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Un regreso desde Rusia

El saxofonista Alan Techiev volvió a Roca, al grupo de Jazz de FCP.





claudio andrade

candrade@rionegro.com.ar

César Izza

Luego de pasar una década en Moscú, el saxofonista retornó a la Fundación Cultural Patagonia.

Alan Techiev ha regresado a casa.

Literalmente, puesto que después de pasar cerca de una década en Moscú el virtuoso saxofonista recuperó su lugar en el mundo –el sur– y el departamento en el que vivía en la Ciudad de las Artes de Roca antes de partir.

Techiev pisó por primera vez territorio argentino en 1995, cuando llegó integrando la orquesta del famoso Music Hall de Moscú. Le gustó lo que vio pero más le atrajo la idea de radicarse en la Patagonia.

Con la complicidad de sus coterráneos que ya comenzaban a delinear su camino en Río Negro y el apoyo de “Tilo” Rajneri, el músico se quedó.

Sus años en la región fueron provechosos. Techiev dejó huella y su recuerdo como un saxofonista versátil, dueño de un sonido que no admite comparaciones, no se ha borrado.

La vida tiene estos impensados laberintos. Estos sorpresivos giros argumentales.

Alan volvió de su extenso periplo acompañado de Ekaterina, su esposa, bailarina de amplia y destacada trayectoria en Moscú.

Para Alan no será empezar de cero, aunque le significará sumar historia a su historia.

Es un momento extraño. Particular.

Alan tiene prendida la televisión, que no para de emitir reportes del tsunami en Japón y de sus réplicas que, al cierre de esta entrevista, iban a afectar distintas zonas de la costa americana.

–Uno hace planes y aquí estamos –dice Alan.

–La verdad que sí. Sólo se me ocurre mencionar lugares comunes: ¡bienvenido!

–Gracias, muchas gracias. Desde que llegué las muestras de afecto han sido muy reconfortantes. Tenía un poco de temor, sobre todo porque hacía ya tiempo que me había marchado. Pero no, al contrario.

–Acabas de entrar al Grupo de Jazz de la Fundación Cultural Patagonia, de modo que volveremos a escuchar tu saxo y tus improvisaciones.

–El grupo me recibió muy bien, no hay nada que decir, no hay una coma, nada, sólo he recibido buena onda. No soy quién para venir y decir: “Aquí estoy yo y ésta es mi voz”. No, yo integro el grupo y me sumo y le pongo todas las pilas. Igual cada uno tendrá su solo en distintos temas. Me alegra especialmente tocar temas de mis colegas, Luis Cide o Víctor Valdevenito.

Techiev fue protagonista de noches memorables en el Auditorio de la Ciudad de las Artes. La potencia y la versatilidad de sus interpretaciones son definitivamente un conjuro al que es di-fícil permanecer indiferente. Es como si en este músico se hubieran concentrado abundantes y paradójicas dosis de energía y fragilidad. Temperamento extendido, o mejor aún hilvanado, a lo largo de una delicada trama sonora.

“La pregunta la respondo antes de que me la hagas. ¿Cómo fueron tus años en Moscú? ¿No?”, se apura Alan, sin muestras de ansiedad. Sólo quiere ser práctico. Preciso a la hora de recuperar esos momentos que justificaron su ausencia en esta tierra.

–Por un lado podría definir la sociedad rusa de la actualidad con una frase muy simple: sin alma. Por otro, diría que tuve momentos lindos, de desarrollo, pero son los menos, con muchos otros momentos de estrés. De vivir apurado. De no tener tiempo para tus amigos. De no descansar jamás.

–Es la maldición de las capitales.

–En ese sentido Moscú no es distinta de Londres o Nueva York. Yo manejaba puteando. No es vida. Sin embargo, lo último que hice fue trabajar para el restaurante YAR, uno de los más antiguos de Europa, que también tiene un gran escenario y donde se representan números musicales muy importantes. Estuve haciendo producción, sonido, composición; de hecho en ese marco conocí a mi mujer. Pero, además de extrañar la tranquilidad de los lugares más chicos, extrañaba tocar.

–Al fin de cuentas, ésa es tu pasión y tu oficio.

–Mi segundo oficio es el tema de sonido. Durante estos años también trabajé para el canal 13 de Moscú, donde tuve contacto con muchos periodistas, y ahí estuve como ingeniero de sonido. Pero estoy un poco harto de los cables.

–¿Cómo fue tu regreso? ¿Cómo se gestó este regreso?

–Hace unos ocho meses apareció esa pregunta: ¿has pensado en volver? Y sí, había pensado. Nunca dejé de pensar en lo que me había pasado aquí. Se lo contaba a mi esposa y, al mismo tiempo, recordaba la tranquilidad y la música.

–Ekaterina.

–Ekaterina. Su carrera atravesaba un excelente momento en Moscú. Está aún adaptándose. Pero más allá de la carrera el amor pudo más. Fue el amor.

Una postal que tiene sus años: la banda de jazz acompaña expectante el último de los solos de Alan, quien ha ganado el centro de la escena. El saxo se hace pequeño entre sus manos. Emite sonidos cargados, vibrantes, como explosiones solares en escala reducida. El instrumento parece derretirse en la intensidad de la ejecución. El público, su público estalla. Qué fantástico rock and roll. Qué flash más divertido. Qué trazo de brutal vitalidad jazzera.

Ahora el hombre está de regreso. Y afuera, tan lejos y tan cerca, el mundo escribe un nuevo capítulo de su postergado final.


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