Spilimbergo, un clásico moderno del arte argentino del siglo XX
Oscar Smoljan Director Museo Nacional de Bellas Artes Neuquén
APUNTES DE LA CULTURA
El 12 de agosto se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de Lino Claro Honorio Enea Spilimbergo, artista fundamental de la plástica argentina en el siglo XX, maestro de maestros, muralista eximio y un “clásico moderno” -al decir de Julio Payró- que fundió en su pintura, como en un mágico crisol, el pasado y el presente en una admirable síntesis que fue a la vez su inimitable lenguaje estético y metafísico.
Nacido en 1896 en el barrio porteño de Palermo en un hogar de inmigrantes italianos piamonteses, Spilimbergo cabalga a mitad de dos mundos. Por un lado es un hombre nacido a finales del siglo XIX que, como Jorge Luis Borges, es heredero de la cultura clásica y el academicismo, pero al igual que nuestro gran genio de las letras, logró romper ese vínculo y asumirse también como un creador profundamente latinoamericano.
Es una línea divisoria de las aguas del arte argentino. Hay un antes y un después de la aparición de este creador, cuyos cuadros respiran todos los aires que su alma inhaló en su estancia de tres años en Europa a mediados de los años 20.
El renacimiento, el arte Gótico, los precursores italianos y hasta Giorgio de Chirico o Picasso, impactaron fuertemente en su sensibilidad exquisita en aquellos años iniciáticos, pero también lo hicieron por igual otros movimientos surgentes en aquellos tiempos como el constructivismo, el cubismo, el expresionismo, el fauvismo, el naturalismo y el surrealismo, a los cuales Spilimbergo asimilaría en dosis exactas e inocuas sin perder su potente personalidad.
Pero de todas estas vivencias y aprendizajes, es seguramente su paso por el taller La Grande Chaumière que dirigía el artista, crítico y precursor del cubismo André Lothe, la experiencia que haría en él la diferencia y que sería la génesis del llamado Grupo de París, del que formaron parte también artistas como Butler, Badii, Basaldúa, Bigatti y Berni y más tarde Morera, Raquel Forner, Pisarro y Dominguez Neira.
Así, entre este grupo de impresionantes artistas, Spilimbergo navega solitario en su propio mar, llevando en sus velas lo mejor de cada escuela. Sus pinturas son la marca indeleble de un arte único, tan argentino como latinoamericano y que es a la vez absolutamente universal.
En esas miradas profundas que escrutan al espectador desde cada figura, el pintor plantea enigmas metafísicos que desde hace siglos la filosofía viene preguntándose. Preguntas que parecen simples pero que encierran interrogantes milenarios. Qué es la vida, qué es la muerte, por qué vale la pena vivir, por qué vale la pena morir.
Esas preguntas anidan en cada uno de sus cuadros y en cada figura humana que nos mira desde el fondo del tiempo sin que atinemos apenas a desentrañar el misterio de esos ojos tan grandes como lo es la gran duda existencial.
Por ello, y por muchas otras cosas más, Spilimbergo es un artista único e irrepetible, más allá de las modas, de los estilos, de las ideologías e incluso de la profunda ignorancia que lo relegó al olvido en sus últimos años en su retiro cordobés de Unquillo, donde murió el 16 de marzo de 1964.
En esa casa que hoy es museo, hace tiempo que los cuadros se han marchado, pero personajes escrutadores aún moran en las paredes pintadas y le cuentan al visitante historias de los últimos días del pintor a quien José Portogalo le escribiera alguna vez:
Oh, Lino Spilimbergo
No ha cesado tu vida en nuestros días
No está tu alma sola
Ni tampoco está solo tu transparente sol
Ennoblecido
Por esa llama suave que se posa
Dulcísima en tus manos y en tu pintura eterna
Tu nombre es una lámpara que esparce su lumbre incandescente.
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