Un revés anunciado

Como le habrán advertido a Blejer los problemas de Cavallo, la vulnerabilidad judicial es tan grave como la impunidad.

Redacción

Por Redacción

Ya se da por descontado que el presidente del Banco Central, Mario Blejer, dejará su cargo en cuanto pueda hacerlo con un mínimo de elegancia. Tiene motivos de sobra para abandonar una función que debería ser casi vitalicia, como es el caso en Estados Unidos. Entre dichos motivos, está su escaso entusiasmo por ser el responsable formal de un eventual estallido hiperinflacionario, el cansancio que le habrá provocado los enfrentamientos con funcionarios menores, nombrados por razones políticas, del Ministerio de Economía y, huelga decirlo, la conciencia de que si, como parece probable, resulta necesario cerrar algunos bancos, el jefe del Banco Central no tardaría en ser sepultado bajo una avalancha de acciones judiciales.

Si bien es probable que Blejer haya estado dispuesto a defenderse contra las embestidas de políticos deseosos de correr el riesgo de imprimir demasiado dinero y que, de todos modos, entendiera que los esporádicos conflictos con el ministro de Economía de turno podrían resultarle beneficiosos al hacer pensar que el Banco Central está en manos de un hombre adecuadamente duro, el peligro cierto de que cuando dejara su puesto sea atacado por una jauría de abogados y que un juez decida ordenar su detención le habrá parecido motivo suficiente como para querer alejarse del aquelarre político local. Como los problemas experimentados por otros ex funcionarios como Domingo Cavallo le habrán advertido, en la Argentina actual la vulnerabilidad judicial extrema constituye un problema que es por lo menos tan grave como la impunidad. En verdad, se trata de otra cara de la misma moneda: en una sociedad que es tan sistemáticamente corrupta como la nuestra, es casi imposible distinguir entre los inocentes y los realmente culpables en buena medida porque es del interés de estos últimos, y de sus enemigos ideológicos, hacer lo posible por embarrar la cancha. Así las cosas, es comprensible que a pesar de que la Argentina está viviendo «la peor crisis de la historia», muchos hombres y mujeres que por sus antecedentes podrían estar en condiciones de participar de un gobierno que estuviera a la altura de las circunstancias se hayan negado a desempeñar tareas relevantes. En efecto, la mediocridad llamativa de los equipos que procuran administrar la economía es un factor que incidió en la actitud tanto del FMI como de Estados Unidos y la Unión Europea.

Como suele suceder en vísperas de la partida de un presidente del Banco Central, ya están circulando listas de sucesores posibles. En esta ocasión, se trata casi exclusivamente de personajes que están estrechamente vinculados con el peronismo duhaldista y el radicalismo, lo cual es una mala noticia para todos porque, con razón o sin ella, muchos empresarios, financistas y técnicos supondrán que el próximo presidente del Banco Central resultará ser decididamente más «flexible» que Blejer, un funcionario que ha trabajado muchos años en el FMI, detalle que acaso enojó a los sujetos que estuvieron enviándole amenazas personales últimamente pero que por lo menos sirvió para garantizar su solvencia profesional y permitirle establecer una buena relación con su ex compañero de tareas Anoop Singh. De todos modos, siempre es intrínsecamente positivo que el jefe del Banco Central proceda de un ámbito no político, porque su función misma lo obliga a resistirse a las presiones inevitables y a su manera legítimos de los distintos sectores políticos y económicos. Si se siente constreñido a congraciarse con los caciques políticos o, como dicen los duhaldistas,»tener un buen diálogo» con ellos, las consecuencias para el país podrían ser devastadoras, porque sencillamente no podemos darnos el lujo de permitir que lo económico se subordine totalmente a lo político. Asimismo, la mera conciencia de que con toda probabilidad Blejer pronto sea reemplazado por un peronista o radical más habituado al toma y daca político, que a las exigencias sumamente severas del mundillo financiero actual, está resultando negativa al impulsar la convicción de los lobbistas más aguerridos de que dentro de poco tiempo habrá cambios muy grandes en el manejo de la política monetaria y bancaria y que por lo tanto les es aconsejable prepararse para aprovecharlos.


Ya se da por descontado que el presidente del Banco Central, Mario Blejer, dejará su cargo en cuanto pueda hacerlo con un mínimo de elegancia. Tiene motivos de sobra para abandonar una función que debería ser casi vitalicia, como es el caso en Estados Unidos. Entre dichos motivos, está su escaso entusiasmo por ser el responsable formal de un eventual estallido hiperinflacionario, el cansancio que le habrá provocado los enfrentamientos con funcionarios menores, nombrados por razones políticas, del Ministerio de Economía y, huelga decirlo, la conciencia de que si, como parece probable, resulta necesario cerrar algunos bancos, el jefe del Banco Central no tardaría en ser sepultado bajo una avalancha de acciones judiciales.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora