Un detalle semántico
¿Abortar o adelantar el nacimiento? Desgraciadamente para la Iglesia, la gente sabe muy bien que está en juego mucho más que la definición de una palabra.
Según el diccionario de la Real Academia Española, la voz “abortar” quiere decir “interrumpir la hembra, de forma natural o provocada, el desarrollo del feto durante el embarazo”, de suerte que la Corte Suprema de Justicia de la Nación acaba de autorizar un aborto, decisión que ha merecido la plena aprobación de algunas autoridades de la Iglesia Católica que, conforme a sus miembros, debería tener la palabra final sobre esta cuestión, además de los representantes de otras confesiones religiosas y, obvio es decirlo, de los muchos que no comulgan con ninguno. Sin embargo, por ser la Iglesia Católica firmemente contraria al aborto por cualquier motivo, tanto sus voceros como los habituados a asumir como propias sus opiniones se han negado a reconocer que el fallo de la Corte que permite a una mujer interrumpir de forma provocada el desarrollo de un feto sin cerebro, que moriría al nacer, tiene algo que ver con el tema, advirtiéndonos contra interpretaciones a su juicio tergiversadas destinadas a hacer pensar que la Argentina se haya apartado de la postura intransigente de los líderes del culto mayoritario.
Dadas las circunstancias, es lógico el afán de los comprometidos con la actitud del Vaticano ante el aborto de minimizar las connotaciones del fallo, insistiendo en que hay una diferencia fundamental entre abortar y “adelantar” el nacimiento de un feto que no podría sobrevivir al parto, pero ya es evidente que no les será dado lograr su propósito. Desgraciadamente para ellos, el resto del país sabe muy bien que está en juego mucho más que la definición de una palabra. De tener razón aquellos que aseveran que el fallo de la Corte no cambia nada en absoluto, su decisión sobre la situación de la mujer que está por dar luz a un feto que sufre de anencefalia no hubiera desatado un amplio debate nacional en torno de sus implicancias. Aunque está claro que se trata de un caso excepcional, sería absurdo considerarlo “actual, único e irrepetible”: muy pocos casos lo son y los mismos planteos que incidieron en las deliberaciones de una Corte llamativamente conservadora, acostumbrada a privilegiar las opiniones eclesiásticas, tendrán que tomarse en cuenta una y otra vez en el futuro cuando la salud mental de la madre corra peligro o cuando la vida del por nacer sería con toda seguridad breve, dolorosa o, según los médicos, meramente física.
Desde el punto de vista de la Iglesia, están en lo cierto aquellos clérigos que protestaron con virulencia contra el fallo por entender que supone lo que uno calificó de “una apertura a la posibilidad jurídica del aborto eugenésico”. Al reivindicar la tesis de que hay que juzgar todos los casos conforme a sus méritos, reconociendo que algunos deberían considerarse especiales, los cinco jueces de la Corte Suprema que votaron en favor de “adelantar” el nacimiento del feto sin cerebro abandonaron, acaso definitivamente, la posición férreamente antiabortista de la Iglesia Católica para internarse en el terreno plagado de dudas y de dificultades éticas de los demás moralistas en que las respuestas a los dilemas humanos raramente son sencillas.
He aquí el motivo por el que la decisión de la Corte ha dado lugar a un debate tan apasionado. Mal que les pese a los resueltos a permitir que cuando del aborto se trata la Iglesia Católica mantenga una suerte de dictadura ética sobre todos los habitantes de un país pluralista en que muchos no comparten sus creencias, ya parece más probable que antes que la Argentina termine siguiendo a otros países de cultura similar, entre ellos España e Italia, en los que la legislación vigente refleja lo que realmente ocurre y no, como sucede aquí, lo que según la Iglesia debería ocurrir. Si bien el aborto está prohibido por ley, parecerían que aquí las operaciones de este tipo son tan frecuentes como en países de tradiciones radicalmente distintas, aunque por llevarse a cabo de manera forzosamente clandestina y por lo tanto en condiciones a menudo inmundas, las consecuencias para la mujer pueden ser trágicas. Por supuesto que las víctimas de las operaciones torpes realizadas por individuos no preparados son casi siempre pobres: de lo contrario, podrían trasladarse a una clínica óptimamente equipada del Primer Mundo sin tener que preocuparse por obstáculos legales que se dan en nuestro país y en un puñado de otros.