Suena Nueva Orleans en la pantalla chica

Comenzó la segunda temporada de “Treme”, la serie de HBO sobre la colapsada Nueva Orleans luego de Katrina. La historia figura entre las mejores que se hayan producido en los últimos años. Diez razones para verla.



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Si sólo tuviéramos espacio para ofrecer diez buenas razones que justifiquen la existencia de la serie de HBO, “Treme”, está sería una: la escena en la que el fantástico cantante de soul John Boutté interpreta a capela el clásico romántico “Bring It On Home to Me”, de Sam Cooke, justo en la puerta de una desvencijada casa y frente al rostro sorprendido de una chef que pretende dejar Nueva Orleans por Nueva York.

Dos. Está directamente vinculada con la primera. “Treme” es, incluso antes que una serie de televisión, creada por David Simon y Eric Overmyer (los mismos de “The Wire”) que va por su segunda temporada, un mosaico donde convergen la actualidad (referida al colapso de Nueva Orleans pos-Katrina) y la exquisita y vertiginosa cultura de una ciudad volcada a la música, elemento emblemático de dicha cultura.

Tres. Hay una cuota de realismo, de divertida soltura en los actores que participan en “Treme”, que difícilmente uno podrá encontrar en otras producciones. Es decir: las mejores series siempre albergan excelentes actores, no pocos negados para la pantalla grande pero perfectos anfitriones en la pantalla chica. Aquí “Treme” marca una distancia no menor. Los actores parecen no actuar. De verdad, es como si los actores hubieran olvidado por completo que una cámara asiste sus movimientos. Y esta naturalidad, esta honestidad con que desarrollan su trabajo actoral (para algunos de ellos Nueva Orleans es “su” mundo, puesto que son oriundos de la ciudad), es parte definitiva de la innegable seducción que posee “Treme”. Entre ellos: Wendell Pierce, Melisa Leo, John Goodman (brillante en el papel de un escritor deprimido y bloqueado), Clarke Peters, Lucía Micarelli y Steve Zahn.

Cuatro. “Treme” está literalmente atravesada por la música y sus músicos. Los productores se encargaron de ubicar detrás de los diálogos, como privilegiado telón de fondo, el sonido y las palabras de auténticos artistas que habitualmente pueblan la escena de Nueva Orleans. El resultado de esta combinatoria, en la cual ficción y realidad suman sus fuerzas, es impecable. Las cámaras siguen a los personajes por barrios, restaurantes, bares y barsuchos de mala muerte y hasta patios traseros donde la fiesta eterna se corporiza. En distintos cameos los televidentes asisten a fragmentos de recitales o jam sessions de artistas como Allen Toussaint, Troy “Trombone Shorty” Andrews, Dr. John, Steve Earle, Sammie “Big Sam” Williams, Paul Sanchez, Donald Harrison, The Pine Leaf Boys, entre muchos otros.

Cinco. Antoine Batiste, el entrañable, patético y desvergonzado trombonista interpretado por Wendelll Pierce. Batiste es un buscavidas, un destacado músico y un cazador urbano de pura cepa. Recorre la ciudad en taxi a la pesca de una oportunidad para tocar. Para él, y en él encarnan miles de músicos de Nueva Orleans, tocar es vivir, es comer y es persistir. Se lo verá entonces a Batiste en plena ejecución en un bar de “jazz people”, donde los entendidos disfrutan con su “caño” y luego, o mejor dicho antes, en un casamiento haciendo dulzones standards junto a una banda de dormilones del oficio.

Seis. Albert “Big Chief” Lambreaux, un ser humano mitológico que representa la autoridad, el pasado y el arte en su instancia más pura. El personaje actuado por Clarke Peters es el alma que persevera, que no olvida. El que revindica el estar y ser parte de Nueva Orleans y, finalmente, es el Big Chief, una figura en la cual recaen las líneas históricas de la comunidad. Los Indian Red resultan de la combinatoria de usos culturales africanos y americanos, todo regado por sus connotaciones rítmicas y tonales.

Siete. Esta escena vale un cuarto de la serie: un grupo de indios liderado por Lambreaux ensayan al tiempo que improvisan en un oscuro espacio que alguna vez fue un bar y que han recuperado para vivir mientras esperan su momento, cuando deban tomar las calles vestidos como indios. Big Chief lleva el ritmo con una pandereta, mientras un coro lo sigue interpretando un mantra: “Agua profunda mamá”. Estremecedor.

Ocho. Momentos musicales. Muchos, diversos, breves, elegantes, supremos, perfectos bocadillos de una banquete que sólo puede servirse en Nueva Orleans. Trompetistas en plena faena en un bar colmado de gente. Un recital que apenas se interrumpe unos segundos por la tempestad y sigue, sigue así la fiesta. Una bacanal en un patio. Otra en un departamento. Un par de chicos tocando el piano y el violín en una calle cualquiera y la gente involucrada una y otra vez en esta energía que justifica la vida de todos.

Nueve. Mardi Gras, el carnaval que define y explica tanto a “Treme”, el barrio, como a la serie, como a Nueva Orleans en su conjunto. Un momento, un paréntesis, donde nadie pregunta nada y las riendas se sueltan. Haz y no mires atrás, podría ser uno de los tantos lemas. En el entretanto, música a chorros, a paladas, como un rayo gigantesco que encuentra oposición, y tragos para todos, señores, comida y dispersión de parte de quienes saben que están en el lugar adecuado y en el instante correcto.

Diez. La música recuperada y expuesta. Al igual que un universo paralelo, “Treme” ha estado allí desde hace milenios. No asistimos a su Big Bang pero sabemos que los mejores músicos del planeta se dan cita en sus escenarios. “Treme” ha permitido a que algunos de ellos sean reconocidos y homenajeados y ha logrado algo más importante aún: instalar el jazz, el blues, el soul, en fin, los numerosos géneros y ritmos de origen negro, en la pantalla y al alcance de la mano.

Y uno más. Nueva Orleans como pretexto y motivo de la serie. “Treme” es uno de los barrios más antiguos de la ciudad, en el que se instalaron los primeros hombres y mujeres de color libres. Es, por supuesto, una de las fuentes de las que se nutre la basta cultura de Nueva Orleans. Sin esta urbe, este escenario ampliado, punto de encuentro de indios, africanos, europeos y americanos, de ayer, hoy y de siempre, el mundo sería distinto. Tal vez levemente distinto, pero se notaría su ausencia.

Y cómo.

Claudio andrade

candrade@rionegro.com.ar


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