Soundgarden, Nirvana y los Peppers: tres discos fundamentales en un día

Si 1991 fue un gran año entre todos los años del rock, el 24 de septiembre fue un gran día entre todos los días de ese año, el de la edición de tres de los más trascendentes discos de la década.





«Badmotorfinger”. Luego de dos discos más bien experimentales, donde Soundgarden trabajó en la búsqueda de un sonido propio dentro de la escena grunge de Seattle de la cual era parte, “Badmotorfinger” los ubicará como el ala dura del movimiento. Más pesado musical y vocalmente no sólo respecto de los discos anteriores, sino de compañeros de ruta como Pearl Jam, Alice in Chains y Nirvana, Soundgarden comenzó a jugar en este disco con el estilo compositivo que vendría en su consagratorio cuarto disco, “Superunknown” (1994).

“Badmotorfinger” aportó joyas como “Rusty Cage” y “Outshined”  y el debut del bajista Ben Shepherd -en reemplazo de Hiro Yamamoto- conformando la formación clásica de Soundgarden junto a Kim Thayil, en guitarra principal; Matt Cameron en batería; y Chris Cornell, en guitarra y voz.   

“Blood Sugar Sex Magik”. Con cuatro discos editados, varios intentos de hits, un integrante –el guitarrista Hillel Slovak- muerto por sobredosis de heroína y un baterista –Jack Irons- en retirada, los Red Hot Chili Peppers o bien se reformulaban o bien pasaban a la historia demasiado antes de tiempo. Eligieron reformularse con los ingresos del baterista Chad Smith y del guitarrista John Frusciante. Ambos probaron su valía en “Mothers Milk” (1989), un interesante disco, pero no “el disco”, ese que llegaría un 24 de septiembre del célebre 1991: “Blood Sugar Sex Magic”, el disco que colocaría a Kiedis, Flea & Cía. En el lugar al que todos quieren llegar: el mainstream. Dije todo, ¿todos? No todos.  

“Blood Sugar Sex Magik” está marcado por el estado de gracias de sus integrantes, pero sobre todo por el de su flamante guitarrista. Frusciante rodeó el funk de Flea y su bajo con riffs duros y filosos llevando la música de la banda a una dimensión más oscura. Producido por Rick Rubin –porque detrás de cada gran disco siempre hay un gran productor- este disco contiene acaso la canción más celebre de los Peppers,  “Give It Away”, además de “Suck My Kiss”, “Breaking the Girl” y la sorprendente balada “Under the Bridge”, entre otras joyas.   

  “Nevermind”. Con baterista nuevo y un productor que sabía perfectamente lo que debía hacer con la banda, Nirvana abandonó la gris Aberdeen para instalarse en la luminosa Los Ángeles para trabajar en su segundo disco, el consagratorio “Nevermind”. Bajo el mando de Butch Vig, el productor en cuestión, y con Dave Grohl, el nuevo baterista de marras, Kurt Cobain y Krist Novoselic dieron forma a un trabajo que revelaría el costado pop de una de las bandas grunge más características del movimiento.

Pero, como dijo Cobain en su momento, lo único que querían entonces –mediados del 91- era hacer buenas canciones de rock con pulso de pop. Y fue justamente lo que hicieron y por lo que justamente Nevermind fue extremadamente popular. Tanto que, muy a pesar de Cobain (ya dijimos que no todos querían esto), Nirvana ingresó en el mainstream. Hitazos como “Smells Like Teen Spirit”, “Come as you are”, “Lithium” o “In Bloom” lo hicieron posible.

El éxito, la fama y abrumaron a Cobain, quien, como un héroe trágico, renegó de su destino, el que le imponía el oráculo del rock y, como un Edipo de la guitarra eléctrica buscó por todos los medios esquivar ese destino de rockstar. Sin embargo, no hizo otra cosa que ser un rockstar atribulado y cumplir con su destino trágico: el 5 de abril de 1994, Cobain decidió terminar con su vida disparándose con una vieja escopeta Remington. 


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