Un mentiroso lleno de vida en un tiempo gris
ace unos años los fanáticos de Kevin Bacon, aquel actor tan disímil, protagonista de la última versión del «Hombre invisible» («El hombre sin sombra»), inventaron un juego de relaciones entre películas que, para ganar, siempre debía terminar en el nombre del actor. Un ejemplo más sencillo de lo que terminaron siendo estas asociaciones sería empezar con Patrick Swayze que actuó con Demi More en «Ghost» que actuó con Kevin Bacon en «Cuestión de Honor». La cantidad de elementos puede variar hasta límites insospechados.
Y si todo confluye al fin en el nombre del actor de «Línea mortal» (Denzel Washington que actuó con Michael Keaton en «Mucho ruido y pocas nueces» que actuó con Glenn Close en «El periódico» que actuó con Jeremy Irons en «Mi silencio me condena» que actuó con Bruce Willis en «Duro de matar III» que actuó con Richard Gere en «El Chacal» que actuó con Julia Roberts en «Mujer bonita» que actúo con Kevin Bacon en «Línea mortal», perdón, ya caímos en la tentación) cuánto más ocurre con los libros.
Un libro insinúa el relato del siguiente que aún no ha sido escrito y a los anteriores hasta Homero o empezando por él. Un libro lleva al siguiente en un juego similar al de Bacon que parece no tener límites aunque los tiene.
Jorge Luis Borges y Umberto Eco semejan organismos mitológicos capaces de atraer y expulsar, potenciadas, las ideas que laten en un papel. Dos monstruos de la lectura capaces de absorber el conocimiento de la humanidad.
«El Aleph» puede ser entendido también como una alegoría de la lectura voraz. «…para Borges el mundo es una ilusión especulativa, o un laberinto, o un espejo que refleja otros espejos», escribió el crítico Harold Bloom en su libro «Cómo leer y por qué» (Norma). Ese espejo es el libro.
Es factible suponer también que la confesión de Umberto Eco de que tiene en su biblioteca personal más de 30 mil libros y ha leído más, forma parte del mito que el propio Eco ha construido sobre sí mismo. Si alguien fuera capaz de leer un libro por día en 10 años habría llegado a la ya de por sí llamativa cifra de 3.650 libros. Hay que leer bastante más que eso de promedio diario para alcanzar el récord de Eco.
Pero si no lo hicieron, Borges y Eco, simulan muy bien un nivel de conocimiento y títulos como pocas veces se ha visto en la historia de la literatura. Entre ambos dejan la impresión de haberlo leído todo. Toda la historia, toda la ciencia, toda la ficción.
«Antes de conocer a Borges, o bien había leído en silencio o alguien me había leído en voz alta un libro elegido por mí. Leer en voz alta a aquel escritor ciego entrado en años era una experiencia curiosa, porque si bien yo me sentía, no sin esfuerzo, en control del tono y del ritmo de la lectura, era, sin embargo Borges, el oyente, quien se convertía en amo del texto. Yo era el conductor, pero el paisaje, el espacio exterior, pertenecía al conducido, para quien no existía otra responsabilidad que la de captar lo que había al otro lado de la ventanilla. Borges elegía el libro…», escribió Alberto Mangel en su «Historia de la lectura».
Su experiencia coincide con la que sentimos al adentrarnos en el relato de Eco. Sus obras, por aglutinantes, por apasionadas, por enciclopédicas, se desarrollan sobre inmensos cables -textos, gruesos, altos, bajos- que atraviesan la literatura y el pensamiento universal.
El manuscrito de «El nombre de la rosa» fue hallado -dice Eco- en una vieja librería de Buenos Aires, la ciudad en la que Jorge Luis Borges situó su encuentro con «El Aleph». Esa misma librería pudo ser el local en que el trabajó otro escritor brillante y periodista, Roberto Arlt. ¿Por qué no? De esta manera damos inicio al juego de relaciones.
En «El nombre de la Rosa», Eco introduce el personaje de un bibliotecario ciego en una evidente referencia al autor de «Ficciones». Eco comentó en una entrevista que un amigo suyo había descubierto que en la Edad Media, en Burgos, había un bibliotecario con estas características. Al personaje en cuestión lo llamó Jorge de Burgos. Entre ambos apellidos hay una asociación fonética. «Fue un pretexto y un homenaje», explicó Eco.
Como Borges, Eco ha llevado una vida más cerca del estudio que de la acción física. Esa coincidencia torna la gestación de sus obras un enigma maravilloso. Con «Apocalípticos e integrados» (Tusquets) el autor italiano, describió los puntos de contacto entre la conducta social contemporánea, los medios y las historietas, una gesta posible sólo después de ingerir enormes cantidades de textos e imágenes, tal cual aclaró en el prólogo de la obra. Eco comenzó a desmitificar las lecturas canónicas de los intelectuales modernos desde una acción, si acción, poco frecuente en el gremio hasta ese momento, el consumo respetuoso de lecturas populares.
A Borges lo imaginamos vestido de traje de domingo la mayor parte del día pero pocos como él describieron la esencia de la épica gauchesca mediante el relato donde coinciden el azar con lo inevitable del destino.
La ambición por el conocimiento de Borges queda evidenciada en muchas de sus obras en donde lo real y lo imaginario mantienen un diálogo tan intenso que terminan por construir un nuevo tipo de ficción. Un poco distanciada de la ficción en sí y prima segunda o tercera de la non fiction de Truman Capote.
En una entrevista de hace un par de años con «Río Negro», Federico Andahazi, el autor de «El anatomista», definió a Borges como un escritor que cierra una era y a Julio Cortázar como el que la deja abierta ¿Qué se puede escribir después de Borges? o en otro terreno ¿Qué se puede componer después de Astor Piazzolla?
«Mi abuela, muy enferma estaba leyendo. Hace bien, dijo Alexander Schulz, estudia, se prepara para el Cielo» (George Loring Frost, The Sundial, 1924)», citan Borges y Adolfo Bioy Casares en esa recopilación descomunal que es «Libro del Cielo y del Infierno» (Emecé). De pronto, en la lectura de Borges y Eco, todos los personajes de las historias que narran (algunas bajo el signo de lo posible) y todas las citas de lo que dijeron se vuelven sospechosas. ¿Existieron esos seres que pueblan su literatura? ¿Fueron tales o peores? ¿Cuándo habla la realidad y cuándo el ensueño?
«Yo no voy a la caza de leones, no escalo el Everest, no me drogo, así que mi única aventura es intelectual. Si repaso la historia de mi vida no podría contar ninguna aventura física. Pero Walt Disney no era ratón, no se debe buscar correspondencia punto por punto entre el autor y el personaje», le dijo Eco a la periodista española Sol Alameda del «El País». Aunque Eco ensayista es uno y Eco novelista, otro.
Dicen que en sus conferencias Eco tiene por costumbre fumar varios atados y servirse tantos whiskies como le caben con dignidad en el cuerpo. Y aunque se diga, cuesta creerlo. Tal vez Borges llevó vidas paralelas que lo conectaron con el mundo fantástico descripto en su literatura. Cuenta el escritor chileno José Donoso en su «Historia personal del boom» que conoció a Borges en Buenos Aires, cuando él hacía sus primeros intentos creativos en una pensión del microcentro. Una noche unos amigos le presentaron al escritor, quien se mostraba obsesionado por ser testigo de experiencias sobrenaturales.
El mito del «come libros» está emparentado con el del escritor que «nunca leyó nada», una confesión irónica que hizo un lector consumado como Gabriel a un periodista. Borges llegó un poco más lejos en una entrevista con Osvaldo Ferrari.
-Osvaldo Ferrari: Uno de sus ensayos, Borges, que se llama «Del culto de los libros», me recordó títulos y autores que usted cita familiarmente, digamos.
-Jorge Luis Borges: Yo no recuerdo absolutamente nada de ese artículo… pero ¿hablo de los libros sagrados?….
Por supuesto a medida que se desarrolla la charla Borges demuestra saber perfectamente de qué trata el texto y se explaya sobre diversos autores y temas.
Borges y Eco podrían haber sido personajes de sus propias historias y personajes de las historias del otro: ambos tergiversadores de la verdad. Nadie ha leído tanto como para refutarlos.
Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar