¿Tiene un futuro la UCR?

El que, el crónicamente anárquico PJ aparte, la UCR sea el único partido que cuenta con representantes en todo el territorio nacional nos dice más acerca del estado lamentable de las instituciones políticas del país que de los eventuales méritos de un movimiento cuyo candidato tuvo que conformarse con un magro 11,14% de los votos en las elecciones del mes pasado. Aunque los aparatos partidarios tienen cierta importancia en las campañas electorales, pesan mucho menos que la imagen del candidato y de su entorno personal. Si brindan la impresión de ser capaces de gobernar bien, podrán merecer la confianza de una proporción adecuada de los votantes. Caso contrario, compartirán el destino de todos los opositores que se vieron sepultados por el alud de Cristina. Pues bien: desgraciadamente para los radicales, desde el fin prematuro de la gestión del presidente Raúl Alfonsín, ser militante de la UCR constituye una desventaja, ya que para la mayoría de los argentinos el radicalismo simboliza debilidad, vacilación y el apego a doctrinas socioeconómicas vetustas. En 1999 la reacción contra el menemismo, además del apoyo del Frepaso del ex peronista Carlos “Chacho” Álvarez y la muy popular progresista independiente Graciela Fernández Meijide, le permitió al radical Fernando de la Rúa superar la dificultad así supuesta, pero a juicio de buena parte del país su incapacidad para manejar la salida de la convertibilidad sirvió para confirmar que la UCR no está en condiciones de asegurar un mínimo necesario de gobernabilidad. Con todo, los radicales se niegan a darse por vencidos. Pronto celebrarán una nueva convención nacional en que procurarán analizar los motivos de su virtual marginación, renovar las autoridades partidarias y prepararse para otro intento de recuperar el lugar que creen merecer en el panorama político del país. La tarea que enfrentan no es sencilla. La UCR corre peligro de verse convertida en un club de nostálgicos, de costumbres anticuadas, que estén mucho más interesados en sus propias internas que en aspirar a formar un gobierno nacional. Mal que bien, a pesar de las pretensiones progresistas de los radicales, la UCR es vista como un partido en el fondo representativo de épocas que se fueron hace varias décadas. Puede que el “relato” del gobierno actual sea aún más anacrónico que el favorecido por los radicales, pero no cabe duda de que la mayoría lo encuentra más emocionante. Por razones comprensibles, muchos atribuyen el hundimiento, acaso definitivo, de la UCR al fracaso catastrófico de la gestión del presidente De la Rúa, pero la verdad es que comenzó a naufragar cuando el triunfo histórico de Raúl Alfonsín en las elecciones de 1983. Al dar por descontado que todos los muchos problemas económicos del país se debían a la malignidad del régimen militar, pasando por alto el hecho de que ya antes del golpe que puso fin a la gestión de Isabel Perón el país sufría una de sus periódicas crisis “terminales”, Alfonsín se negó a tomar en serio el peligro planteado por la inflación galopante que andando el tiempo se transformaría en hiperinflación. Sin embargo, lejos de reconocer que luego de haber perdido de tal manera el control de la economía les convendría cambiar sus “doctrinas”, los alfonsinistas optaron por proclamarse víctimas de un “golpe de mercado” y más tarde, cuando el rival interno De la Rúa estaba en la Casa Rosada, conspiraron en su contra acusándolo de “neoliberalismo”. Por lo demás, a pesar de que mucho tiempo ha transcurrido desde los finales caóticos de las gestiones de Alfonsín y De la Rúa, los radicales aún no han renovado por completo su pensamiento económico que, a menudo, parece más apropiado para el mundo de hace por lo menos un siglo que para el actual, convulsionado como está por las crisis amenazadoras que están provocando estragos en la mayor parte de Europa, en Estados Unidos y que, según algunos, pronto podrían privarnos de la locomotora china que tanto ha contribuido al crecimiento macroeconómico que posibilitó la reelección triunfal de Cristina. Puesto que la Argentina pronto sentirá el impacto de lo que está sucediendo en el exterior, sería positivo que tanto la UCR como otras agrupaciones opositoras se pusieran a pensar en alternativas a la versión kirchnerista del “modelo” populista tradicional.


El que, el crónicamente anárquico PJ aparte, la UCR sea el único partido que cuenta con representantes en todo el territorio nacional nos dice más acerca del estado lamentable de las instituciones políticas del país que de los eventuales méritos de un movimiento cuyo candidato tuvo que conformarse con un magro 11,14% de los votos en las elecciones del mes pasado. Aunque los aparatos partidarios tienen cierta importancia en las campañas electorales, pesan mucho menos que la imagen del candidato y de su entorno personal. Si brindan la impresión de ser capaces de gobernar bien, podrán merecer la confianza de una proporción adecuada de los votantes. Caso contrario, compartirán el destino de todos los opositores que se vieron sepultados por el alud de Cristina. Pues bien: desgraciadamente para los radicales, desde el fin prematuro de la gestión del presidente Raúl Alfonsín, ser militante de la UCR constituye una desventaja, ya que para la mayoría de los argentinos el radicalismo simboliza debilidad, vacilación y el apego a doctrinas socioeconómicas vetustas. En 1999 la reacción contra el menemismo, además del apoyo del Frepaso del ex peronista Carlos “Chacho” Álvarez y la muy popular progresista independiente Graciela Fernández Meijide, le permitió al radical Fernando de la Rúa superar la dificultad así supuesta, pero a juicio de buena parte del país su incapacidad para manejar la salida de la convertibilidad sirvió para confirmar que la UCR no está en condiciones de asegurar un mínimo necesario de gobernabilidad. Con todo, los radicales se niegan a darse por vencidos. Pronto celebrarán una nueva convención nacional en que procurarán analizar los motivos de su virtual marginación, renovar las autoridades partidarias y prepararse para otro intento de recuperar el lugar que creen merecer en el panorama político del país. La tarea que enfrentan no es sencilla. La UCR corre peligro de verse convertida en un club de nostálgicos, de costumbres anticuadas, que estén mucho más interesados en sus propias internas que en aspirar a formar un gobierno nacional. Mal que bien, a pesar de las pretensiones progresistas de los radicales, la UCR es vista como un partido en el fondo representativo de épocas que se fueron hace varias décadas. Puede que el “relato” del gobierno actual sea aún más anacrónico que el favorecido por los radicales, pero no cabe duda de que la mayoría lo encuentra más emocionante. Por razones comprensibles, muchos atribuyen el hundimiento, acaso definitivo, de la UCR al fracaso catastrófico de la gestión del presidente De la Rúa, pero la verdad es que comenzó a naufragar cuando el triunfo histórico de Raúl Alfonsín en las elecciones de 1983. Al dar por descontado que todos los muchos problemas económicos del país se debían a la malignidad del régimen militar, pasando por alto el hecho de que ya antes del golpe que puso fin a la gestión de Isabel Perón el país sufría una de sus periódicas crisis “terminales”, Alfonsín se negó a tomar en serio el peligro planteado por la inflación galopante que andando el tiempo se transformaría en hiperinflación. Sin embargo, lejos de reconocer que luego de haber perdido de tal manera el control de la economía les convendría cambiar sus “doctrinas”, los alfonsinistas optaron por proclamarse víctimas de un “golpe de mercado” y más tarde, cuando el rival interno De la Rúa estaba en la Casa Rosada, conspiraron en su contra acusándolo de “neoliberalismo”. Por lo demás, a pesar de que mucho tiempo ha transcurrido desde los finales caóticos de las gestiones de Alfonsín y De la Rúa, los radicales aún no han renovado por completo su pensamiento económico que, a menudo, parece más apropiado para el mundo de hace por lo menos un siglo que para el actual, convulsionado como está por las crisis amenazadoras que están provocando estragos en la mayor parte de Europa, en Estados Unidos y que, según algunos, pronto podrían privarnos de la locomotora china que tanto ha contribuido al crecimiento macroeconómico que posibilitó la reelección triunfal de Cristina. Puesto que la Argentina pronto sentirá el impacto de lo que está sucediendo en el exterior, sería positivo que tanto la UCR como otras agrupaciones opositoras se pusieran a pensar en alternativas a la versión kirchnerista del “modelo” populista tradicional.

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