Tiempo de tristeza

Pareciera que los líderes políticos aún no entendieron el colapso del viejo esquema corporativo y populista con el cual se identificaron.

Por Redacción

Según la encuestadora estadounidense Gallup, los habitantes de Kosovo, seguidos por los vietnamitas y los nigerianos, son los más optimistas del mundo frente al año que ya se ha iniciado, mientras que los argentinos se encuentran entre los más pesimistas. Si bien los resultados de sondeos de este tipo son de valor limitado y, de todas maneras, dependen de factores heterogéneos -es comprensible que pueblos que acaban de sobrevivir a una guerra atroz, una serie de convulsiones violentas o un largo período de estrechez hayan opinado que el futuro inmediato podría ser mucho mejor que el pasado reciente-, en esta ocasión han servido para recordarnos que el desánimo constituye uno de los problemas principales del país. Aunque no cabe duda de que en los próximos doce meses el argentino promedio vivirá decididamente mejor que sus homólogos de la región más miserable de los Balcanes o de países tan pobres como Vietnam y Nigeria, mientras que éstos creen que el futuro les será un poco menos cruel, aquí la mayoría se ha convencido de que de ahora en adelante todo irá de mal en peor, actitud que, obvio es decirlo, por su incidencia en la conducta de millones de personas contribuye a asegurar que las previsiones lúgubres de los pesimistas se cumplan.

¿A qué se debe el ya célebre “malhumor” de los argentinos? No puede tener mucho que ver con la magnitud real de los problemas locales: sería absurdo creerlos más graves que los enfrentados por los israelíes, rusos o paquistaníes, los cuales -conforme a Gallup- contemplan el futuro con cierta ecuanimidad, dando por descontado que a pesar de todo habrá “soluciones” para las dificultades más urgentes. Por supuesto, estos pueblos, lo mismo que muchos otros, nunca creyeron que la prosperidad les había sido garantizada y, por lo tanto, se han resistido a entregarse a las expectativas exageradas que tradicionalmente han florecido en la Argentina. Asimismo, la explicación habitual de que se trata de la consecuencia lógica de una recesión prolongada, parece muy superficial: los ciclos económicos son normales y es bien posible que dentro de algunos meses el país comience a recuperarse.

Para muchos, la desconfianza generalizada es fruto del desempeño decepcionante del gobierno de Fernando de la Rúa, pero si sólo fuera cuestión de los errores atribuidos a un mandatario determinado, muchos ya se sentirían esperanzados porque, al fin y al cabo, ha comenzado un año electoral y, de quererlo, los votantes podrían arreglárselas para obligar al presidente a cambiar de equipo, conformándose con un papel menos ejecutivo y más decorativo. Sin embargo, ocurre que la mayoría tampoco siente entusiasmo alguno por la oposición peronista, la cual, intuye, no sería muy distinta de la Alianza gobernante. Aunque no existe ninguna ley según la cual la gente se vea constreñida a limitarse a aliancistas y peronistas, muchos piensan y hablan como si no se encontrara nada fuera de los movimientos tradicionales. Dicho de otro modo, la causa del “malhumor” no consiste en que De la Rúa sea resueltamente aburrido o que sus ministros sean inoperantes, sino en que la clase política en su conjunto ni siquiera intenta plasmar un “proyecto” que resultaría capaz de convencer a la ciudadanía de que el país está avanzando hacia un destino deseable.

El fracaso así supuesto sí es grave. Parecería que los líderes políticos nacionales aún no han podido entender el pleno significado del colapso definitivo del viejo esquema corporativo y populista con el cual virtualmente todos se habían identificado. En vez de tratar de hacer frente a los problemas concretos del país, los más notorios prefieren perder el tiempo procurando reivindicar sus propias ilusiones anteriores, de ahí la repetición nostálgica de eslóganes totalmente desactualizados y la negativa a comprometerse sin ambages con la política económica que cualquier gobierno tendría que instrumentar. Como es natural, la falta de sinceridad que es la característica más notable del grueso de la clase política ha incidido de forma perversa en el estado de ánimo de los demás que, conscientes de que abundan “dirigentes” que anteponen sus intereses personales a los de la comunidad, han dejado de creer en la idoneidad y buena fe de sus propios representantes.