Un sistema absurdo
Si Hugo Chávez, el que hace poco volvió a Caracas después de permanecer dos meses y medio internado en una clínica cubana, fuera un dignatario religioso o un monarca que desempeña un papel meramente simbólico, podría seguir en su cargo durante años aun cuando no estuviera en condiciones de cumplir las funciones que le corresponden, pero sucede que es presidente de un país con gravísimos problemas económicos, sociales y diplomáticos que no pueden –mejor dicho, no deberían– dejarse en manos de un mandatario que es claramente incapaz de cumplir sus funciones. Así las cosas, lo lógico sería que los colaboradores de Chávez se resignaran a que, por ser tan incierta la futura evolución de su salud, no les queda más alternativa que la de prepararse para enfrentar nuevas elecciones. Huelga decir que tal eventualidad les parece antipática porque entienden muy bien que, sin la presencia física o, por lo menos, virtual de Chávez, el chavismo correría el riesgo de verse derrotado en las urnas. Asimismo, como es tradicional en los movimientos populistas, el caudillo tomó la precaución de rodearse de mediocridades obsecuentes que no pensarían en intentar hacerle sombra, de suerte que no tiene ningún heredero salvo “el pueblo”, es decir: nadie. He aquí la deficiencia más penosa de los movimientos unipersonales. Aunque sus partidarios se esfuerzan mucho por dotarlos de una ideología ambiciosa, a su juicio coherente, e incluso la bautizan con un nombre pomposo, como “el socialismo del siglo XXI” que Chávez dice haber inventado, los más lúcidos saben que en el fondo se trata del resultado de la expansión de una red clientelista aglutinada en torno a un individuo presuntamente carismático. A base de consignas atractivas, la capacidad para aprovechar el descontento muy natural de amplios sectores y, desde luego, el poder del Estado y las cantidades enormes de dinero disponibles, tanto Chávez como otros dirigentes parecidos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus homólogos de Bolivia y Ecuador, logran ubicarse por encima de las instituciones propias de una democracia republicana. Criticarlos por su voluntad de acumular poder sería inútil. De tener la posibilidad de emularlos, muchos políticos renombrados por su respeto por las instituciones no vacilarían en hacerlo, pero se resisten a caer en la tentación así supuesta porque entienden que sus propios simpatizantes no lo permitirían. La gran diferencia entre países como Venezuela y la Argentina por un lado y, por el otro, Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea consiste en que en éstos el grueso de la clase política local se ha acostumbrado a priorizar su lealtad hacia el sistema constitucional por encima de sus vínculos con dirigentes determinados. En cambio, en nuestro país y también en buena parte del resto de América Latina abundan los políticos profesionales que están más que dispuestos a servir al líder más popular de turno sin preocuparse en absoluto por sus ideas, de ahí la conversión casi instantánea de tantos “neoliberales” menemistas en duhaldistas y de los seguidores “leales” del presidente interino Eduardo Duhalde en “militantes” que juran ser igualmente “leales” a Cristina. Por desgracia, puesto que los líderes máximos de los movimientos de esta clase siempre propenden a privilegiar a quienes les rinden homenaje y, por motivos comprensibles, procuran no dejar dudas en cuanto a su propia supremacía, no pueden encontrar una solución racional para un problema político fundamental: el planteado por la sucesión. A menos que opten por una salida dinástica, como ha sido el caso en Corea del Norte, al hacerse evidente que el reinado de un caudillo populista está acercándose a su fin, comienzan a proliferar los conflictos internos y las intrigas que los acompañan, creando así una situación que no puede sino tener un impacto muy negativo en el resto de la sociedad, la que, acéfala, correrá el riesgo de hundirse en el caos, transformándose de tal manera en presa fácil para el próximo caudillo que, según las circunstancias, podría dedicarse a continuar la obra de su antecesor o, lo que es más frecuente, a elegir un rumbo que supuestamente sea radicalmente distinto, como sucedió aquí luego de agotarse el ciclo protagonizado por Carlos Menem.
Si Hugo Chávez, el que hace poco volvió a Caracas después de permanecer dos meses y medio internado en una clínica cubana, fuera un dignatario religioso o un monarca que desempeña un papel meramente simbólico, podría seguir en su cargo durante años aun cuando no estuviera en condiciones de cumplir las funciones que le corresponden, pero sucede que es presidente de un país con gravísimos problemas económicos, sociales y diplomáticos que no pueden –mejor dicho, no deberían– dejarse en manos de un mandatario que es claramente incapaz de cumplir sus funciones. Así las cosas, lo lógico sería que los colaboradores de Chávez se resignaran a que, por ser tan incierta la futura evolución de su salud, no les queda más alternativa que la de prepararse para enfrentar nuevas elecciones. Huelga decir que tal eventualidad les parece antipática porque entienden muy bien que, sin la presencia física o, por lo menos, virtual de Chávez, el chavismo correría el riesgo de verse derrotado en las urnas. Asimismo, como es tradicional en los movimientos populistas, el caudillo tomó la precaución de rodearse de mediocridades obsecuentes que no pensarían en intentar hacerle sombra, de suerte que no tiene ningún heredero salvo “el pueblo”, es decir: nadie. He aquí la deficiencia más penosa de los movimientos unipersonales. Aunque sus partidarios se esfuerzan mucho por dotarlos de una ideología ambiciosa, a su juicio coherente, e incluso la bautizan con un nombre pomposo, como “el socialismo del siglo XXI” que Chávez dice haber inventado, los más lúcidos saben que en el fondo se trata del resultado de la expansión de una red clientelista aglutinada en torno a un individuo presuntamente carismático. A base de consignas atractivas, la capacidad para aprovechar el descontento muy natural de amplios sectores y, desde luego, el poder del Estado y las cantidades enormes de dinero disponibles, tanto Chávez como otros dirigentes parecidos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus homólogos de Bolivia y Ecuador, logran ubicarse por encima de las instituciones propias de una democracia republicana. Criticarlos por su voluntad de acumular poder sería inútil. De tener la posibilidad de emularlos, muchos políticos renombrados por su respeto por las instituciones no vacilarían en hacerlo, pero se resisten a caer en la tentación así supuesta porque entienden que sus propios simpatizantes no lo permitirían. La gran diferencia entre países como Venezuela y la Argentina por un lado y, por el otro, Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea consiste en que en éstos el grueso de la clase política local se ha acostumbrado a priorizar su lealtad hacia el sistema constitucional por encima de sus vínculos con dirigentes determinados. En cambio, en nuestro país y también en buena parte del resto de América Latina abundan los políticos profesionales que están más que dispuestos a servir al líder más popular de turno sin preocuparse en absoluto por sus ideas, de ahí la conversión casi instantánea de tantos “neoliberales” menemistas en duhaldistas y de los seguidores “leales” del presidente interino Eduardo Duhalde en “militantes” que juran ser igualmente “leales” a Cristina. Por desgracia, puesto que los líderes máximos de los movimientos de esta clase siempre propenden a privilegiar a quienes les rinden homenaje y, por motivos comprensibles, procuran no dejar dudas en cuanto a su propia supremacía, no pueden encontrar una solución racional para un problema político fundamental: el planteado por la sucesión. A menos que opten por una salida dinástica, como ha sido el caso en Corea del Norte, al hacerse evidente que el reinado de un caudillo populista está acercándose a su fin, comienzan a proliferar los conflictos internos y las intrigas que los acompañan, creando así una situación que no puede sino tener un impacto muy negativo en el resto de la sociedad, la que, acéfala, correrá el riesgo de hundirse en el caos, transformándose de tal manera en presa fácil para el próximo caudillo que, según las circunstancias, podría dedicarse a continuar la obra de su antecesor o, lo que es más frecuente, a elegir un rumbo que supuestamente sea radicalmente distinto, como sucedió aquí luego de agotarse el ciclo protagonizado por Carlos Menem.
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