Un nuevo país

Por Redacción

Desde hace un año y medio, América del Sur cuenta con un país independiente más y pronto podría tener dos. Si bien la zona «desmilitarizada» de Colombia gobernada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) aún no ha sido reconocida por diplomáticos extranjeros, y otra, que sería regida por su rival, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) no se ha formalizado todavía, la primera ya posee todos los demás atributos de un Estado soberano: su gobierno establece las leyes -las cuales son severísimas-, maneja la Policía, manda emisarios al exterior para que charlen con políticos que simpatizan con ellos y con inversores en potencia, controla las fronteras y recauda impuestos. Además, lo hace con la aprobación del gobierno encabezado por Andrés Pastrana de lo que queda de Colombia. El mandatario esperaba apaciguar de este modo a la banda guerrillera para que finalmente aceptara reintegrar sus sectores al territorio nacional. Huelga decir que ni las FARC ni el ELN tienen demasiado interés en el esquema así supuesto: lo que quieren es apoderarse de toda Colombia sin prestar atención alguna a los deseos de sus habitantes o a sus derechos, no convencer a los dirigentes tradicionales de la conveniencia de realizar algunas reformas determinadas.

Para el resto de América Latina, la virtual desintegración de Colombia plantea un desafío que los gobiernos de la región quisieran poder pasar por alto, lo cual hasta ahora han logrado hacer afirmándose partidarios firmísimos del principio de la no intervención y criticando solapadamente a los Estados Unidos por estar resueltos a colaborar con Pastrana a pesar de las dudas evidentes de sus dirigentes en cuanto al valor de su política de ceder trozos de soberanía a guerrilleros vinculados con narcotraficantes. Sin embargo, la probabilidad de que el ELN pronto tenga su propia zona independiente, más el escaso respeto de los guerrilleros por cualquier frontera -entre ellas las que separan a Colombia de vecinos como Panamá y Ecuador-, parecen destinados a obligarlos a pensar en una alternativa a la pasividad. Si no lo hacen, los Estados Unidos podrían intervenir de manera más directa en los diversos conflictos que están destruyendo a la república «hermana».

Los guerrilleros mismos claramente temen que esto esté por suceder, de ahí las advertencias repetidas sobre el peligro de que haya «otro Vietnam», comparación amenazadora que se basa en el presupuesto de que sus propias huestes estarían en condiciones de derrotar a los militares estadounidenses en el caso de que intentaran entrometerse. Según los especialistas, empero, los guerrilleros de las FARC y del ELN no causarían muchos problemas a unidades bien adiestradas que, a diferencia de los notoriamente incompetentes soldados del Ejército colombiano, podrían eliminarlos en un lapso bastante breve. Sea como fuere, a los Estados Unidos no les atrae para nada la idea de enviar tropas de combate a América Latina, en parte porque las autoridades entienden que la opinión pública local se escandalizaría por una sola baja propia, en parte porque podría desatar una marejada de furia antiestadounidense en toda la región.

Así las cosas, es de prever que en los próximos meses Washington siga intentando interesar a los gobiernos latinoamericanos en el embrollo sanguinario colombiano y que sus interlocutores continúen reivindicando la «no intervención» con la esperanza de que tarde o temprano los guerrilleros, los narcotraficantes, los paramilitares y todos los demás se esfumen. Aunque no lo reconocerán jamás, tal actitud «principista» refleja su propia resistencia a asumir responsabilidades pero, nos guste o no, si la retórica de la solidaridad o, si se prefiere, la hermandad latinoamericana que tanto complace a los políticos de la región significa algo, esto es que los ciudadanos de los países libres de América Latina tienen el deber moral de ayudar con algo más que palabras melifluas a sus semejantes en aquéllos donde la democracia y los valores encarnados por ella corren peligro de ser pisoteados por totalitarios que no creen en nada sino en la violencia.