Un clima mejor
Aunque podría ser cuestión de nada más que otra ilusión, en la actualidad el panorama frente al país parece menos tétrico de lo que era el caso hace solamente dos o tres meses. Como el ministro de Economía, Roberto Lavagna, ha estado subrayando últimamente, las tendencias económicas principales se modificaron «hace cien días» al estabilizarse la tasa de cambio, si bien a un nivel que debe más a las expectativas sumamente pesimistas de la mayoría que al valor genuino del peso, mientras que es posible que la economía real haya por fin encontrado un piso y que en adelante comience a crecer a un ritmo modesto. Además, en el frente externo, los cambios han sido notables. La crisis brasileña, que a juicio de muchos continuará agravándose a pesar del «blindaje» de treinta mil millones de dólares otorgado por el FMI, ha obligado al gobierno de Estados Unidos a abandonar su política de dureza moralizadora hacia América Latina. Por cierto, el secretario del Tesoro, Paul O»Neill, habrá entendido que a esta altura no ayuda demasiado insistir en achacar nuestro colapso a nada más que la corrupción política. Mal que les pese a los reacios a pensar en rescates masivos similares a los emprendidos por el gobierno de Bill Clinton, es probable que los países del «Primer Mundo» se vean forzados a intervenir vigorosamente en los mercados de capitales a fin de brindar a América Latina la posibilidad de seguir evolucionando sin correr el riesgo de experimentar una y otra vez convulsiones financieras que no estaría en condiciones de soportar. Asimismo, a raíz de los escándalos provocados por la bancarrota de empresas gigantescas como Enron y WorldCom, los norteamericanos ya no confían tanto en su propia infalibilidad cuando de la política económica se trata.
El que el gobierno del presidente George W. Bush se haya visto constreñido a revisar sus opiniones acerca de la mejor forma de manejar las violentas turbulencias que se han desatado no sólo en América Latina sino también en los mercados principales del mundo desarrollado no es un dato menor. La nueva flexibilidad de Washington ha servido para facilitar un mayor pragmatismo en el sur, al eliminar la idea de que los dirigentes políticos de la región tendrían que arrodillarse frente a Estados Unidos, aceptando sin chistar un paquete doctrinario completo. Antes bien, es cuestión de la necesidad compartida de adaptarse a circunstancias imprevistas. De igual importancia en este sentido han resultado las polémicas que están celebrándose entre los gerentes actuales del FMI y sus críticos: si bien el internismo así supuesto ha tenido algunas consecuencias muy negativas, por lo menos ha difundido la impresión de que el organismo está dispuesto a abandonar el «dogmatismo» de antes y que por lo tanto a los demás les correspondería reaccionar de la misma manera constructiva. Así, pues, el líder del Partido de los Trabajadores brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, ha podido afirmar que «acudir al Fondo es como visitar al dentista. No me gusta, pero de vez en cuando tengo que ir». En el contexto latinoamericano, definiciones de esta clase no pueden sino incidir en la retórica de muchos políticos y otros que se han acostumbrado a tomar al FMI por un enemigo, no por una agencia internacional cuyos eventuales errores se han debido menos a la perversidad imperialista que al hecho evidente de que no existan soluciones sencillas para aquellos países que precisan ser ayudados.
De todos modos, a partir de la caída del gobierno del presidente Fernando de la Rúa y el desplome de la convertibilidad, tanto la Argentina como los demás países latinoamericanos han experimentado algunos cambios muy significantes. La visión romántica, por decirlo así, del default como solución para todos los males, ha perdido su brillo. La noción de que sería sumamente fácil confeccionar una «alternativa», un «modelo» que no fuera ni capitalista ni socialista también está siendo abandonada por dirigentes que antes hablaban como si se creyeran plenamente capaces de concretarlo. Que esto ocurriera, habrá decepcionado a muchos tanto aquí como en Europa, pero acaso la evolución ideológica así reflejada haya sido necesaria para que América Latina termine adaptándose al mundo como efectivamente es.