Un gran agujero
Con cierta frecuencia, se difunden cifras que sirven para subrayar la magnitud de la brecha que nos separa de los países avanzados. Por ejemplo, según un informe de la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología, en la Argentina la investigación cuesta el 0,42 del producto bruto, mientras que en los Estados Unidos se invierte el 2,61 por ciento. Asimismo, por ser aquel país muchísimo más rico que el nuestro, el gasto por persona en términos absolutos es 25 veces mayor. Claro, en comparación con los demás países latinoamericanos nuestra situación no parece tan mala, porque en muchos la inversión es todavía menor, debido a que la cantidad de científicos es sumamente pequeña, pero aun así llama la atención que los brasileños inviertan 108.000 dólares por científico y los argentinos sólo 45.000. Si bien tales guarismos podrían resultar engañosos porque no miden la calidad de la investigación ni distinguen entre las diversas disciplinas, no cabe duda de que el esfuerzo científico de nuestro país es mínimo.
Se trata de un fenómeno cultural. A diferencia de los países anglohablantes, los escandinavos, Alemania, Holanda y Francia, los de origen hispano raramente han manifestado mucho interés por la investigación científica. Es como si tomaran al pie de la letra las palabras de Miguel de Unamuno, «que inventen ellos», conformándose con ser consumidores de los frutos de los esfuerzos ajenos a fin de poder dedicarse a asuntos más elevados como la teología. En efecto, tan poderosa ha sido la tradición anticientífica que durante el proceso militar un ministro de Educación, el muy piadoso Juan Rafael Llerena Amadeo, no vaciló en advertirnos sobre los peligros de prestar demasiada atención a cuestiones a su entender tan poco espirituales como las que obsesionaban a los investigadores. Por fortuna, mucho ha cambiado desde aquellos días, pero si bien se ha hablado sin pausa de la importancia de las ciencias «duras», la Argentina sigue dándoles la espalda.
Aunque nunca han faltado los dispuestos a atribuir el estado lamentable de la investigación científica tanto aquí como en otras partes de América Latina a la ubicua y al parecer eterna crisis económica, sugiriendo de esta manera que si tuviéramos más dinero no tardaríamos en producir una «comunidad científica» equiparable con la norteamericana, la verdad es que la resistencia a tomar la ciencia en serio constituye una de las causas fundamentales del atraso económico. No es una cuestión tanto de los eventuales aportes financieros de los descubrimientos cuanto de las actitudes que subyacen en la negativa a considerar las ciencias exactas lo suficientemente «nobles» como para plantear una alternativa digna a una persona talentosa. En los siglos últimos, las sociedades en las que las ciencias hayan sido cultivadas con naturalidad por una proporción significante de la población han prosperado, mientras que las otras, regidas por valores no científicos o precientíficos, se han hundido en la miseria. Lejos de beneficiarse a raíz de su negativa a gastar recursos participando de la gran aventura científica del hombre moderno, se han mostrado totalmente incapaces de aprovechar los avances que ésta ha supuesto.
Puede que los prejuicios anticientíficos que hacen que en nuestras universidades la facultades más prestigiosas aún sean, lo mismo que hace siglos, las de Derecho y Medicina estén por atenuarse a causa de la «globalización» que está estimulando la «norteamericanización» de todas las culturas tradicionales, pero tendrán que transcurrir muchos años antes de que la Argentina aporte tanto como Holanda, por ejemplo. Destruir una comunidad científica es fácil, construirla en sociedades acostumbradas a depender de los frutos de investigaciones que se llevan a cabo en otras latitudes es sumamente difícil, sobre todo si la que antes existió gracias a lo hecho por inmigrantes y sus descendientes de la primera generación se ha visto diezmada y los investigadores que sobrevivieron a la persecución y a la indiferencia conforman una suerte de proletariado sin prestigio.