Un primer paso
Aunque las medidas asistencialistas que acaba de anunciar la ministra de Desarrollo Social, Graciela Fernández Meijide, las cuales incluyen becas para niños de edad escolar, un «paquete básico de servicios de salud» y comida, mejorarán las condiciones de vida de los más de dos millones de personas que pertenecen a familias cuyo ingreso mensual es inferior a 67 pesos, nadie, ni siquiera la ministra misma, cree que serán suficientes como para hacer mella en la extrema pobreza que afecta a una franja muy amplia de la sociedad argentina. Es que para decepción de virtualmente todos, la experiencia de los países más avanzados, incluyendo algunos que crearon sistemas asistenciales ejemplares, ha mostrado que la miseria persistente se debe a mucho más que la mera falta de recursos materiales. Si bien siempre habrá una minoría pequeña de individuos que por razones que podrían ser calificadas de médicas nunca estarán en condiciones de valerse por sí mismos y que por lo tanto tendrán que depender del resto de la comunidad, las barreras que enfrenta la mayoría de los «estructuralmente» pobres o indigentes son básicamente culturales, en el sentido lato de la palabra, de suerte que cualquier programa cuya finalidad sea romper el «ciclo de la pobreza» ha de ocuparse de mucho más que las necesidades inmediatas de los «excluidos». Como reza el proverbio chino, si uno da un pescado a un pobre lo alimentará por un día; si uno le enseña a pescar, lo alimentará durante toda la vida.
Por fortuna, el gobierno de la Alianza parece entender esta realidad, motivo por el cual la ministra Fernández Meijide subrayó que «se apunta a que la familia tenga responsabilidades», entre ellas, la de asegurar que sus hijos no pierdan días de clase y de participar de charlas informativas sobre cómo encontrar un lugar en el mercado laboral. Tales exigencias son importantes. La deserción escolar, por las razones que fueran, puede condenar a una persona -y también a sus descendientes- a la miseria, de suerte que impedirla es obviamente urgente. Asimismo, aun cuando la información brindada en el curso de las «charlas informativas» no sea demasiado útil, la participación de por sí contribuirá a reducir el aislamiento y la sensación de no formar parte de la sociedad, que siempre constituye una característica de los grupos más pobres. Cuando los horizontes de los pobres no se extienden más allá de su propias familias y de quienes comparten su suerte, la convicción paralizante de que nunca habrá posibilidades para personas de su tipo puede resultar mucho más negativa que cualquier factor concreto.
Como suele ocurrir toda vez que un gobierno intenta poner en marcha un programa destinado a luchar contra la pobreza, políticos opositores han reaccionado dando por descontado que, una vez más, se trata de una maniobra proselitista. Sus sospechas pueden entenderse. En nuestro país, la ayuda social siempre se ha visto acompañada de una etiqueta partidaria, cuando no personal, debido a la voluntad de dirigentes inescrupulosos de hacer pensar que los beneficios son regalos y que quienes los reciben tendrán el deber de manifestar su gratitud en la próxima campaña electoral. Es de esperar que el gobierno del presidente De la Rúa haga un esfuerzo decidido por dejar atrás esta tradición nefasta, pero dadas las circunstancias es poco probable que logre hacerlo, a menos que todos los dirigentes del PJ, la UCR, el Frepaso y los diversos partidos provinciales consensuaran una ley destinada a prohibir esta práctica tan cínica como corrupta. Además de posibilitar aberraciones tales como el robo por operadores políticos de grandes cantidades de frazadas, colchones y alimentos enviados para paliar una emergencia, la politización impúdica de la asistencia social contribuye a perpetuar la miseria, al convencer a los «clientes» de que la solución para sus problemas siempre vendrá desde «arriba». Huelga decir que quienes piensan así se equivocan por completo. La pobreza no se verá reducida a su expresión mínima hasta que los lazos de dependencia que son tan caros a políticos populistas hayan sido rotos de una vez y para todas.