices que Cristina nutre con mano maestra. Ziembrowski habita con soltura y sapiencia un Viktor contenedor y protector de su mujer en ocasiones, atento, a la vez que necesariamente esquivo y cauto. Natacha Córdoba encarna, nunca más adecuado el término, a Helena, hija menor de Charlotte que sufre parálisis cerebral; su estupendo y perturbador paso por el escenario es breve, aunque sigue interviniendo, reclamando la atención de Eva o de Viktor, perturbando desde su habitación, ya entre bambalinas.
Onetto merece un párrafo aparte porque su Eva la exige hasta la médula, la hace transitar añejos dolores; rebelarse sin piedad ante su madre, con memoria precisa, lacerante; hundirse en una niñez que revolotea entre juegos y carencias afectivas; agazaparse y saltar con las uñas cargadas de verdades irrefutables, de esas que dichas, dejan sin palabras. Y María supera la prueba. Sobre las tablas del Teatro Picadero saca a relucir su más noble y pura madera actoral, sin excesos, con el brillo y la sencillez de las grandes de la escena.
Daniel Veronese ha tejido la obra de Bergman con sabiduría, paciencia, fineza e instinto de araña cuando urde su tela. Enlazando y atando cabos vitales de un modo tan natural que lo actuado semeja vivido. Todas estas virtudes juntas pueden disfrutarse -si está en Buenos Aires, de jueves a sábado a las 22:30 y domingo a las 21:45- con solo asomarse al Pasaje Discépolo 1857 a cuadra y media de Callao y Corrientes, llamar al 011-5199-5793 o entrar en www.teatropicadero.com.ar
Eduardo Rouillet
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