Tema agotado

No ayudan las diatribas rudimentarias de Moyano y las "investigaciones" de jueces y legisladores sobre la deuda externa "ilegítima y fraudulenta".

Por Redacción

Hay que sentir cierta lástima tanto por la murga gremial, política y clerical que a pesar de todo sigue asistiendo a los actos de protesta, trátese de los organizados por el camionero Hugo Moyano o de los un tanto menos ruidosos celebrados por una entidad que se llama «La Comisión Bicameral Jubileo 2000», contra la parte de la deuda externa que a su juicio debería considerarse «ilegítima y fraudulenta». Saben que algo anda terriblemente mal en la economía del país y les encantaría poder aprovecharlo, pero puesto que no entienden qué podría ser, han decidido desenterrar el tema de la deuda con la esperanza de probar que todo se debe a una vil conspiración foránea. Esta teoría, que una generación atrás contaba con la aprobación de buena parte de la clase política nacional, incluyendo al caudillo radical Raúl Alfonsín, sigue atrayendo a dirigentes de pocas luces como el ex candidato presidencial peronista Eduardo Duhalde, pero su poder de convocatoria se ha reducido muchísimo. Por eso, la protesta más reciente organizada por Moyano, en la que se dedicó a repartir insultos matonescos entre los miembros del gobierno del presidente Fernando de la Rúa, no atrajo a más de tres o cuatro mil personas, entre sindicalistas que fueron trasladados a la Plaza del Congreso en micros y curiosos que por casualidad se encontraban en el lugar.

Nadie ignora que la deuda sí constituye un problema y que sería maravilloso poder eliminarla de golpe, pero luego de escuchar las diatribas rudimentarias de personajes como Moyano, las plegarias sensibleras del párroco Luis Farinello y los aportes a veces disparatados de otros integrantes del por fortuna cada vez más pequeño movimiento moyanista, los más comprenden que aunque existiera una «solución» milagrosa no la encontrarían los resueltos a aprovechar el asunto en beneficio propio. Tampoco ayudarán mucho aquellos jueces y legisladores que desde hace un par de décadas la han estado «investigando» en un esfuerzo surrealista por distinguir entre la deuda «legítima» -es de suponer que por eso aluden a los préstamos que en su opinión sirvieron al «pueblo»- y la parte «fraudulenta». No es que no se hayan producido maniobras dolosas relacionadas con la deuda, es que con escasas excepciones los encargados de «investigar» parecen creer que si los negocios privados reciben algún beneficio será a raíz de un crimen político, hipótesis un tanto extravagante en el mundo irremediablemente capitalista en el que todos vivimos.

De todos modos, todo hace pensar que esta campaña que hace algunos meses pareció estar por cobrar dimensiones importantes ya se ha agotado a causa de la escasa entidad intelectual de sus impulsores más vehementes, pocos de los cuales han querido reconocer que el Fondo Monetario Internacional no es el acreedor principal, de suerte que incluso si sus técnicos se apiadaran de nosotros y decidieran cancelar lo debido los beneficios serían aproximadamente nulos. Según las cifras disponibles, el grueso de la deuda consiste en bonos que están en manos de decenas de miles de ahorristas diseminados por todo el planeta, con muchos de ellos en la Argentina misma. Lo cual significa que una parte significante de la deuda no es exactamente «externa». De más está decir que los tenedores de bonos -los cuales sin duda incluyen a algunos sindicalistas locales- no tienen motivo alguno para sentirse culpables. Por el contrario, es de suponer que cierta proporción de estos «salvajes» optó por comprar bonos argentinos en vez de otros ofrecidos por naciones de trayectoria menos accidentada, porque le gustaba la idea de contribuir al desarrollo del país. Así las cosas, si muchos inversionistas se sintieran tan convencidos por las arengas de Moyano o las súplicas clericales que decidieran dejar de hacer sufrir a los argentinos librándose de los bonos malditos, los únicos perjudicados por su bondad serían los que dependen de la evolución de la economía nacional, realidad que el camionero no entenderá pero que para la mayoría es tan patente que, aun cuando tenga motivos de sobra para quejarse, no muestra interés alguno en prestarse a una campaña que a esta altura es tan absurdamente anacrónica que ni siquiera atrae a políticos mediáticos notorios por su voluntad de participar en virtualmente cualquier protesta.