Terrorismo y armas químicas
Opiniones
Emilio J. Cárdenas – Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
Desde los cruentos atentados terroristas del 13 de noviembre pasado, en París, el mundo ha estado en alerta acerca del peligro –ahora cotidiano– que representa la posibilidad de que cualquiera, en cualquier parte y momento, pueda de pronto ser víctima de un atentado protagonizado por grupos terroristas islámicos, imbuidos de su conocido fanatismo religioso. Por esto se está examinando constantemente –y con alta preocupación– la posibilidad de que el terrorismo acceda, de pronto, a armas de destrucción masiva –esto es atómicas, químicas o biológicas– y las utilice, desatando un drama de los que hasta ahora no han pasado de ser más que una horrible pesadilla. Lo cierto es que, entre 1970 y el 2000, han existido nada menos que 32 distintos incidentes o atentados en los que se ha detectado concretamente la utilización de explosivos en conjunción con armas químicas. Por esto se considera que éstas son probablemente la opción más peligrosa que pueden tener los terroristas en materia de acceso a armamento de destrucción masiva. Esos incidentes ocurrieron sustancialmente con motivo de las convulsiones que afectaron a Irak, tanto en su feroz guerra contra Irán como durante la llamada Guerra del Golfo. Al Qaeda, sin embargo, ha fracasado siempre cuando de recurrir a esas armas se trata. Al menos hasta ahora. Gracias a Dios. Con la excepción de los ataques con cloro perpetrados en Irak entre octubre de 2006 y junio de 2007, según nos explica el autor israelí Ely Karmon, que ha investigado este tema en profundidad. No obstante, tras los conflictos en Libia, Irak y Siria, la alarma de los organismos especializados y de la comunidad internacional creció muy significativamente. Porque en Libia apareció una importante instalación de almacenamiento de gas mostaza y, más aún, porque en Irak las instalaciones de Al Muthanna cayeron en manos de los insurgentes. Además, el clan Assad parece haber utilizado despiadadamente gas sarín en agosto de 2014 contra su propio pueblo. Y luego también cloro, muy pocos meses después. Estado Islámico, a su vez, recurrió también al uso de armas químicas en julio de 2014, presumiblemente de gas mostaza. Lo hizo por primera vez contra las fuerzas kurdas en la batalla de Kobani, en Siria, cuando de pronto tomaran el control de esa ciudad. Desde entonces, los combatientes kurdos han debido enfrentar ataques de ese tipo con alguna reiteración en sus distintos combates contra las milicias del grupo yihadista. La capacidad de EI en esta materia disminuyó de pronto cuando, en un ataque individual absolutamente selectivo, los norteamericanos lograron este año ultimar a un sujeto conocido como Salih Jasim Muhammed Falah al-Sabawi, el más notorio especialista en este peligrosísimo tipo de armas con que Estado Islámico contaba. El terrorista ultimado, cabe destacar, trabajaba desde el 2005 con armas químicas y era considerado como un especialista de alta peligrosidad. Había adquirido previamente su reconocida experiencia precisamente en la antes mencionada base iraquí de Muthanna, que está emplazada apenas a unos 70 kilómetros al noroeste de Bagdad. Allí había depositados, al tiempo de caer esa base en manos de las milicias islámicas, nada menos que unos 2.500 misiles con ojivas en las que había gas sarín, la mayoría de los cuales estaban presumiblemente ya degradados. En rigor habían sido almacenados en espera de ser destruidos, pero cayeron sorpresivamente en manos de los insurgentes. Los atacantes se llevaron de inmediato algunos materiales y elementos que encontraron en esas instalaciones, lo que genera una justificada preocupación. Esa base era conocida por contener toda suerte de armas químicas. Operaba desde 1980. Y en su momento producía unas 4.000 toneladas anuales de armas químicas, con personal bien entrenado en esa peligrosa labor. Por esto la preocupación que aún existe ante la posibilidad de que de ella se hubieran sustraído elementos o materiales capaces de ser usados por el terrorismo. Lo cierto es que el alerta en esta materia existe y que el peligro de una repentina utilización de armas químicas por parte de las organizaciones terroristas no es una mera fantasía, sino una posibilidad real y concreta. Muy lamentablemente. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas