Treinta y tres son buenos

juan mocciaro jmocciaro@rionegro.com.ar

San Lorenzo fue campeón con tan sólo 33 puntos, pero pudo haberlo sido un equipo que no ganó en los últimos ocho partidos. Es más, el Ciclón fue campeón sin ganar ninguno de los últimos tres partidos: los empató, incluso sin convertir goles en los últimos dos. Se puede decir esto y mucho más sobre San Lorenzo y su consagración. Pero no se estará diciendo nada para entender tal consagración. San Lorenzo fue el único equipo que se supo candidato desde el principio. Que quiso serlo y lo asumió. Jugó para eso. Mientras otros decían no saber para qué estaban en el torneo, San Lorenzo lo sabía y lo decía: estamos para ser los campeones. Y por eso fue el dueño del torneo. Lo fue en dos sentidos: uno positivo, cuando ganó y lidera y el otro, negativo, cuando perdió y dio oportunidades a otros. Si otros tres equipos llegaron a la última fecha con chances no fue por ellos sino por el propio San Lorenzo que se los permitió. San Lorenzo fue conducido técnicamente por Juan Antonio Pizzi, que forma parte de una camada de jóvenes entrenadores formados en Europa, primero como jugadores luego como técnicos. Presentó un esquema poco habitual para el fútbol argentino: 4-2-3-1. (Re)inventó a Julio Buffarini como lateral derecho, un lugar de la cancha donde el fútbol argentino tiene serios problemas porque ya no aparecen los tradicionales marcadores de punta y tampoco termina de entender del todo la función del lateral volante. El Ciclón fue ofensivo siempre, lo que no significa que haya sido altamente efectivo. Contó con una doble usina generadora de juego: Piatti y Romagnoli. Supo sobreponerse a las lesiones de sus goleadores, Cauteruccio y Verón, sin contratar sustitutos y apoyándose en jóvenes delanteros de la casa. Puede que no sea el mejor equipo en una proyección histórica, pero aquí y ahora, San Lorenzo es el mejor de todos.

río suelto


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